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Indalecio Prieto en un discurso: «La reacción... habrá de acrecer su fuerza y se habrá de plantear la gran batalla: Los elementos reaccionarios y clericales contra el partido socialista... y en esta gran batalla.., se habrán esfumado, diluído los actuales

(Al levantarse a hablar el orador es acogido con una calurosa ovación. Voces: "¡Viva Pablo Ialesias! ¡Viva el ministro honrado!")

Van a ir engarzadas mis palabras con las últimas que ha pronunciado el compañero Jiménez Asúa. Creo que en la síntesis en que él ha resumido las perspectivas políticas de España está la base de mi disertación, y ella ha de ser como tres miradas: una, hacia atrás, con la evocación, el recuerdo de un pasado muy próximo; otra, contemplando el presente, y otra, atalayando desde la cumbre de la fantasía socialista el porvenir de España. El pasado próximo, muy inmediato. Allá por estos mismos días de diciembre del año 30, quienes entonces formábamos el Comité revolucionario y hoy constituimos el Gobierno de la República estábamos dando por terminados nuestros trabajos, que llevaban algunos meses de vacilaciones, de dudas, de entusiasmos, de depresiones, de toda esa gama que forzosamente invade el espíritu en trances tales, coloreándolo unas veces con el tono rosa de la ilusión y tiñéndolo otras con las negruras del pesimismo. Por fin, allá en la primera decena del mes de diciembre, en tales días como hoy, decidimos señalar la fecha para el movimiento revolucionario, movimiento que tuvo aquella anticipación sublimemente frustrada de Jaca; tras ella el movimiento huelguístico, en que el proletariado español mostró públicamente su adhesión a los designios revolucionarios que trazó el Comité, formado por representantes de elementos republicanos y socialistas, y luego, ganada la conciencia nacional simplemente por estos sencillos brotes revolucionarios -que fueron la jornada de Jaca y la huelga general, aunque ella no llegara a alcanzar, por razones que no hemos de examinar ahora, la espléndida intensidad por nosotros soñada-, la conciencia nacional, digo, ganada por estos brotes revolucionarios, hizo innecesario un movimiento de mayor envergadura, hizo innecesario un esfuerzo cruento, surgiendo la jornada electoral del 12 de abril, que determinó el derrumbamiento de la Monarquía y la instauración de la República. Son ocho meses escasos los transcurridos desde aquella jornada, y quienes hablaron desde esta tribuna antes de mí han ido esbozando, exponiendo, sintéticamente o a jirones, la obra realizada por el impulso revolucionario, que plasmó en el Gobierno que hoy rige a España. No tenemos, sin estar plenamente satisfechos, por qué mostrarnos descontentos, pues las obras de transformación política no son simples mutaciones teatrales. En este escenario, con el cambio de unas telas y de unos bastidores de madera, se transforma en minutos un salón en un bosque, en una cascada, en una pradera. Las mutaciones políticas no son labor de tramoya, de escenografía, y desgraciados los países que se entreguen a mutaciones escenográficas en su régimen sin haber sustituido los pilares en que se halle sustentada toda su obra política y económica, porque entonces las gentes se dejarán deslumbrar por una ilusión óptica, por algo que no tiene un basamento de verdadera firmeza; pero nosotros, sin estar plenamente satisfechos, no tenemos por qué considerarnos descontentos. Por de pronto, alejamos de España el panorama triste, deprimente y vejatorio para el ciudadano que suponía la Monarquía encarnada en D. Alfonso de Borbón; expulsamos a un Rey que se había hecho incompatible con la libertad, y libramos a España de verse regida por frutos de una degeneración física que la hubiera envilecido más.

La República está afirmada

Los partidos republicanos y socialistas españoles tienen en su haber la victoria de haber destruido una Monarquía, y además tienen también el título de honor de haber hecho efectiva la República española en forma tal -lo podemos decir midiendo separadamente nuestro juicio- de haber afirmado la República en forma tal que sea totalmente imposible la restauración de la Monarquía, encárnela quien la encarne. (Muy bien.) Esto no quiere decir que no exista ningún peligro, y un peligro grande. El peligro no está para mí en la restauración de la Monarquía borbónica ni en la instauración de ninguna otra; el peligro esta -lo he dicho y cumplo mi obligación recalcándolo, aun a costa de que mis palabras no ofrezcan en este aspecto la más mínima novedad-, el peligro está en el posible adueñamiento de la República española por parte de los elementos clericales. (Muy bien.) Y ése es el peligro contra el cual tenemos que luchar, ese es el riesgo que nos incumbe evitar, y para ello toda cautela, toda precaución, que no es exención del denuedo, serán siempre escasas.

La situación de la Hacienda

Hemos hecho esa Constitución que os diseñaban Llopis, Sánchez Banús y Jiménez de Asúa, que no es una Constitución socialista; hemos instaurado una República que no puede satisfacer las apetencias ideales del socialismo; pero nosotros tenemos la convicción de que con la Constitución, con el régimen republicano diseñado en ella, los socialistas tenemos una excelente herramienta, un magnífico instrumento de trabajo. Eso es todo. Nuestra capacidad política nos aleja de la desilusión que pudieran sufrir gentes de gran simplismo, capaces de creer que esta República sería la plasmación de nuestros ideales, lo mismo en el orden sindical que en el orden político. La República es un cauce más anchuroso, más dilatado, para la consecución de nuestros ideales; una herramienta, come antes he dicho, un instrumento de trabajo, y la obligación de los elementos socialistas es saber utilizarlo inteligentemente.

Ha advenido la República en los momentos económicos más difíciles por que ha atravesado España en toda su historia contemporánea, enfrentándose con dificultades indudablemente superiores a aquella conmoción económica que se produjo como consecuencia del desastre colonial, a fines del siglo último. Ha encontrado la República a España en un desmoronamiento económico producto mixto de una administración orgiástica realizada en tiempos de la Dictadura, de unos reflejos inevitables en la economía española del desastre de la economía burguesa mundial, y además, de todas aquellas depresiones económicas que habían producido las inclemencias del cielo en las zonas agrícolas, que son el área más dilatada y el fundamento más firme de la riqueza nacional, y, naturalmente, estos factores han sido hábilmente aprovechados por nuestros enemigos para presentar ante la conciencia pública sus consecuencias dolorosas como resultado de la gestión administrativa de la República. Esto, como hemos dicho ya reiteradamente -y repito que nuestras palabras no han de tener novedad-, es completamente falso. Esto es una maniobra reaccionaria para enfrentar a esa inmensa masa neutra española que no está afiliada en las organizaciones políticas, pero que pesa muchas veces considerablemente en los destinos públicos, contra el régimen republicano.

El presente y el porvenir

Visto ese panorama del pasado, descrito sintéticamente, vamos a contemplar el presente y a atalayar el porvenir con arreglo a nuestra imaginación. Habéis visto -el compañero Llopis lo ha sintentizado en cifras- cómo el Gobierno de la República, aun siendo la situación economica verdaderamente deplorable, no ha puesto el más mínimo obstáculo al desenvolvimiento de la enseñanza, que era indispensable en España, y no lo ha puesto porque sabe perfectamente el Gobierno de la República, como lo sabemos todos, que si hay un gasto densamente reproductivo, es el gasto que se emplea en la instrucción, porque al acrecer la riqueza cultural de cada ciudadano acrece el acervo común, y si en algún punto del orbe van parejas la educación ciudadana y la exaltación de la cultura individual al engrandecimiento del acervo común, es precisamente en España, cuyo individualismo yo no me cansaré de reconocer. Creo en las virtudes de mi raza; tengo hasta cierta jactancia, quizá excesivamente españolista, de creer que el individuo español necesita de algo que, desligando su individualismo del sentido gregario, a veces convenientísimo en las organizaciones modernas, promueva dentro de si una fuerza vital, algo como una superexaltación individual que facilite la obra tremenda que ha de tener al expandir sus destinos una raza que está ahora deprimida simplemente por su incultura, que está deprimida, a la vez que por su incultura, por ese ambiente clerical domeñador, sedimento de la Inquisición española, que ahogó las conciencias y ahora parece estrangular las voluntades. (Aplausos.)

España debe ser pacífica

Abogamos por un imperialismo español, pero un imperialismo puramente interior, que es el que consiste en imperar sobre nosotros mismos. El pacifismo típico de nuestras ideas socialistas nos hace repugnar todo afán de imperialismo bélico, de dominio sobre otros pueblos, sobre otras razas, sobre otras tierras; pero, aun sin ese espíritu pacifista, la propia realidad económica y social de España empuja a la convicción de que España no puede tener un ideal internacional que no sea el de vincular fraternalmente con lazos más fuertes aquella solidaridad racial con los pueblos de América que España creo, y con respecto a los cuales era evidentemete una dificultad, un obstáculo un entorpecimiento, el régimen monárquico; que sobre esas apetencias de mayor solidaridad con los hombres de nuestra raza que habitan extensiones inmensas de territorios al otro lado del Atlántico, nosotros tenemos también la ilusión, la esperanza, de vivir en relaciones de franca y cordial amistad con los pueblos más próximos a nosotros, con aquellos que nos circundan.

Si España llegara, en el espasmo de ciertos extremismos incompatibles con su realidad política y social, a pretender, como el compañero Jiménez de Asúa insinuaba, la instauración de un régimen que estimara peligroso para ellas las democracias europeas, no ocurriría lo que en Rusia. Aquel inmenso país, después de haber derrotado a los ejércitos que las potencias capitalistas enviaron contra él para ahogar en sus brotes iniciales al comunismo, defiende hoy la integridad de su sistema a base de un ejército enorme, dotado del más maravilloso armamento; pero España no podría con una carga semejante; nosotros tenemos que aspirar a ser como espejo y guión de un espíritu profundamente pacifista, que se traduzca más que en la fuerza escasa y disipatoria del verbalismo, en verdadera realidad. España, situada en una codiciadísima posición geográfica, más codiciada desde que la revolución operada en los elementos de transporte la puede hacer eje de la comunicación entre Europa y América, es una nación modesta, que jamás podrá defender la integridad de su territorio ante la acometida de potencias extranjeras que a pretexto de disturbios interiores de carácter anárquico trazaran la línea codiciosa de una intervención. No obstante, o nos equivocamos mucho, o en la conciencia universal ha ido ganando en rango el pacifismo, y España, en el régimen que está comenzando a darse, y que yo, en mi ilusión, quiero que sea, y espero que sea, el ejemplo de Europa, pudiera ofrecer ante el mundo, ante la conciencia universal, el espectáculo de su pacifismo real, el espectáculo de una nación que renuncia a defenderse militarmente, porque las cargas militares desbordarían su potencia económica, y que se entrega inerme a la conciencia universal de los pueblos, ya influidos por el socialismo haciendo que esta tierra sea una tierra sagrada, por ser la de una nación que no ambicionaba- (Grandes aplausos, que impiden oír el final del párrafo.)

En ese caso -hablo de futuros quizá más próximos que los por nosotros soñados-, misión ha de ser del partido socialista y de esa gigantesca falange sindical que tiene tras de sí y que se denomina la Unión General de Trabajadores, ir incrustando en la conciencia nacional la obligación, la necesidad y la conveniencia de presentarse España como una nación hondamente pacifista, que desdeña, desprecia e inutiliza los instrumentos guerreros.

El partido socialista no debe aspirar a la realizaci6n de su programa mientras no haya ganado la conciencia nacional

Ello no es obra de hoy, no es labor de estos días. ¡Ah! El partido socialista, con una influencia considerable en el Gobierno español, no debe cometer la insensatez de aspirar a la realización de su programa de modo inmediato, mientras no haya ganado la conciencia nacional. Ni los socialistas que estamos en el Gobierno, ni los que se sientan en los escaños parlamentarios, ni los organismos directivos de nuestras agrupaciones política y sindical, deben dar jamás un paso de avance, aunque las circunstancias parecieran favorecerles, sin estar seguros de que detrás de sí hay ese apoyo inmenso que se deslíe en un hálito impalpable, pero que los sentidos advierten con bastante suficiencia, que existe una masa de opinión suscribiendo nuestras ideas. Y claro está, la expresión de los ideales es hoy, en este régimen democrático, la papeleta electoral.

Nosotros hemos entregado a la mujer, con una fidelidad a nuestros principios que quizás allí en lo recóndito de mi ánimo llegue yo a considerar excesiva, el derecho a la papeleta electoral, y nosotros hemos estado un poco desviados de la acción femenina, por lo cual ahora al partido socialista y a la Unión General de Trabajadores las circunstancias atribuyen como una obligación inmediata, inexcusable, la conquista de la mujer, el arrancamiento de la mujer a la influencia clerical, al fantasma terrorífico de los suplicios del infierno (Grandes risas); porque en mí no hubiera habido vacilación alguna si al otorgar el voto a la mujer el Parlamento hubiese acordado también la expulsión íntegra de las órdenes religiosas. (Grandes aplausos.) Mi temor personal -porque estoy hablando como si os hiciera una confesión puramente individual- es el que origina el hecho de haberse otorgado el voto a la mujer sin haberla adiestrado todavía en el ejercicio de su derecho y dejándola aún sometida a ese régimen de terror cultivado por las congregaciones católicas.

La obligación del socialismo es la conquista de la mujer

Pero, en fin, ésa es una dificultad más aún, pero no invencible. Creo, lo digo sinceramente, que en los sectores de democracia española el voto a la mujer no hará flaquear, sino que probablemente la acrecentará la proporción de los votos socialistas; pero los votos socialistas no son toda la izquierda en el actual mapa electoral de España, y yo temo que por aquella debilidad de conciencia laica que han padecido los partidos republicanos españoles, sabiendo que las mujeres en los hogares de muchos republicanos españoles están dominadas por el clericalismo (Grandes aplausos); temo mucho que el voto de la mujer por ese lado pueda ir a engrosar la falange clerical. Estoy haciendo un examen, un análisis, que no es una repulsa; pero nadie me podrá pedir que, por crudas que sean mis expresiones, abdiqué de mi convicción. (Muy bien.) La obligación del socialismo español es, de un modo inmediato, la conquista de la mujer, la adscripción de la mujer a las filas socialistas, el adiestramiento ciudadano de la mujer, la labor profundamente ennoblecedora de arrancar a la mujer -ser de fantasía algunas veces enfermiza- de las garras del clericalismo, que, a través de la mujer, ha tenido y tiene un dominio formidable en España.

El partido socialista debe apartarse del Poder

Y volvamos, como un ritornello, a aquellas mis primeras palabras, en las cuales decía que no hay, a mi juicio, ningún riesgo de restauración monárquica; pero que lo hay evidente del adueñamiento de la República por elementos retrógrados, y que ese peligro es el que exige toda aquella mesura, toda aquella cautela y toda aquella precaución de que antes os hablaba. Estamos en momentos en que el partido socialista viene aquí, por la expresión de sus órganos ministerial y legislativo, a rendir sus cuentas ante el pueblo. En la historia política de España no es frecuente que hombres que participan en las muy delicadas responsabilidades del Poder anden constantemente en contacto con la multitud; jamás ha presenciado España, como ahora, tantos actos políticos en que hayan ocupado tribunas populares -con todos los inconvenientes que la pasión lleva consigo, pasión que está en el auditorio y que suelen recoger, como una antena, los oradores-, poniéndose en contacto con la muchedumbre aquí y allí, en uno y en el otro confín de nuestra nación, quienes asumen la responsabilidad del Poder.

Y esto después de haber recorrido varias etapas. Los agoreros, los que no creían en la revolución, negaban la posibilidad de la instauración de la República, y la República se instauró. Cuando la República estuvo instaurada, quienes le negaban eficiencia se atrevían a aventurar que no llegarían a formarse las Cortes constituyentes, y las Cortes constituyentes se formaron. Ya las Cortes constituyentes en funciones, se atrevieron a vaticinar que los elementos que las componen, a impulsos de sus diferencias políticas, de sus recelos si queréis, de sus rencillas personales, no llegarían a cumplir la sagrada misión que la nación española les había conferido de redactar la Constitución, y la Constitución está redactada y aprobada, próxima su aprobación definitiva y su promulgación, e inmediatamente detrás de esto, de manera inmediatísima, la elección del jefe del Estado. El problema que se plantea al partido socialista es el de, si llegado ese momento, debe considerar terminado o no su compromiso. Debo decir -entre los militantes es excusada la advertencia- que yo hablo aquí sin la representación de nadie, en un sentido totalmente personal, y que no extrañaría que hubiese correligionarios nuestros que disintieran de mi parecer; pero voy a exponer lealmente el mío. Comienzo por hacer esta afirmación: creo que todas las conveniencias de táctica, todas las conveniencias del partido socialista y las no menos respetables de la Unión General de Trabajadores aconsejan el apartamiento de los socialistas del Poder. Este gasta a las personas; pero ello es un factor poco importante. Poca abnegación tendría el hombre que se entrega a la vida pública si no supiera que sobre el riesgo dramático de determinados sucesos en que puede andar bamboleándose constantemente su existencia da, previamente, su propio honor al desgaste de los maldicientes. (Muy bien.)

Eso no tiene importancia, pero puede tenerla el reflejo de ese desgaste personal en la organización. Y en este sentido toda discreción es poca. Que unos hombres fracasen personalmente en el Poder; que unos hombres se encuentren con problemas superiores a sus aptitudes y a su buena voluntad; que esos hombres se deshagan y pulvericen, eso carece de importancia, no reviste interés. Pero lo tiene muy considerable si el fracaso personal de esos hombres ante las dificultades que no hayan podido vencer se refleja como un quebranto en las filas de los organismos a que pertenecen. (Muy bien.) Y esta es una cuestión de orden delicadísimo. Si nosotros viéramos libre de todo riesgo, que, repito, no es la posibilidad de una restauración monárquica, la consolidación de la República, para nosotros no habría ninguna clase de vacilaciones; consideraríamos el apartamiento del Poder como un deber ineludible.

Lo que hay que examinar es si el régimen republicano gana o pierde al retirarse del Gobierno la representación socialista

Lo que tiene que examinar fría y concienzudamente el partido socialista es si el régimen republicano gana o pierde al retirarse en estos momentos una representación suya del Gobierno. Si nosotros advirtiéramos en la composición posible del Gobierno, dada la estructura de las fuerzas parlamentarias que han de apoyarle, que no había daño alguno para la República, a mi juicio no podía haber vacilación: el papel del partido socialista sería apartarse del Poder, y apoyar, acuciándola, la acción izquierdista de un Gobierno genuinamente republicano. Ahora bien: el riesgo proviene de que pueda formarse un Gobierno que, con unos u otros apelativos, tenga una tendencia hacia la derecha y suponga cierta adhesión a los elementos que quisimos destruir al instaurar la República. En ese caso, la responsabilidad del partido socialista, al dejar abrir brecha a los elementos reaccionarios y al capitalismo derechista para el apoderamiento del Gobierno, sería enorme. Y ahí está encuadrado el problema, sin que se pueda advertir con claridad -tan delicados son sus matices- dónde está nuestra obligación, dónde está nuestro deber, si dentro o fuera.

He leído hoy -soy hombre que habla con lealtad- unas declaraciones que en París ha hecho el Sr. Lerroux. Vamos a examinarlas con toda objetividad. Una afirmación de Lerroux, muy lógica, muy natural, profundamente política, desde su posición, es la de que él no pertenecería a un Gobierno que presidiera un socialista. Repito que me parece la actitud de Lerroux perfectamente lógica, profundamente política, e incluso bien acoplada a la posición que, circunstancialmente, ocupa él en la política española. No voy a decir, porque sería innecesario y en ello no hay ningún desdén; no hace falta recalcar que también otros nos encontraríamos en el caso de no ser ministros en un Gobierno presidido por Lerroux. (Aplausos.) Dejadme que yo reflexione, sin que vosotros subrayéis con aplausos mis manifestaciones, para mantenerme en aquel plano de serenidad que necesito al examinar este problema, porque ya comprenderéis que en este acto no vengo a ahondar diferencias ni a provocar discrepancias -todo lo contrario-, sino a analizar serenamente la situación política.

Esta afirmación de Lerroux carece de importancia, es una cosa a la que yo doy de lado; a lo que no doy de lado es a otra manifestación que Lerroux ha hecho, en el sentido de que los partidos republicanos no deben repudiar a los elementos que quieran adscribirse ahora a ellos, simplemente por razón de sospechas en cuanto a su actuación pasada: No tengo delante el texto; pero creo interpretar limpiamente sus palabras. Este es el peligro que yo veo. Comprendo que los partidos republicanos, como todo órgano vivo, necesitan una reposición de sus cuadros. Es más, creo que lo mismo los hombres republicanos que los hombres socialistas que hemos actuado en este movimiento revolucionario tenemos la obligación de no cerrar el paso a ningún elemento nuevo que puedan alumbrar las luchas políticas; y creo que, a juzgar por aquellos maravillosos atisbos que nos ofreció la juventud universitaria en su precursora labor revolucionaria, nos colmará de honor el poder abrir de par en par las puertas del alcázar del Poder a esa juventud política, superior en entusiasmo a aquella otra que nosotros representamos. (Muy bien.) Pero esto dista mucho de que se adscriban a los partidos republicanos, y con ello logren adueñarse del Poder, todos los elementos caciquiles de la vieja España, que la desangraron. ¡Ah, eso no! Los partidos republicanos, por sí, en aquella su obligación delimitada por los confines de su propia organización, tienen, cierto es, el derecho, que nadie les va a regatear, de atraer a sus filas a los elementos que quieran; pero aun pensando con la mayor generosidad y con la mayor amplitud de miras en la regeneración de las culpas de un pasado tan inmediato, cuyo recuerdo ha de permanecer indeleble en nosotros hasta que la tierra cubra nuestros huesos -¡caciquismo cruel, despiadado, incivil!-, si la atracción de esos elementos, que antes se llamaron liberales o conservadores, sin ninguna fe en la Monarquía, como tampoco la tendrían en la República; si la atracción de esos elementos a los cuadros políticos republicanos supusiera su acceso al Poder, ¡ah!, entonces yo digo que el partido socialista no puede ser, respecto de esa política, ni cómplice, ni encubridor, ni meramente comparsa. (Muy bien. Aplausos.) El partido socialista tendría entonces que batallar, con la misma firmeza que lo hizo en tiempos de la Monarquía, contra un sistema de Gobierno que recogiera todos los detritos políticos y sociales del país para deshonrar al régimen, y si el robustecimiento de una u otra fracción republicana -robustecimiento meramente numérico, pero dañoso para la vitalidad de su esencia democrática- hiciera que esos elementos se encontraran en la posibilidad de volver a regir los destinos de España, nosotros no lo podríamos consentir. Bien sabemos que cuando el régimen seudoconstitucional de los partidos liberal y conservador se esfumó ante la Dictadura y parecía disiparse de momento la tenebrosa acción del caciquismo político, los que entonces eran serviles y a la par constituían el propio cimiento de los políticos de la Monarquía; los que entonces servían a Romanones o a uno u otro personaje, se hicieron del Somatén o de la U.P., y sirvieron con la misma servidumbre envilecida a la Dictadura que al régimen seudoconstitucional. Nosotros ahora no podemos consentir que dichos elementos caciquiles se pongan la escarapela republicana y el gorro frigio para apoderarse de España, y contra ellos estaremos con toda energía, para cerrarles el paso. Contra ese peligro deben estar alerta los republicanos, pero mucho más alerta y vigilantes los socialistas.

Los órganos que el partido socialista ha designado para asumir tan trascendental acuerdo habrán de dirimir dentro de pocos días, si la oferta nos es hecha, porque jamás, en ningún caso, nos pondremos como mendigos a las puertas del Poder (Muy bien), si el partido socialista participa o no en el Gobierno que se haya de constituir. Ya digo que esa es una cuestión de matiz, que no hay manera, por clara que sea la visión política de nuestros hombres directivos, de apreciar bien dónde está en ese instante el puesto que imponga al deber, del cual no ha de desertar en ningún instante el partido socialista. He aquí cómo atalayamos el panorama político español: el porvenir político es del partido socialista. Al partido socialista irá forzosamente, dentro de muy poco tiempo, casi de un modo automático, el Poder. Para capacitarnos más en el ejercicio del Poder, cuando él llegue (de forma que no vacilo en calificar de fatal, porque llegará a nosotros en circunstancias difíciles), el partido necesita afinar su educación, el partido socialista necesita hacer más limpia su pureza, porque a veces, quiera o no, puede salpicársele de lodo desde las cumbres del Poder.

La reacción española es más fuerte que los partidos republicanos españoles

Es decir, que todas aquellas perspectivas de las conveniencias políticas y sindicales nos aconsejan el alejamiento del Poder para entregarnos plenamente a la labor de propaganda y de educación en forma de dar al partido, y sobre todo a la legión de trabajadores de la U.G.T., cifrada ya en más de un millón de afiliados; a todos los que en este advenimiento un tanto tumultuario ingresan en nuestras filas sin la necesaria preparación, toda la procedente educación política. A nosotros, todas las conveniencias, repito y recalco, nos aconsejan el apartamiento del Poder. Pero eso está contrapesado por aquella responsabilidad en que pudiéramos incurrir ante el asalto cauteloso de las derechas al Poder público, porque yo no tengo inconveniente en sentar aquí una afirmación, repitiendo la que ya hice en Córdoba, a saber: que la reacción española, que no la podemos considerar disuelta, aniquilada, destruida, la reacción española es más fuerte que los partidos republicanos españoles; pero esa su fortaleza está en el campo de las izquierdas contrapesada y superada por el apartarniento a la obra de Gobierno del partido socialista, aunque a mí no se me oculta que también se gobierna desde fuera del Poder, que también se desempeña una misión rectora desde los bancos de la oposición. Si me preguntarais ahora mi opinión concreta, terminante, definitiva, sobre el pleito. yo no tendría más remedio que confesaros mi propia vacilación, mi propia duda, y deciros, como he dicho en el seno intimo de la Comisión ejecutiva del partido socialista, que no tengo todavía un criterio claro y firme sobre este problema, y que los hechos, en el proceso que hayan de tener, probablemente contribuirán a la formación de mi juicio; estoy seguro que en el instante de emitir mi voto sobre la cuestión no será con entereza firme, sino vacilante por la duda.

Pero vamos a lo del porvenir político. El porvenir político, a mi juicio, es éste: la reacción, que ha necesitado muy poco tiempo para rehacerse, que está envalentonada, jactanciosa, retadora y desafiante, habrá de acrecer posiblemente y en fecha muy próxima su fuerza, y que aquí se habrá de plantear dentro de poco tiempo la gran batalla con una nitidez asombrosa: los elementos reaccionarios y clericales contra el partido socialista, y el partido socialista, contra los elementos clericales y reaccionarios; y que en esa gran batalla, cuando llegue, habrán desaparecido, se habrán esfumado, se habrán diluido los actuales partidos republicanos. Nosotros tenemos la firmísima esperanza de que todo lo que haya de vigoroso en los partidos republicanos habremos de atraerlo a las filas socialistas, y que lo que pueda ahora agregarse a las viejas o a las nuevas organizaciones republicanas de los detritos y escorias del viejo caciquismo se irá al otro lado o desaparecerá del campo de combate; pero que la gran batalla estará entre el socialismo genuino, profunda, honradamente republicano, y el clericalismo, que no se resigna a perder su dominio de siglos sobre España. (Aplausos.)

Para poder aceptar esa batalla hay que ir eligiendo con cautela las posiciones. Es una lucha en que no basta dejarse deslumbrar por el horizonte luminoso del ideario, sino que hay que tener astucia de combatientes; saber que, cuando se dé un paso hacia adelante, se pisa terreno firme; que no habrá avalancha enemiga capaz de hacemos retroceder; que iremos con nuestra bandera y con nuestra antorcha caminando pausadamente, con la pausa que tiene el luchador seguro de su victoria, y no con el galopar alocado de los delirios de un extremismo que se deja engañar por las más fantasmagóricas ilusiones.

El futuro socialista

Es grave, enorme, la responsabilidad del partido socialista español, que no puede, por el coeficiente extraordinario que aporta actualmente al Gobierno, desentenderse alegremente de las responsabilidades del Poder. ¡Ah! Cuando en el Parlamento seguíamos tras aquella venerable figura de Pablo Iglesias una minoría compuesta de seis u ocho hombres, nuestra posición era cómoda, la holgura de nuestros movimientos infinita, la crítica de los actos gubernamentales no tenía para nosotros ninguna restricción, porque tras aquello no había más que buscar el eco en la calle, haciendo una obra de propaganda desde la tribuna de más resonancia del país, cual es la del Parlamento. Pero hoy, detrás de nuestras palabras, hay la responsabilidad de tener una minoría de más de cien hombres, cuyo voto puede ser decisivo en los destinos del país. Se ha comportado brillante, brillantísimamente el grupo parlamentario socialista, que es la síntesis más afortunada del pueblo español: obreros que en la tosquedad de su oficio no han encontrado obstáculos para adquirir una experiencia de luchadores políticos; obreros educados en la secretaría sindical, en la redacción del semanario, en los mítines pueblerinos, en la acción callada y modesta; hombres sin fulgor, pero con una conciencia de acero. Y en torno de ellos, en brillante, en magnífica escolta, esta representación universitaria que, con gran abnegación, con magnífico desinterés, se ha unido a nosotros para servirnos de guía y para contribuir al esclarecimiento de los problemas. Esa síntesis del pueblo español, cifrada hoy en cerca de 120 diputados, será, no lo dudéis, por el voto, incluso por el sufragio de la mujer, la que, en tiempo muy próximo, constituirá la mayoría del Parlamento español. Y entonces el partido socialista habrá echado sobre sus hombros la inmensa responsabilidad histórica de regir un pueblo con vicios ancestrales creados por un clericalismo cerril, de educarle, de levantarle de la tierra donde se sentía abatido, de hacerle mirar cara a cara el porvenir venturoso de la Humanidad, no la felicidad, en la cual, amigos y compañeros, yo no creo; porque esa felicidad cantada por los poetas es sencillamente el simplismo de los tontos. (Risas.) Yo creo que la felicidad es el placer momentáneo, pasajero, de media hora en el hogar, cuando se llega fatigado de la lucha en la calle o en el Parlamento, para decirnos a nosotros mismos, dentro de la propia alma, que se ha cumplido el deber y que se ha cumplido con honor, y cuando se contempla tras las cumbres, azotadas por todos los vendavales de la pasion política, la propia honradez, no para exhibirla como una prenda vistosa de escaparate a la atención llamativa de las gentes, sino como un panorama de recreo interior. Esa es la felicidad del luchador.

Que nosotros, socialistas, en los escasos momentos que la pelea, fuerte, formidable, sin tregua, más intensa que la de antaño, que vamos a emprender desde hoy, tengamos la felicidad momentánea del luchador, y que en los breves momentos de reposo espiritual sintamos la honda satisfacción ante nuestro propio tribunal de saber que hemos cumplido nuestro deber y que no nos hemos deshonrado; que hemos mantenido el honor y que detrás de ese leve descanso está la otra jornada, también de combate, también de lucha, también de pelea; que nuestra felicidad sea la felicidad santa del que está luchando con abnegación, no para el bien personal suyo, sino para el de las generaciones futuras, que deben saber que sus padres, los españoles de hoy, los socialistas de hoy, en horas históricas supieron cumplir con su deber.

Reposad en este instante, hombres que me oís, miraos por dentro, contemplad vuestro panorama interior y preguntaos a vosotros mismos, sin acudir a espectadores extraños, dentro de la propia conciencia, si habéis cumplido con vuestro deber, y si sabéis que lo habéis cumplido, si vosotros, ante vosotros mismos, cuando no cabe la hipocresía, que es la carátula para deslumbrar a papanatas, si vosotros sabéis que habéis cumplido con vuestro deber, luego de reconocerlo, levantad vuestros bríos y decíos que el descanso no puede continuar, porque el descanso eterno es la muerte; que habéis nacido para la pelea, para la lucha, y decir, decíos a vosotros mismos: "He sido un momento feliz al contemplar mi alma en este instante augusto de reposo; ahora a lo más sagrado, a pelear. ¡Venga la bandera! ¡ Venga la antorcha! ¡Adelante, por España, por la República y por el socialismo!" (Grandes y prolongados aplausos. Muchos concurrentes dan diversos vivas.)

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