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AUGUSTO: Hispania y la paz de Roma

El Mundo, 14 de febrero de 1999

Nombrado heredero por César ocupó su puesto con 17 años. Terminó con los cántabros y astures, los dos últimos pueblos hispanos que combatieron a Roma. Fundó Mérida, Zaragoza y Barcelona.

AUGUSTO: Hispania y la paz de RomaUna peculiaridad del viejo solar español es que casi siempre ha sido independiente y ha estado regido por reyes y dinastías propias. Quizá por eso los grandes forjadores romanos de Hispania, base de todas las españas posteriores, son considerados menos nuestros que Viriato, Indíbil o Mandonio. Sin embargo, la auroral y fecunda época romana de la Península presenta personajes que no limitaron su acción al solar hispano, porque fueron emperadores de todo el Imperio, pero crearon en nuestro suelo más que nadie en los siglos futuros. Octavio Augusto, heredero de César, nunca ha sido considerado hispano (como antecedente de español), pero fue quien terminó con cántabros y astures, los dos últimos pueblos que combatieron a las legiones romanas. Sólo por concluir la romanización de Hispania manu militari ya merecería un lugar de honor. Pero ¿qué rey, moro o cristiano, Austria o Borbón, quién en estos 2.000 años puede presumir de haber fundado ciudades como Mérida, Zaragoza o Barcelona? Sólo Augusto.

Cayo Octavio –lo de Augusto vino después- nació en el 63 a.C. y su abuela, Julia, era hermana de César. Aunque sobrino-nieto del dictador, éste lo nombró heredero y lo tenía apartado de Roma, estudiando en Apolonia, cuando fue asesinado. Con sólo 17 años, tenía sobre sí un legado político interminable, que debía disputar al delfín militar de César, el fiel Marco Antonio, a los conspiradores que lo habían asesinado y a quienes despreciasen al enfermizo Octavio y ambicionases su puesto, que eran casi todos.

El camino hacia el poder de aquel adolescente es bien conocido aunque poco valorado. En el 44 a.C., Marco Antonio impugna el testamente de César y parte a combatir a Décimo Bruto, uno de los conspiradores. Cicerón, que respaldaba a los asesinos, y el Senado, que temía la dictadura de Antonio, se apoyaron en Octavio. Pero Marco Antonio, entre Décimo Bruto y el ejército senatorial, tuvo que huir a los brazos de Lépido. Este lo convence para formar el Segundo Triunvirato con Octavio y repartirse el enorme espacio de la todavía República. Quedaban dos conspiradores, Marco Bruto y Casio, a los que vencen en Filipos en el 42 a.C. Mientras Antonio se une a Cleopatra, su esposa legal (Fulvia) insta a un cuñado, Lucio Antonio, a liquidar a Octavio. Pero éste pone al frente de su ejército a Marco Visanio Agripa, quien lo derrota en el año 40 a.C. Muere Fulvia y Octavio casa a su hermana Octavia con Antonio, en prueba de paz. Le asigna el Este y él se queda con Italia, Hipania y la Galia. A Lépido le deja, primero, Africa y luego, nada. En el 32 a.C. Antonio se divorcia de Octavia. Su cuñado propaga que busca proclamarse rey con Cleopatra. El reflejo republicano funciona y la pequeña flota de Octavio y Agripa consigue derrotar a la más poderosa de Antonio y Cleopatra en el 31 a.C. En el 29 a.C. Octavio cierra el templo de Jano: la última de las guerras civiles había terminado.

En Hispania empezaba la última guerra contra Roma, emprendida por cántabros, astures y algunos vacceos. En el 27 a.C., recién nombrado princeps y tras crear en Roma una sutil forma de monarquía no declarada, Augusto desembarca en Tarraco y emprende su primera campaña militar para terminar con los problemas hispanos. Como en los dos siglos anteriores, los romanos calcularon mal la resistencia. En el 26 a.C., mientras Carisio ataca a los astures, independientes pero más bien pacíficos, Augusto acomete a los escurridizos y feroces cántabros. Los astures, tras un año de lucha y cercados, se suicidan con veneno, pero los cántabros consiguen que Augusto enferme y se retire a Tarraco. Su hijo mayor Tiberio empezó con 20 años su carrera militar en las montañas cántabras. Tanto bebía del vino del Duero para darse calor y ánimo que sus soldados le cambiaron el Tiberius Claudius Nero por Biberius Caldius Mero.

En el otoño del 25 a.C., ya repuesto, Augusto volvió al frente y fundó Astúrica Augusta (Astorga), como base de la retaguardia y símbolo de la colonización militar que pensaba acometer. Unos triunfos aparentes y la entrega de Corocotta, un bandolero que tenía puesto precio exorbitante a su cabeza y se presentó tranquilamente ante Augusto –quien lo perdonó y lo indemnizó- hicieron creer al Emperador que la guerra había concluido. Clásico error. Al año siguiente, los astures se rebelaron contra Carisio y los cántabros les siguieron. Los astures acabaron trabajando en las minas, pero los cántabros lucharon hasta la muerte. Cuenta Estrabón que las madres mataban a sus hijos antes de verlos esclavizados, que los crucificados cantaban himnos de triunfo y que los niños mataban a sus hermanos cuando los romanos venían a arrancarlos de sus poblados. La guerra de los cántabros terminó el 19 a.C. y fue el último ejemplo del amor a la independencia de las tribus hispanas. Fue tan dura la conquista que Agripa ni reclamó el triunfo. Un signo de civilización.

La romanización se aceleró tras esta última guerra. La presencia de las legiones para proteger las minas y prevenir una posible vuelta al bandolerismo en Lusitania o a la rebelión en la zona cantábrica se convirtió, como había previsto César, en la base de la colonización. Puede decirse sin temor a la paradoja que la civilización romana llegó a Hispania gracias a su militarización. Hasta Vespasiano no hubo una reducción drástica de las legiones, pero poco a poco sus labores se centraron en crear obras públicas y administrar las provincias. Romanización fue sinónimo de urbanización y, en ese sentido, resultó más fácil en el desarrollado Sur que en el atrasado Norte.

Lentamente, a medida que la red de calzadas ampliaba el espacio urbano, se incorporaron a la civilización romana los antiguos pueblos peninsulares.

El culto al Emperador lo inauguró Tarraco con Augusto y el latín comenzó a borrar las leyendas de las monedas en las viejas lenguas ibéricas. Se impuso la lengua y fueron cuajando las modas de Roma. Hispania se convirtió en lo que pensaban César y Augusto: la rica y tranquila retaguardia del Imperio allá donde terminaba el mundo, en el Finis Terrae. Con Augusto, Hispania comenzó a disfrutar del más largo periodo de paz que hasta entonces conociera. Las tribus belicosas se convirtieron en reservas de las legiones. Todas las formas de la economía, la política, el derecho, la religión y la sabiduría se vaciaron en el molde romano. Y el municipio, la ciudad, la urbe, fueron la clave de la romanización, esto es, de la civilización.

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