Federico Jiménez Losantos

Intelectuales Segunda República

Víctor LLano

La Navaja de Ockham

Servicios

Noticas en directo

ZURBARAN: El hábito de la luz

El Mundo, 7 de febrero de 1999

La moda tenebrista del siglo XVII lo catapultó a la fama. Aprendió a pintar en Sevilla. Fue un virtuoso del color blanco. Su obra se centró en la religión. Para él, pintar fue llevar lo real a lo sagrado.

ZURBARAN: El hábito de la luzZurbarán es un pintor al que sólo imaginamos en «la espaciosa y triste España» de Fray Luis de León. Los trabajos, la gloria, las envidias, el olvido, la varia fortuna crítica, la destrucción y aventamiento de su obra y su nueva fama tardía son españolas a más no poder. Como venir al mundo un 98 (el del XVI) en Fuente de Cantos, provincia de Badajoz, hijo de un tendero de origen vasco, Luis de Zurbarán, y una extremeña llamada Isabel Márquez. Como tener una mercería en el pueblo, que no pasaba de 700 vecinos.

Nada sabemos de su niñez. A los 15 años su padre le buscó empleo en Sevilla como aprendiz de pintor y al siguiente, 1614, entró en el taller de Pedro Díaz de Villanueva, un artesano bastante vulgar. Pero la Sevilla a la que llega el joven Zurbarán no lo era. Babilonia pasada por Génova, capital del comercio, mosaico de España y de su Imperio, puerta y estribo de las Indias, escaparate de todos los vicios, altar de todas las ambiciones, ninguna otra más viva, más atropellada, más crujiente y estallante podía verse en el mundo. Al que en la primavera de su edad se asomaba allí al mundo, la neblina luminosa del Guadalquivir podía cegarlo para siempre. Cualquiera.

Salvo que ese cualquiera trajera dentro la luz a secas, sencilla e implacable como un hábito de luz, de un pueblo pequeño de Extremadura. Quizás toda la obra de Francisco de Zurbarán es el rescate, a través de la inmensa factoría de imágenes del catolicismo, de aquella luz primordial, de aquel hábito del que vestían las cosas más sencillas: las telas de la tienda de su padre, los cachorros de la cocina de su madre, la cara estamentada, humilde, atezada, pero dignísimamente suya, de los frailes, los labradores, los mercaderes, los pobres y los santos, hijos todos del mismo barro español.

Cuando Zurbarán comienza a pintar, reinaba en aquella infinita Sevilla el taller de Pacheco, luego suegro de Velázquez. Era aun joven Herrera el Viejo y empezaba a vender cuadros Juan de Roelas. La lucha de los talleres era muy grande aunque abundaban los encargos, esencialmente de imágenes religiosas. Alonso Cano y Diego de Silva Velázquez eran alumnos de Pacheco, el importante, mientras Zurbarán lo era de aquel Villanueva sin prestigio pero que se ganaba bien la vida y enseñaba a ganársela. No sabemos lo que serían los tratos y conversaciones de aquellos adolescentes aprendices de genio, pero que Zurbarán no veía claro o no se sentía cómodo en la barahúnda sevillana lo prueba el que apenas terminada su formación, con 18 años, vuelve a su comarca natal, aunque no se instala en Fuente de Cantos sino en Llenera, que será su hogar adoptivo. Había en él dos parroquias, varios conventos y hasta Tribunal de la Inquisición que actuó en un sonado proceso contra los alumbrados del pueblo. En ambiente tan formal, lo más sensato en un joven era casarse y así lo hizo el pintor con María Páez, hija de zapatero, hermana de cura, poseedora de una buena dote y nueve años mayor que él. Salvo incógnito acceso volcánico, todo apunta a boda de conveniencia con fruto rápido: una niña llamada María y bautizada en febrero de 1618. Dos alumbramientos después, Zurbarán quedaba viudo por primera vez. Rápidamente le arreglaron otra boda con una mujer de acomodada posición y excelentes cualidades, Beatriz de Morales, que le llevaba más de una década. Tuvieron sólo una hija, Jerónima.

1626 es el año del gran salto a Sevilla. Vuelve dueño de una técnica muy sólida y dispuesto a emprender obras grandes, a veces de muchos cuadros, para lo que emplea ayudantes que en ocasiones estropean parte de la obra o que vuelven imprecisa su atribución al maestro. Pero Zurbarán está seguro de sí mismo y pinta muy barato a los dominicos de San Pablo una serie de siete cuadros de santos y un Crucificado para la sacristía, fechado en 1627, que los frailes exhiben casi a oscuras, para que lo tomen por escultura. El dominio de la técnica de Caravaggio y la moda tenebrista de la época lo catapultan a la fama. Sevilla le pide que resida en la ciudad, lo que acepta encantado, pero Alonso Cano y otros sevillanos se amotinan pidiendo que se examine como todo el resto del gremio sevillano. Inútil pretensión. En 1629 pinta la serie de San Pedro Nolasco, llamando especialmente la atención el cuadro de la aparición de San Pedro crucificado cabeza abajo. Otros cuadros son cobrados por Zurbarán pero no están pintados por él. Sí es peculiar suyo el tratamiento a los hábitos de los monjes, hasta el punto de que esa vida asombrosa de las telas, que se dirían con vida y lenguaje propios, nadie la ha logrado antes ni después. En los hábitos de Zurbarán se produce el milagro de la multiplicación de los blancos: blanco nacarado, y azulenco, y amarillento de puro sólido, y pardo clarísimo, y pálido casi verdoso, y blanco oscuro, y desvaído, y sombrío, y aclarado, y luminoso, y cegador, y recto, y color de rosa blanca, y rosado, y blanco hollín, y blanco de cal en día de sol y en día de lluvia, y blanco burbujeante, y blanco marmóreo, y blanco furioso, y blanco sutil y blanco arrepentido, y blanco pobre, y blanco de pura luz, que es siempre el color de blanco.

En 1634, Velázquez le llama a Madrid para colaborar en el Salón de Reinos. Pinta una Defensa o Socorro de Cádiz, asunto histórico raro en su producción, centrada en lo religioso. También pinta una serie sobre Hércules, mítico fundador de España, donde acredita dominio técnico pero sin la gracia y la originalidad que en él nunca son de composición ni de argumento, ya que pinta generalmente con estampas y toma composiciones de otros, sino de sentimiento, de trato divinal y casi demiúrgico de las cosas muertas.

Gracias a su excepcional biógrafa María Luisa Caturla sabemos hoy muchas cosas de su vida, así sus continuos envíos a América, y sus últimos años madrileños, hasta su muerte en 1664, sobre los que existía una leyenda de pobreza que no es cierta. Simplemente, triunfaba Murillo y su popularidad había pasado. Embarcado ya en un tercer matrimonio, dulcifica su paleta, abrevia las sombras, comercia en sedas para ayudarse. Viendo ese eclipse se va pintando a un San Francisco terroso, acalaverado, embebido en el cielo; también lienzos en los que la Santa Faz diríase que se le aparece a la tela, de tan real. Pero lo real no es nunca demasiado real en Zurbarán. Para él, pintar fue llevar lo real a lo sagrado. Como su Virgen Niña dormida, de Jerez, vive un sueño de salvación por la gracia de la Luz. De ahí la devoción que nos inspira.

Encuesta


©