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Ramón Berenguer IV: Barcelona en la Corona de Aragón

El Mundo, 7 de marzo de 1999

Nació en 1114 y murió en 1162. Príncipe de Aragón, marqués de Provenza y conde de Barcelona. Casado con Petronila, hija de Ramiro II de Aragón. Creó las bases de un nuevo Estado.

Ramón Berenguer IV: Barcelona en la Corona de AragónUno de los muchos enigmas y recovecos de la España Medieval es la creación de la Corona de Aragón, que unía el reino del mismo nombre y varios condados de lo que mucho más tarde se llamaría Cataluña, fundamentalmente el de Barcelona. Para añadir más elementos curiosos a una de las claves políticas de nuestra historia, no fue ningún rey aragonés sino un conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, el que creó la que con el tiempo iba a convertirse en una de las potencias mediterráneas y, sobre todo, constitutiva y constituyente de la época de apogeo español en el mundo.

Fijándose más en la realidad de hoy que en la de hace casi nueve siglos, muchos se sorprenden de la modestia del conde barcelonés, que lo era también de Gerona, Ausona, Besalú, Cerdaña y Conflent. Pero cuando en 1131, a los 17 años, el hijo de Ramón Berenguer III y la última de sus esposas, Doña Dulce de Provenza, heredó las posesiones paternas, nadie hubiera pensado que un lustro después se hubiese convertido en el sucesor de hecho, aunque no de derecho, de Ramiro II El Monje, forzado heredero del forjador del poder aragonés, Alfonso I El Batallador, conquistador del Valle del Ebro.

En realidad, Barcelona aparece en el horizonte político del Reino de Aragón cuando tanto la nobleza castellana como la aragonesa sabotean la unión de ambos reinos acordada en la boda del Batallador con doña Urraca, princesa heredera de Castilla, que preludiaba en tres siglos el eje de la unión peninsular, Los nobles aragoneses eran tan feroces e intratables como los de Castilla, y ante la posibilidad de la unión y la pérdida de poderes y privilegios sacaron de su monasterio al hermano monje del Batallador, llamado Ramiro, obligándole a casarse y procrear -una niña llamada Petronila- antes de volver al claustro a morirse en paz.

Conscientes de la fragilidad de un Reino que podía ser reclamado en derecho por Alfonso VII de Castilla; El Emperador, hijo de Urraca, casaron a la infantina Petronila con el barbado conde de Barcelona que, de ese modo, se convertía en rey consorte de Aragón. Pero, ahí está el intríngulis, no en rey del todo. Ramón Berenguer IV mandó mucho en Aragón mientras vivió. Tuvo descendencia con Petronila cuando ésta pudo tenerla y esa criatura heredó el Reino de Aragón y el Condado de Barcelona con las demás tierras de su padre, pero Ramón Berenguer nunca se tituló rey. No lo fue de derecho, aunque sí de hecho. Sin embargo, creó las bases de un nuevo Estado que se adaptaba bien a la realidad de la época y a las posibilidades de Ramón Berenguer, un político de primera magnitud.

En nuestros días, suele denominarse a la obra de este conde barcelonés, la «Confederación catalano-aragonesa», con el que algunos pretenden enterrar el nombre y el mérito de la obra de Ramón Berenguer IV, que es la Corona de Aragón. Cataluña no existía, ni siquiera de nombre, en aquellos años. Ramón Berenguer IV añadía varios condados menores al de Barcelona, pero había otros cinco que no eran suyos e incluso el más importante, Urgel, rival antiguo de Barcelona, le privaba de tener frontera con Aragón. Tampoco le pertenecían los de Ampurias, Rosellón y los dos Pallars, Jussá y Sobirá, típicos territorios de la antigua Marca Hispánica, descolgados a ambos lados de los Pirineos y  sin acabar de decidirse entre los centros políticos más importantes: Tolosa y Barcelona. El talento de Ramón Berenguer IV consistió en lo que llamaba Cambió el sentido de lo peninsular, trazando una línea de alianzas con Aragón como socio pero sin que los aragoneses pudieran sentirse limitados en su designio de autonomía y de expansión, que ya desde Alfonso I tenía en Valencia su objetivo político y militar.

La táctica de Ramón Berenguer IV, inteligente sobre el mapa, y la de los aragoneses que buscaron su alianza, tenía un obstáculo institucional muy serio.

Según la tradición aragonesa, las mujeres podían transmitir la corona pero no reinar, así que Petronila, hija del rey Ramiro II, sólo fue reina de Aragón para hacer rey a su hijo Alfonso II. Como éste era el heredero del Condado de Barcelona y el Reino de Aragón estaba unido al Reino de Navarra, la boda de Ramón y Petronila alumbró algo más que un heredero: una gran heredad.

Al socaire de la alianza con los aragoneses se fue configurando Cataluña en torno al Condado de Barcelona. Por la unión dinástica de los Reinos aragonés y navarro, Ramón Berenguer IV tuvo un margen de maniobra que empleó para avanzar por el Este como sus socios habían hecho por el Oeste: eso sí, manteniendo la alianza con Alfonso VII de Castilla. Esa lealtad mutua permitió campañas militares muy notables y un nuevo reparto del mapa de la Reconquista.

Gracias a la fuerza militar terrestre que le daban las armas aragonesas y a su tradicional alianza con Génova, Ramón Berenguer IV no sólo se mantuvo como regente y luego protector de Provenza, sino que emprendió dos campañas de limpieza de piratas en coordinación con Alfonso VII.

La más importante, en 1147, fue la toma de Almería, meca de la piratería mediterránea a mediados del siglo XII. Y al año siguiente, la toma de Tortosa. Unos meses después (1149) cayeron Lérida y Fraga, con el apoyo del mismísimo Conde de Urgel. En 1154, en una operación de menor envergadura cayeron Ciurana y Mequinenza.

La muerte del conde barcelonés se produjo de súbito y cuando estaba en el apogeo de su gloria y en la plenitud de sus facultades. Había emprendido un viaje para tratar con Federico Barbarroja, emperador de Alemania, los sempiternos problemas de Provenza con el Conde de Tolosa. Pero una súbita infección lo postró en un remoto lugar del Piamonte, Borgo San Dalmazzo, donde falleció el 6 de agosto de 1162.
No llegó a cumplir los 48 años. Sus restos fueron enterrados en el monasterio de Ripoll, en loor de santidad. No llegó a ser canonizado y en los siglos XVIII y XIX bárbaros franceses y españoles se cebaron con sus cenizas. En 1794, las tropas de la república gala asaltaron Ripoll y robaron la espada de su ataúd, deteriorando su cuerpo incorrupto.

Peores fueron los migueletes de Ripoll, que en 1837 sacaron la momia, la sometieron a juicio junto a los condes allí enterrados y terminaron pegándole fuego. Pero la figura histórica de Ramón Berenguer IV sobrevive a escarnios y manipulaciones. La Corona de Aragón quedó ahí. Aquí.

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