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Los sucesos de Casas Viejas provocan un agitado debate parlamentario contra el Gobierno Azaña

Diario de Sesiones, 2 de febrero de 1933

El Sr. Guerra del Río: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S. S.

El Sr. Guerra del Río: la minoría radical ha tenido el honor de presentar a la Presidencia de la Cámara una proposición incidental, y ruego que se dé inmediata lectura a ella creyendo que está dentro del Reglamento.

El Sr. Presidente: Eso iba a hacer; me había permitido una pausa para ver si podíamos encauzar la discusión sin perdernos en el incidente, lo cual creo que hubiera sido preferible para todos; pero la proposición, en efecto, se ha presentado, es reglamentaria, y yo me disponía a hacer que se diera lectura de ella, y se va a dar lectura en este momento.

El Sr. Guerra del Río: Muchas gracias.

El Sr. Secretario (Vidarte): Dice así:

Los Diputados que suscriben ruegan a la Cámara se sirva declarar que han visto con disgusto la omisión de explicaciones, por parte del Gobierno, respecto a la represión de los sucesos iniciados el 8 de enero.

Palacio del Congreso, 2 de febrero de 1933.- Rafael Guerra del Río.- Salvador Martínez Moya.- Diego Martínez Barrios.- Angel Rizo.- César Oarrichena.- José Terrero.- Eloy Vaquero.- José María Alvarez Mendizábal.- Vicente Cantos.- Miguel de Cámara.- Gerardo Abad Conde.- Justo Villanueva.- Manuel Becerra-

El Sr. Guerra del Río: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Guerra del Río: Señores Diputados, creo que la máxima pasión política nos hará el honor de reconocer que no hemos sido nosotros, con nuestra conducta los que hemos provocado la situación realmente anormal en que se coloca este debate con esta proposición incidental.

En el día de ayer, desde que se inició, hubimos de hacer, primero el Sr. Armasa y después yo, la salvedad de que estimábamos que la cuestión de orden público, que había culminado, que había tenido su síntoma más relevante en el horror de Casas Viejas, tenía que ser liquidada por la Cámara con una declaración del Gobierno, con una satisfacción a la opinión, y detrás de eso venimos desde el día de ayer. Con asombro vemos todos (yo creo que con asombro incluso en los bancos de los propios Diputados ministeriales...) (Denegaciones y protestas en la mayoría.- Grandes rumores.- Contraprotestas en los radicales.) Quería hacerles este honor, pero no tengo en ello mayor interés.

El Sr. Presidente: Además, tengan en cuenta los Sres. Diputados de la mayoría que no necesita la mayoría, para expresarse la voz de todos los diputados que la componen.

El Sr. Guerra del Río: Decía que vemos con asombro que este Gobierno, que durante un mes está repitiendo cada día que no admite otras discusiones que las que aquí se planteen y que esperaba el día 1.º de febrero para que se le plantearan, a la primera cuestión de gravedad que se plantea aquí, rehuye la contestación, espera que nos entretengamos las minorías en discutir unas con otras, y, cuando más, nos hace el honor -por otra parte, para nosotros muy satisfactorio- de que el señor Subsecretario del Ministerio de la Gobernación conteste o diga que contesta a las graves acusaciones aquí formuladas.

Nosotros tenemos que interpretar de una manera o de otra este silencio del Gobierno y tenemos que remarcar cuál ha sido la intención de nuestras intervenciones de ayer. No, Sr. Presidente del Consejo de Ministros; no hemos pedido expedientes y sumarios contra el capitán de la Guardia Civil o contra el comandante de la fuerza que allí acudieron, no. Nosotros hemos acusado al Gobierno, que es el que tiene que contestar a la acusación. Le hemos acusado de hechos concretos y determinados: de su imprevisión para evitar los sucesos y de su crueldad en la represión de los mismos. No hemos dicho - me hubera guardado yo mucho de ello- que el Ministro de la Gobernación hubiese directamente dado las órdenes para que en Casas Viejas se fusilase a presos, a gente ya indefensa. Lo que sí he dicho y repito es que hay que deducir que las instrucciones del Gobierno fueron de tal naturaleza que las fuerzas encargadas de reprimir la rebelión se tenían que conducir fatalmente de aquella manera.

Me decía: ¡Pruebas! ¿Pruebas? Alguna ha de ser la superioridad de la Cámara, de todo Parlamento sobre los Tribunales de Justicia. Las pruebas en los Parlamentos se forjan en las conciencias, y los datos para forjar esa convicción han sido aquí expuestos y no ha habido la menor contestación; si acaso, han sido agravados por las palabras que ayer pronunció el Sr. Esplá. Hemos dicho: hay 19 muertos y no ha habido un solo herido; esto no puede ser la consecuencia de una refriega. ¿Habéis contestado a esto? ¿Lo habéis desmentido? ¿Os atrevéis a desmentirlo ahora mismo? Hemos dicho: todos los Diputados de la provincia de Cádiz, cualquiera que sea su significación, tienen esta misma convicción. ¿Se ha levantado uno solo a rectificarme? Pues ahí en vuestras filas están sentados; que lo digan y que me desmientan, si son hombres de conciencia y de honor, como yo creo. (Muy bien.)

¿Queréis más pruebas, Sr. Presidente del Consejo de Ministros? ¿Quéreis más pruebas que justifiquen lo que dijimos de que la Cámara de la República tiene que ver con disgusto este silencio despreciativo después de la revelación de esas crueldades? También os las voy a dar.

He dicho que las fuerzas que se dirigieron a Andalucía llevaban la convicción de que sus instrucciones eran no hacer prisioneros. Eso he dicho yo. Ayer, un Diputado monárquico, pero hombre de honor, pienso (Rumores) -vosotros juzgaréis si puede haber en esta Cámara alguien capaz de asegurar en falso lo que voy a decir aquí-, un Diputado monárquico me ha dicho que en el tren de Andalucía, hablando con oficiales de la Guardia Civil que se dirigían a reprimir aquellos sucesos, declararon que llevaban esas instrucciones. ¿Es eso una prueba bastante? No; pero esperad. Creo que los hechos tienen la suficiente gravedad para que todos los que sepan algo tengan la obligación de decirlo aquí, no ante un juez instructor en un sumario y en un expediente, en el cual, al fin y al cabo, va a resultar que el único responsable es el que menos nos interesa.

Otro Diputado a Cortes, republicano, aunque moderado, me juraba ayer (diciéndome que el secreto de la persona que directamente conocía el hecho no podía descrubrirlo sino cuando se le llamara a declarar) que se habían dado esas terminantes instrucciones. Y por último, señores Diputados, un Diputado republicano de siempre, de los que para todos nosotros no pueden tener tilde alguna en esta clase de asuntos, el señor González Sicilia -lo cito porque es correligionario mío-. Diputado por Sevilla, me decía que en su presencia, oyéndolo él, el comisaro jefe de Policía de Sevilla había transmitido la misma clase de instrucicones (El Sr. González Sicilia pide la palabra.)

¿Qué mas pruebas queréis? No hay heridos; hay 19 muertos; hay uno de ellos que apareció amanillado y del cual se nos dice, por toda explicación, que era un parlamentario que se pasó al enemigo y fue tan cruel el enemigo que no le quitó las esposas y después se le encontró muerto.

El Gobierno, a esto, contesta con el silencio y dice que hable el señor Lerroux. ¿Es el Sr. Lerroux el responsable de Casas Viejas, señor Azaña? De Casas Viejas no tiene que hablar el Sr. Lerroux, tiene que hablar el Gobierno. Pero el Gobienro nos ha dicho que calla, que nada tiene que decir, que allá los Tribunales.

Pues, Sres. Diputados, nosotros apelamos a la Cámara: que la Cámara diga si cree que el Gobierno hace bien callando después de lo que aquí hemos dicho. (Muy bien, aplausos en la minoría radical.)

El Sr. Presidente del Consejo de Mrinistros (Azaña): Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La triene S. S.

El Sr. Presidente del Consejo de Ministros: Señores Diputados, el Sr. Guerra del Río defiende una proposición incidental que es un voto de censura para el Gobierno, suponiendo, partiendo de la hipótesis, de que el Gobierno se niega a entrar en una discusión acerca de los sucesos de Casas Viejas. El supuesto es inexacto. Las cosas han pasado a la vista de todo el mundo, y me sorprende un poco que se puede tergiversar de esta manera el argumento de la polémica.

Cuando ayer me planteó esta discusión, recordaréis todos que hubo un momento de vacilación bastante duradero acerca de qué tema se había de abordar y por quién y cómo se iba a iniciar la discusión. Y el principal motivo de que el debate político anunciado no se iniciara y se tratara, en cambio, de esta otra cuestión fue la ausencia del Sr. Lerroux. Se discutió ayer tarde. El Sr. Lerroux viene hoy a las Cortes. Nadie ignora la importancia que se ha conferido -yo no dudo que justificadamente- a la interpelación de política general  que el Sr. Lerroux quiere hacer al Gobierno, y el Gobierno ha dicho: preferimos que se ventile cuanto antes esta cuestión. Pero en esta preferencia del  Gobierno no ha ido nunca, ni puede ir nunda, la negativa a discutir después, o cuando sea, el asunto de Casas Viejas. (Fuertes rumores.- Varios Sres. Diputados: ¡Ahora, ahora!)

No. Nosotros, lo he dicho antes terminantemente, y el Gobierno no rectifica su posición (Rumores y protestas.), nosotros no admitidos, administrando como nos corresponde nuestra autoridad en el banco azul, permanecer veinticuatro horas más bajo la supuesta posibilidad de que una interpelación desarrollada por el importante partido radical pueda acarrear al Gobierno un quebranto o su propio hundimiento. (Nuevas protestas en la minoría radical.- El Sr. Salazar Alonso: Haga las declaraciones ahora y en seguida; esta misma tarde se abordará el otro debate.) No puede ser. (Más rumores en la minoría radical.)

Nosotros no hemos rehuído esta cuestión ni otra; pero no es posible aceptar, en buena táctica parlamentaria, que después de estar con las espadas en alto durante un mes, ahora aceptemos una prórroga, una tregua que deje al Gobierno en posición... (Nuevas protestas y rumores impiden percibir el final de la frase.- El señor Salazar Alonso: Es cuestión de un cuarto de hora.) No puede ser; lo siento mucho. (Continúan las protestas y contraprotestas, cruzándose entre varios Sres. Diputados interrupciones que no se oyen claramente.- El Sr. Presidente agita repetidamente la campanilla reclamando orden.) El Gobierno no comprende (será una limitación de nuestra capacidad, otras tendremos) que se pueda querer hacer arma política de lo sucedido en Casas Viejas. (El Sr. Soriano: ¡No, casi nada!- El Sr. Salazar Alonso: Pues por eso se desglosa.) Los sucesos de Casas Viejas, que no pueden ser bien examinados si no es precisamente en el curso de esa interpelación general política que se nos tiene anunciada... (Fuertes rumores y protestas en las oposiciones.) Si, porque en esa interpelación... (Continúan los rumores.- Varios Sres. Diputados: ¡A votar!), en esa interpelación es donde hay que ver... (Varios Sres. Diputados de la minoría radical interrumpen.- Entre los Diputados de las oposiciones y los de la mayoría se entablan vivos diálogos.)

El Sr. Presidente: Ruego a los Sres. Diputados que se abstengan de interrumpir. Escuchen al Sr. Presidente del Consejo.

El Sr. Presidente del Consejo de Ministros: Decía, Sres. Diputados, que precisamente en un examen general de la política del Gobierno, que alcance a todo, y de una manera especial a las cuestiones de orden público y a los conflictos que los movimientos de rebelión, de una parte y de otra, le han suscitado al Gobierno, en ese examen general de la política del Gobierno, y singularmente en el aspecto de orden público, es donde se aclaran y se ven en todo su valor, en su génesis y en sus consecuencias los sucesos de Casas Viejas, que no son sino un chispazo, más violento, más doloroso y más lamentable, de todo un problema general que el Gobierno ha tenido que afrontar, reducir y vencer (Rumores), y es imposible, en buena lógica y en buena y perfecta lealtad de polémica, querer que se aclare o que se mida en su perfecto valor un episodio terrible, todo lo lamentable que se quiera, si no se examinan todos sus antecedentes y todos sus consiguientes. (Fuertes rumores.) Por esto es por lo que el Gobierno deseaba... (Continúan los rumores.- Varios Sres. Diputados de las minorías interrumpen.) ¿Pero yo no tengo derecho a hablar, o qué? Por eso, cuando se ha anunciado una interpelación general política por el Sr. Lerroux, nosotros hemos supuesto, en buena lógica, que uno de los aspectos que el Sr. Lerroux trataría sería el problema general del orden público en España en todos sus aspectos y en sus dos caras, la roja y la blanca (Rumores.) y que entonces tendríamos que hacer manifestaciones y declaraciones que tendrían algún interés y alguna importancia para los unos y para los otros; por eso hemos rogado que esta interpelación, donde la política general del Gobierno también había de aparecer en toda su integridad, en todas sus causas y en todas sus responsabilidades, se plantease con la máxima urgencia. Esto es lo que el Gobierno ha pedido y lo que el Gobierno desea.

En los sucesos de Casas Viejas, Sres. Diputados, por mucho que se hurgue no se encontrará un atisbo de responsabilidad para el Gobierno. En Casas Viejas no ha ocurrido sino lo que tenía que ocurrir. (Fuertes rumores y protestas en los bancos de las minorías; contraprotestas en la mayoría.) Planteado un conflicto de rebeldía a mano armada contra la sociedad y contra el Esatado, lo que ha ocurrido en Casas Viejas era absolutamente inevitalbe, y yo quisiera saber quién era el hombre que, puesto en el Ministerio de la Gobernación o en la Presidencia del Consejo de Ministros o en cualquier otro sitio donde ejerciese autoridad, hubiera encontrado un procedimiento para que las cosas se deslizaran en Casas Viejas de distinta manera de cómo se han deslizado. (Rumores.) Quisiera que me dieran la receta, para conocerla... (El Sr. Barriobera: ¿Me permite el Sr. Presidente del Consejo de Ministros?) Señor Barriobero, permítame S.S., estoy en el uso de la palabra. (El Sr. Barriobero, puesto en pie, insiste en hablar, lo que produce protestas en la mayoría.- El Sr. Alberca Montoya: Ayer le interrumpió el Sr. Presidente y nadie protestó.- El Sr. Barriobero: Es para una interrupción como las que ayer me hizo S.S. a mí.- Continúan las protestas en la mayoría.)

El Sr. Presidente: Tenga la bondad de sentarse el Sr. Barriobero. Para hablar se necesita el permiso de la Presidencia. Continúa el señor Presidente del Consejo en el uso de la palabra.

El Sr. Presidente del Consejo de Ministros: Se pretende, Sres. Diputados, haciendo uso de recursos polémicos, que, sin duda, son lícitos y admisibles en las contiendas de los partidos, pero cuyo carácter no hay que perder de vista, se pretende juzgar la conducta general del Gobierno en asuntos de orden público por el episodio de Casas Viejas, y esto no es legítimo. No es legítimo, porque yo ruego a quien esté dispuesto a discurrir con entera lealtad y buena fe, que me diga si el Gobierno, este Gobierno u otro cualquiera, era posible que tuviera en sus manos los medios de información suficientes para prever hasta el último chispazo revolucionario en la última aldea española. ¿Es que se puede exigir a un Gobierno que prevea que va a haber un alzamiento anarquista o libertario en Casas Viejas o en la última aldea perdida del rincón de una sierra, donde el Estado no tiene ni siquiera agentes directos de su autoridad o tiene, a lo más, una pareja de la Guardia civil, donde incluso las autoridades locales, contaminadas por las propagandas revolucionarias extremistas, no tiene ningún interés en servir al Gobierno ni en ponerle en antecedentes de lo que allí pueda ocurrir? Donde los servicios de información del Gobierno funcionan con normalidad, con extensión y con profundidad, como sucede en las grandes capitales, en los grandes núcleos urbanos, en los grandes centros industriales, etc., etc., una política de previsión y un adelantamiento a los sucesos es posible; pero ¿cómo se puede adivinar que en el risco de una sierra, unos pobres hombres hambrientos, maltratados por la desgracia, trabajados por propagandas disolventes e infecciosas, llevadas allá por quienes después no tienen el coraje de decir al Gobierno yo soy quien les ha inducido a la rebelión y aquí estoy yo para responder de mis culpas, van a producir estos hechos? (Muy bien en la mayoría.- Rumores y protestas en las minorías.- El Sr. Presidente reclama orden.) De estas gentes, envenenadas por su propia y desgraciada miseria, que la República no ha creado; perdidos en su propia ignorancia, que la República no ha creado tampoco -que toda la política del Gobierno de la República se dirige cabalmente a combatir estos dos males terribles de la sociedad española-; de estas pobres gentes, sobre las cuales nuestro corazón se apiada, porque nosotros somos tan viejos civilizados como pueda serlo el más sentimental de la Cámara, y nada hay más doloroso para nosotros que saber que los agentes de la autoridad, en el cumplimiento de su deber, hayan tenido que sacrificar vidas de conciudadanos; de estas gentes, repito, no podía el Gobierno sospechar, ni atisbar siquiera a cien leguas, que iban a realizar un movimiento de esta naturaleza en unos riscos perdidos de la provincia de Cádiz. (El señor Alvarez Mendizábal: Donde hay puesto de la Guardia civil.- Rumores.)

Se produce un alzamiento en Casas Viejas, con el emblema que han llevado al cerebro de la clase baja trabajadora española de los pueblos sin instrucción y sin trabajo, con el emblema absurdo del comunismo libertario, y se levantan unas docenas de hombres enarbolando esa bandera del comunismo libertario, y se hacen fuertes, y agreden a la Guardia civil, y causan víctimas a la Guardia civil. ¿Qué iba a hacer el Gobierno? Tengamos presente, Sres. Diputados, que esto ocurría al día siguiente de haber sido dominado el movimiento anarquista en Barcelona y de haber conseguido que este movimiento revolucionario no estallase, entre otros sitios, en Madrid y Zaragoza.

Pero surge el incidente de Casas Viejas. Todavía en la provincia de Valencia había chispazos del mismo carácter; todavía en el propio Madrid había esos aventureros que se alistan en las jornadas revolucionarias y que no tienen nada de revolucionarios, pero son lo bastante para inquietar y para dar motivo a informaciones sensacionales y a columnas de los periódicos de cualquier color si el Gobierno sería o no lo bastante fuerte y robusto para imponer el orden, y no me quiero acordar del fenómeno de insalivación mental de algunas gentes, refocilándose ya con el espectáculo de nuestro fracaso y con poder decir a los cuatro ámbitos del país español: «Esta Gobierno es el Gobierno de Kerenski, bajo cuyas manos la República española va a degenerar en la anarquía». Ya lo estaba yo viendo, y nos lo estaban diciendo en la Prensa, en letras de molde, y ya lo decía la Presa extranjera, de lo cual no me sería difícil traer aquí testimonio terminante. Y estaba la opinión pública pendiente de si seríamos o no capaces de restablecer el dominio de la autoridad y el respeto al orden. Y se promueve el incidente de Casas Viejas en estas circunstancias, y el Gobierno sabe que han sido sacrificados los guardias civiles que allí están, y el gobernador de Cádiz envía, por todo ejército,  por toda muchedumbre de fuerzas republicanas, doce guardias de asalto, con un armamento de pistolas. Y estos hombres pasan doce horas a las puertas del pueblo, sin poder entrar, y, además, sin atreverse a entrar a viva fuerza, porque hubieran perecido todos. Y estos hombres tienen bajas, uno de ellos muere, otro cae mal herido, y cuando los sitiados rebeldes se pueden apoderar de las víctimas, al muerto le hacen objeto de un odio frenético e incomprensible en un hombre.

Y pasan más horas, y entonces el Gobierno comienza a recibir informaciones de que el ejemplo de Casas Viejas se va a correr a otros lugares de la provincia de Cádiz, y de que la esperanza de la supuesta debilidad del Gobierno va a fructificar en nuevos estallidos de anarquía y de indisciplina social. Pues qué, ¿es  algún secreto. Sres. Diputados, que en aquella misma noche, de las campiñas de Jerez, gran número de campesinos comenzaba una marcha sobre aquella ciudad andaluza para repetir en ella las escenas de horror, multiplicado  quizá con los medios modernos, de los días de «La mano negra»? Esta es una información que tiene el Gobierno y que le consta. ¿Es un secreto para nadie que el incendio de Casas Viejas -hablo del incendio revolucionario- se iba a extender a Medina Sidonia y a otras poblaciones de la provincia de Cádiz de una manera inmediata y urgente? ¿Pues qué había que hacer?

Si se hubiera tratado de un suceso aislado, de un suceso sin conexión con ningún plan revolucionaro, de un incendio producido en una materia combustible, pero rodeado de objetos incombustibles, se hubiera podido dejar aislada la hoguera hasta su total extinción. Pero yo me pregunto qué nos estarían diciendo ahora, unos y otros, si -lo que no es posible ni lícito mirando la cuestión desde las obligaciones del Gobierno- hubiéramos rodeado el pueblo de Casas Viejas días y días, sin hacer ningún ademán de sofocar la rebeldía hasta que ésta se hubiera extinguido por hambre o por cansancio. En cuanto la rebeldía de Casas Viejas hubiera durado un día más, teníamos inflamada toda la provincia de Cádiz y ahora nos estarían diciendo que, por no haber sido severos, rápidos y enérgicos en la dominación de la rebeldía de Casas Viejas, habíamos provocado, con nuestra lenidad, la sublevación entera de todos los campesinos de la provincia de Cádiz (Rumores de aprobación.) Esto es lo que estaríais diciendo ahora y esta es la primera realidad.

No hubo más remedio que acabarlo. ¿De qué manera? De la única manera posible. Horas enteras estuvo parlamentando la fuerza pública con los sitiados de Casas Viejas -¡horas enteras!-, y llegó un momento en que no hubo más remedio que reducirlos por la fuerza. ¿Es que es posible, Sres. Diputados, tomando un barrio o las casas de un pueblo a tiro limpio, es que es posible discernir si se van a hacer pocas o muchas víctimas? ¿Es que es posible que la fuerza pública haya dado mayores demostraciones de disciplina de las que ha dado en esta ocasión, no sólo allí, sino en otras partes, dejándose sacrificar sin repeler agresiones, muriendo en Barcelona, en Sallent, en Valencia, en el propio Casas Viejas, agotando hasta última hora la resistencia en el cumplimiento de su deber? ¿Se puede pedir más? Y llegó el momento en que no hubo más remedio, para impedir males mayores, que reducir por la fuerza el levantamiento de aquel pueblo. Y las fuerzas entraron vivamente, violentamente, en Casas Viejas y acabaron con la rebelión. Nosotros deploramos que haya habido víctimas en Casas Viejas; lo deploramos y lo deploraremos siempre, como que haya habido víctimas entre los servidores del Estado. Pero, ¿es que no está en el deber de un gobernante, cuando llega un caso de éstos, en que la opinión pública está pendiente de su acción, reclamándole unos y otros la rápida extinción de un incendio social; no está en la obligación del gobernante sobreponerse a sus íntimos sentimientos de piedad, de humanidad y de compasión por el prójimo y cumplir estricta y severamente con lo que es su deber?

Este es todo el secreto de lo de Casas Viejas. Cuando aquí se viene a decir que se han cometido estos o los otros errores, algunas veces me hace pensar a mí que la anarquía, la indisciplina, la falta de solidaridad con los intereses del Estado y de la sociedad española no están sólo, ni muchísimo menos, en los infelices que se han dejado arrastrar a los movimientos convulsivos de los días pasados (Muy bien), sino en las gentes que, teniendo obligación de enjuiciar estos sucesos desde la altura de un gobernante y de un legislador, lejos de enjuiciarlas desde esta altura, se ponen en un estado de indisciplina mental y de anarquía social no menos censurable que el de los propios rebeldes de Casas Viejas. (Muy bien. Aplausos.) El mal más grave del español es cabalmente esta anarquía de la mente; este no saber en cada momento cuál es la obligación que hay que cumplir. Y este retroceso, delante de la obligación terminante, que se le pone a un hombre de Gobierno, a un legislador; este retroceso delante del deber, franco y claro, aunque sea duro y penoso, ¿por qué motivo se le pone? O por un motivo puramente sentimental o por un motivo de popularidad o por un motivo puramente político, por combatir a un Gobierno o a una situación política. Nosotros tenemos afirmado, Sres. Diputados, que al encauzarse, al constituirse la República y al darse al régimen sus instituciones definitivas (obra en la cual el Gobierno y la mayoría tienen la participación que todos conocen, de la que estamos orgullosos y de la cual haremos un título para nuestra honra y nuestra gloria colectiva), al darse esa Constitución, esas leyes y ese régimen, la República es la garantía de la sociedad y del orden en España, y la sociedad española o se salva con la República o  perece con ella, y la República, para que sea vividera y fecunda, ha establecido en su Constitución y en su política aquellos cauces que permiten una transformación de la sociedad española dentro de un régimen legal y dentro de una contienda parlamentaria. Se pretende desconocer este contenido social de la Constitución y de la política española y esta tendencia de la revolución española, que así hay que llamarla, desde dos sitios diferentes: desde estos hombres que agitan y promueven los levantamientos anarquistas, interesados en que la República no arraigue, no prospere, no haga la demostración clara de que dentro de su norma, de su Constitución y de su política puede el proletariado español, sino rehacer una sociedad sobre nuevos cimientos, sí conseguir un avance inmenso con respecto a su situación anterior que no le ponga en situación de inferioridad con respecto a los países civilizados de Europa y del mundo, y del otro lado están los que aun quisieran volver la sociedad española a los términos de hace dos años.

No tengo ningún motivo serio para afirmar, y por eso no lo afirmo -dejo las sospechas y las intenciones aparte-, que en este movimiento subversivo del mes pasado haya una conexión directa y personal entre un campo y el otro; si lo supiera lo diría; pero hay un hecho evidente, Sres. Diputados: el suceso de Casas Viejas, incidente penoso y dolorosísimo dentro de un gran plan revolucionario, ha sido contemplado con júbilo por todos los que tenían interés en el hundimiento de la República (Muy bien). Nadie ignora que este movimiento de extremismo anarquista se venía elaborando desde hace meses y que sus inspiradores, sus directores y empresarios, contaban con lanzarlo a la realidad, al amparo de la esperada huelga ferroviaria. Esta era una información que el Gobierno tenía y que puede tener cualquier español que ande por la calle. No se produjo la huelga ferroviaria, por fortuna para todos, pero los elementos acumulados para esa ocasión contaban con la expectación complacida de aquellos que, a favor de una subversión profunda y grave del orden en España, habrían podido levantar una bandera que se hubiera titulado la bandera de la paz, del orden social y del reinado de la disciplina, preludio de otro reinado (Muy bien). Nadie puede desconocer, y es un hecho cierto, comprobado a todas horas, que los propóstios de los dos bandos que contienden con la República -no con el Gobierno- eran producir una subversión social que, naturalmente, no podía conducir más que al desorden, al caos y a la indisciplina; y al amparo de este desorden, de este caos y de esta indisciplina, introducir otra vez en la vida política española un régimen que se presentara como el fiador de la paz y del orden social; este era el plan: No afirmo ninguna conexión directa ni personal, mis escrúpulos no me lo permiten, pero que el aprovechamiento del desorden y de la confusión hubiera venido inevitablemente en favor del otro bando es una cosa innegable. No habiéndose producido la huelga ferroviaria, parecía abandonado el propósito de la subversión social; pero el Gobierno tuvo las suficientes informaciones para saber que este propósito persistía. Se ha hablado aquí mucho de imprevisión o de falta de previsión; yo no sé bien lo que esto quiere decir, ni qué medida se da aquí a la previsión o a la imprevisión. Un  movimiento de esta especia, que está esparcido por un ámbito considerable del país, que tiene afiliados en muchos pueblos de España, no es ni en su génesis, ni en sus medios, ni en los medios de reprimirlo, comparable a un complot de carácter político, a la clásica conspiración contra un Gobierno, contra un régimen. No se parece en nada, ni en su manera de producirse, ni en su manera de ser llevado, ni puede ser combatido por los mismos procedimientos. Pero el Gobierno estaba advertido de algo de lo que se tramaba en este particular, y donde ha sido posible se ha impedido la explosión del movimiento.

Si dice: «El Gobierno ha tenido imprevisiones». ¡Ah!, pero ¿es que vosotros conocíais el programa? Era mucho más vasto de lo que han realizado. Si hubieran realizado todo su programa es cuando podíais hablar de imprevisión; pero el programa era vastísimo, y lo que ha salido a luz es un leve entremés, comparado con lo que tenían en proyecto; y lo que el Gobierno ha hecho abortar y ha destruído en su raíz, eso no se ve; pero el Gobierno sabe -y quien quiera puede enterarse- hasta qué punto hemos conseguido que donde parecía más inminente y donde quizá hubera sido más grave la explosión del movimiento revolucionario, se ha contenido debidamente. Y ¿es que es posible creer que si el Gobierno no hubiera estado sobre aviso y con las medidas tomadas, la explosión del movimiento revolucionario en Barcelona, campo abonado para toda esta clase de movimientos, se hubiera sofocado tan rápidamente como se sofocó? Se da la paradoja, Sres. Diputados, de, como yo decía ayer, cuando los servicios de Vigilancia del Gobierno, del  Estado, descubren una trama revolucionaria que aborta y fracasa, se dice: «la ha inventado la Policía»; y si un complot de este género, un movimiento de este género, parcial o totalmente llega a estallar, se dice: «la Policía no sirve para nada». Si el Gobierno toma precauciones para evitar un suceso de orden público, se dice: «el Gobierno alarma a la opinión con precauciones innecesarias»; y si no se toman estas precauciones, dicen: «el Gobienro no cuida del orden público; es un imprevisor y no sabe lo que se hace».

Esta es la realidad de los Gobiernos; no me quejo; pero esta es la realidad. Pues el 7 de enero, cuando parecía, por todas las informaciones, que el movimiento revolucionario se había abandonado o se había aplazado, el 7 de enero, por la noche -era sábado-, se reunía un Comité revolucionario en Barcelona y adoptó inesperadamente y bruscamente el acuerdo de desencadenar el movimiento al día siguiente, por la tarde. A las nueve de la mañana del domingo tenía yo en el Ministerio de la Guerra, transmitidos por el Ministerio de la Gobernación, todos los datos necesarios en la parte que me afectaba como Ministro de la Guerra: los asaltos a los cuarteles, los lugares donde los asaltos se iban a dar, etc., y a las once de la mañana -en el telégrafo estarán los originales para los que quieran verlos y consultarlos- había yo puesto los telegramas correspondientes a todos los generales de las localidades donde el complot se presentaba amenazador, entre ellas Lérida, y antes del mediodía ya había hablado por teléfono con todas las autoridades militares con quienes me interesaba hablar: Bilbao, Valladolidad, Lérida, Zaragoza, Sevilla, etc. Y gracias a esto no se produjo la explosión que era de temer, y donde se produjo un movimiento violento y atacó a una institución militar, como fue en Lérida, encontraron a las autoridades en disposición de reprimirlo en el acto. En Madrid se hizo abortar totalmente el movimiento, porque yo no llamo movimiento a los escarceos de unos desocupados que merodeaban por el Campamento de Carabanchel, y que dieron lugar a un ligero tiroteo con una pareja de la Guardia civil, y a unos maleantes que fueron detenidos en las proximidades de un cuartel, que fue a todo lo que se redujo en Madrid el movimiento, donde podía haber tenido alguna importancia y algún ruido.

En todos los demás lugares el movimiento se ahogó, y, claro, como no ha salido a luz, la gente cree, o aparenta creer, que el Gobierno no ha hecho nada en ninguna parte; cree que sólo había preparado lo que se ha visto, y dice: «Este Gobierno está en las nubes; no sabe por dónde se anda; no está enterado de nada». Si el Gobierno hubiera estado ausente de su deber y no hubiera estado vigilante, ¡ya hubierais visto lo que era una cosa divertida! Esta ha sido la disposición del Gobierno: atento a seguir el movimiento paso a paso. Cuando se habla de previsión, quisiera yo saber en qué consisten las medidas de previsión. He dicho que un movimiento anarquista, que corre, cuando se entrega a la violencia, como la chispa por un campo de pólvora, porque corre por un terreno abonado por las propagandas y por la disposición moral e intelectual  de un cierto número de proletarios, no se puede tratar como un complot, porque no tiene la misma organización ni los mismos medios. Y hay, además, otra diferencia, Sres. Diputados, entre los dos movimientos contra los cuales la República tiene que combatir y a los que tiene que abatir: un movimiento revolucionario de carácter anarquista o antisocial es más grave, es más doloroso, supone una enfermedad mayor y más profunda que un complot de carácter político; pero es menos peligroso para el régimen, de momento. El régimen republicano no puede perecer, no corre peligro por el estallido de un movimiento de carácter anarquista; corre el peligro que le produciría la propaganda hecha contra él en vista de que la República no sabía dominar estos movimientos; pero un movimiento libertario, como dicen ellos, o comunista libertario, que levanta un pueblo y el de más allá, y hunde un puente, y quema una conducción eléctrica, eso jamás pondrá en peligro el régimen republicano; pero es grave por el estado social que denota. En cambio, un complot de carácter netamente político, digamos monárquico o dictatorial, es menos grave, es menos extenso, abarca menor número de personas, pero es más peligroso, de momento, porque un complot de este género, si triunfase, derribaría al régimen, mientras que el otro no lo puede derribar, y la manera de tratar una enfermedad y otra tiene que ser enteramente distinta. Nosotros, cuando hemos traído a las Cortes estos problemas y hemos pedido autorización para reprimir movimientos de orden público, hemos tenido siempre puesta la mira en lo más urgente y en lo más peligroso para el régimen republicano, porque estos problemas tenemos que verlos desde el punto de vista del régimen y no desde el punto de vista del Gobierno; y hemos pedido la ley de Defensa de la República, ¿para qué? ¿Para sofocar movimientos de rebeldía anarquista? No; para eso no sirve; la hemos pedido y la hemos obtenido y aplicado para los complots de carácter político que de una manera urgente, inmediata, en cosa de horas, podían poner en riesgo la República y para eso sí la hemos usado; pero para prevenir movimientos anarquistas, para impedir sublevaciones libertarias, la ley de Defensa de la República ni sirve, ni la hemos usado, ni nos hace falta para nada. Y cuando se habla de movimientos de este género y se pide previsión al Gobierno, ¿qué es lo que se le pide al Gobierno concretamente? En este género de movimentos, que no son los complots políticos, no suele haber estos comités que se dejan sorprender en una u otra cosa, no esos manejos que todos hemos conocido cuando se produjo lo del 10 de agosto; estos movimientos requieren una político de largo horizonte, mucha humanidad, mucha conciencia por parte del Parlamento y del Gobierno, una política activa en el orden social que procure dar a las gentes que ahora están captadas por estas propagandas la esperanza o la seguridad de que en el régimen republicano pueden obtener una mejora de su condición social que hasta ahora no han logrado, y cuando llega el caso de un movimiento violento, requiere rapidez, energía, moderada en todo lo posible por la humanidad y la civilidad que deben ser propias de la República española.

Esta es nuestra política respecto a esta clase de movimientos y esto es lo que se ha hecho en Casas Viejas, y esto es lo que se ha hecho en todo el movimiento en general revolucionario de los días pasados. ¡Qué haya habido más o menos víctimas en Casas Viejas!, eso no se puede evitr; por otra parte, no se debe confundir la importancia -¿cómo diremos?- informativa o impresionante, el valor informativo o impresionante de un suceso, con su valor político, porque estos valores no se corresponden casi nunca, y por impresionante que haya sido lo de Casas Viejas, no es más grave ni denota un estado mayor de perturbación social que otros movimientos análogos que no han producido víctimas de ninguna clase dentro de este mismo movimiento revolucionario.

Planteado el problema local y concreto de Casas Viejas, el asunto no tiene solución sino la dramática de imponer por la fuerza pública el orden y de restablecer la paz. No tiene otra solución. Si alguien cree que ahí se ha excedido un agente de la autoridad cumpliendo órdenes del Gobierno en el cometido que se le había confiado, que lo demuestre; porque es muy cómodo, Sres. Diputados, venir al Parlamento y decir: «A mí me han dado esta noticia. ¿Qué dice el Gobierno?» No se trata de noticas; yo creo que no se debe tratar de noticias, sino de demostraciones, y hasta ahora no se ha dado ninguna.

Hay un ejemplo, que yo me permito citar sin ánimo de molestar a nadie, Sr. Guerra del Río; hay un ejemplo en la Prensa de ayer, que reproduce unas declaraciones de S.S., en que asegura que le ha dicho el alcalde de Medina Sidonia que habían fusilado a ocho hombres contra una pared; y el mismo periódico, al pie de las declaraciones del Sr. Guerra del Río, dice: «No, lo que nos ha dicho el alcalde de Medina Sidonia no es nada de eso; él no ha visto esos fusilamientos.» De modo que si se recogen con este ligereza informaciones de esta gravedad, es permitido suponer que para una acusación de este género se deben buscar otros fundamentos y otros procedimientos. ¿El Gobierno se va a negar, si hubiera habido una de estas cosas, a hacer justicia? ¿Cómo? ¡En ningún caso! Pero el Gobierno ¿se va a dejar arrastrar por un movimiento pasional o por la facilidad de impresionarse cuando se traen a memoria los muertos o los espectáculos tristes de una represión por la fuerza pública? Tampoco.

Otro ejemplo de cómo se manejan en las Cortes con poca responsabilidad los propios vocablos. Ayer, el Sr. Barriobero, en un discurso suyo, hablaba de tormentos en la Jefatura de Policía de Barcelona... (El Sr. Barriobero pronuncia palabras que no se perciben.) Tormentos, dijo S.S. y yo le interrumpí, aunque no acostumbro hacerlo, porque me parecía demasiodo grave dejar pasar sin correctivo el empleo de esa palabra. (El Sr. Barriobero: Pero yo no puedo interrumpir.- Rumores) ¡Un diputado español que se levanta en las Cortes, un republicano de buena fe, como él se califica, a decir que en un centro oficial se ha dado tormento a unos detenidos! ¡Para qué queremos más ludibrio ni mayor baldón para la República española en todo el mundo, cuya Prensa reproduciría mañana las palabras del Sr. Barriobero, diciendo: «Estos republicanos dan tormento a sus prisioneros en las Jefaturas de Policía!» Y por eso le salí al paso a S.S., y S.S. me dijo que me iba a traer una pureba, y lo que me trae S.S. son unas certificaciones facultativas acreditando que unos detenidos tienen unas lesiones. (Rumores y protestas.) ¡No, no os precipitéis, que vamos a ir despacio, que hay tiempo para todo! (Nuevos rumores.) El Sr. Barriobero me trae unas certificaciones en que a unos individuos se les acreditan unas lesiones. ¿De qué proceden esas lesiones?

El Sr. Barriobero, hombre acostumbrado a la polémica, realiza hoy un ligero movimiento de retirada y dice: «Malos tratos.» ¡Ah!, ya no son tormentos. Porque cuando se habla de tormentos, la imaginación de la gente piensa en una mazmorra donde hay unos prisioneros desgraciados (Nuevos rumores.) y unos sicarios que los están atormentando. (Protestas y contraprotestas.) ¡Señores, estos son tormentos y esto es lo que se ha entendido siempre cuando se ha hablado en España, en castellano -no sé si hemos perdido la costumbre-, por tormentos. Cuando se habla de tormentos se representa ante nuestra imaginación una víctima y un verdugo que está infligiendo a aquélla torturas físicas. (Protestas y contraprotestas.) ¡Naturalmente! Cuando se hablaba en mis tiempos juveniles de los tormentos de Montjuich, se hablaba de esto, no de otra cosa. (Asentimiento en la mayoría.)

Pues bien, yo retaba al Sr. Barriobero a que, consciente de su responsabilidad de Diputado, que es la que es, aunque él no quiera, aunque no queramos todos, y tiene S.S. que responder de sus palabras aquí y fuera de aquí, probara sus afirmaciones; porque por mucha que sea la buena fe de S.S., si con sus palabras imprudentes, por el mal empleo de los vocablos castellanos, que S. S. conoce tan bien, por otra parte, causa daño a la reputación de la República, S.S. es responsable de ese saño y de ese menoscabo. (El Sr. Barriobero: Acepto toda la responsabilidad.- Grandes protestas en la mayoría.) Su señoría me dijo ayer que me iba a traer una prueba documental de los tormentos, y lo que me trae es una prueba facultativa de unas lesiones sufridas por varios individuos. (El Sr. Soriano: ¿Qué más da? -Grandes protestas en la mayoría.) ¡Pues no ha de dar! ¡A S.S. le da lo mismo todo! Ayer hemos presenciado un espectáculo lastimoso. El Sr. Barriobero, levantándose aquí a hablar de los fueros de la Justicia, de la majestad del Poder público y del respeto a la conciencia pública y privada, hacía chacota -él, que es letrado de profesión-, hacía burla de su propia profesión, diciendo que él amaestraba a los testigos antes de juicio. (Muy bien.- Grandes aplausos y rumores.) Y si el Sr. Barriobero, por hacer un chiste -supongo que no era más que por hacer un chiste-, ponía en berlina de este modo los medios de su profesión de letrado  defensor de gentes perseguidas por razón de delitos, ¿con qué autoridad el Sr. Barriobero venía después a impetrar las enormes y nobles entidades de la Justicia y del respeto al Derecho y a la conciencia pública? (Muy bien.) No; tormentos, no. (El Sr. Barriobero: Lo mejor es la hipocresía, callarse. Lo que hacen todos.- Grandes protestas.) Señor Barriobero: yo no sé si lo hacen todos. (Denegaciones.) No lo tome a mal S.S.; no se enfade conmigo; pero como no soy abogado, estas cosas que cogen muy de nuevo y  me sorprende. (El Sr. Barriobero: Tenía entendido que sí era abogado S.S.) No soy abogado. Apelo a la definición del Sr. Ossorio. (El Sr. Barriobero: Además, lo hacemos a petición de los clientes y por obligación.- Varios Sres. Diputados: ¡Peor! ¡Mucho peor!.- Enérgicas protestas.- El Sr. Pérez Madrigal: Que hable el decano del Colegio de Abogados.)

El Sr. Presidente: Basta de comentarios, Sres. Diputados.

El Sr. Presdiente del Consejo de Ministros: Ese episodio de los supuestos tormentos que el Sr. Barriobero iba a demostrar documantalmente ayer, es otra cosa muy distinta, señor Barriobero; lamentable, pero muy distinta. Yo se lo voy a contar a S.S.

Cuando se detuvo el día 8 en Barcelona a García Oliver, iba dentro de un taxi, en compañía de otros tres individuos (creo que eran tres), armados de bombas y de pistolas, que se dirigían, pudiéramos decir, al campo de batalla a tomar parte en la acción violenta que se estaba ejerciendo sobre la Jefatura de Policía o sobre no sé que otro centro oficial. Los detuvieron los agentes, los llevaron a la Jefatura de Policía, y en el patio o zaguán había un cierto número de guardias de Seguridad que había tomado parte en la refriega, algunos heridos por las explosiones de unas bombas que habían estallado a la misma puerta de la Jefatura de Policía. El estado de ánimo de estos guardias allí presentes y heridos no debía ser, dijéramos, de un franciscano. Llegó el detenido, y uno de los que allí se encontraban, reprochándole, sin injuria, sin ninguna violencia lo que estaban haciendo sus conmilitones, le dijo, sobre poco más o menos «¿No os da vergüenza hacer estas cosas que han costado la vida a Fulano, a Mengano, a un obrero, a una mujer, a un padre de familia?» Un reproche de neto carácter popular, de esta primera explosión de honradez popular que no mide la oportunidad ni los términos. Y el detenido, revolviéndose contra el interpelante, digámoslo así, le contestó: «Esto que hacemos ahora no es nada, y pasado mañana, cuando hayamos triunfado, las bombas...» No puedo repetir las palabras que dijo aquel sujeto, pero las bombas iban a producir estragos en las madres y en las hijas de los allí presente, y unos términos que la decencia me impide repetir, Y, naturalmente, esta injuria, lanzada así, a boca de jarro, sobre aquellos hombres excitados por la contienda, provocó una reacción violenta en ellos y le dieron un golpe o dos golpes a aquel sujeto. Mal hecho. Los autores de los golpes están sometidos a expediente o a juicio, y van a ser castigados, porque la autoridad tiene la obligación de ser siempre ecuánime y serena y de soportar todas estas cosas. No tiene más remedio que hacerlo. Pero yo llamo a la reflexión de los Diputados si esto, que viene a ser un altercado violento entre el detenido y los que allí estaban, vale la designación de que se han dado tormentos en la Jefatura de Policía de Barcelona.

Y esto es todo lo que hay de tormentos y esto es todo lo que hay en el fondo de la cuestión. Nosotros creemos haber cumplido con nuestro deber. Hemos deplorado que se hayan producido víctimas; no todo nuestro sentimiento puede ir a las víctimas causadas en las filas de la rebelión; es justo y es honrado rendir un recuerdo a los que han caído al servicio del Estado (éstos son los que lo merecen) y no agraviar su memoria con injurias ni con desdenes. Han perecido en el cumplimiento de su deber, ocasión que no le es dada siempre a todos (Muy bien.), y nosotros deploramos que se haya vertido sangre. Es una fantasía ridícula, cuando no fuese innoble, hablar de que el Gobierno tenía organizada una represión. El Gobierno no tenía que organizar nada, y vuelvo a insistir en lo de antes, en el empleo desatinado de vocablos que tienen una significación impuesta por la costumbre o por el uso en política y que suscitan en el entendimiento de las gentes imágenes y representaciones totalmente falsas. En España se ha venido llamando represión a un sistema policíaco, montado por los Gobiernos después de un suceso o transgresión del orden público, en que, a diestro y siniestro, con razón o sin ella, se ha sentado la mano bárbaramente sobre los más o menos complicados en la rebelión que se acababa de dominar. Esto se ha hecho aquí muchas veces, y por eso, después de una alteración del orden público, se decía: «Ahora viene la represión.» Esto no se ha hecho ahora, no hay por qué hacerlo, ni Gobierno alguno de la República tiene necesidad de apelar a semejantes cosas. Ha sofocado la rebeldía allí donde la rebeldía era manifiesta, y al día siguiente el Gobierno no tenía que actuar para nada en relación con esta rebeldía. ¿O es que va a llamar represión, con ese sentido peyorativo que se ha venido dando en España a este sistema de represión, a que los culpables hayan sido entregados a los Tribunales y que los Tribunales sentencien a los culpables o absuelvan a los que consideren inocentes? ¿Es ésta la represión? Entonces si ha habido represión; pero ¿se le puede reprochar al Gobierno que haya hecho algún movimiento ofensivo contra los que han caído en manos de la justicia? No sólo no lo ha hecho, sino que ha aplicado sanciones a los que, llevados de su cólera en un primer momento, han podido agredir a los prisioneros. En Bilbao, un guardia de Asalto dió una bofetada a un prisionero, y ese guardia ha sido expulsado de su Cuerpo. No podíamos hacer más. (El Sr. Jiménez y García de la Serrana: Pue eso no se dice.- El Sr. Guerra del Río: Eso está bien.- Rumores.) Pues si eso está bien, ¿por qué no se dice? ¿Por qué no se toma en cuenta para componer la exacta y cabal figura de la política del Gobierno, en vez de decir a los periódicos, Sr. Guerra del Río, que han sido fusilados ocho hombres contra una pared y que eso lo ha dicho un alcalde que no lo ha dicho? ¿Por qué se dice esto y no se rectifica noblemente una información que se lanza a la ligera a la faz del país? (El Sr. Guerra del Río pide la palabra.)

Señores diputados, se ha presentado una proposición de censura al Gobierno; las Cortes verán lo que hacen con la proposición. El Gobierno no insiste en lo que ha dicho: le urge que inmediatamente y ganando tiempo se explane la interpelación sobre su política general, de la que sólo es una parte toda esta historia del orden público. Nosotros no queremos que por ninguna táctica parlamentaria subsista esta situación interina de discusión pendiente sobre el Gobierno y su conducta. No; que se nos discuta ahora mismo, ahora mismo, y que digáis todo lo que tengáis que decir de la política general del Gobierno. Si el Gobierno está pereciendo, que perezca esta misma tarde. (Varios Sres. Diputados: Ahora mismo.)

Cabalmente, Sres. Diputados, nosotros nos encontramos ahora en una situación de diafanidad, de holgura, de respiro como nunca nos hemos encontrado desde que el Gobierno se formó, más aún, desde el 14 de octubre de 1931, porque acontece, felizmente, que tras un año largo de trabajo, dando al país la lección de trabajar con el Parlamento, bien necesaria, útil y fecunda, no por todos comprendida ni agradecida, después de dar esta lección de implantar por el ejemplo, en la práctica, un régimen parlamentario, puro, hemos adelantado en la obra de constituir la República hasta un punto que en 14 de octubre del 31 parecía más lejano de lo que hoy es; pero en todo este tiempo el Gobierno ha estado siempre acosado y acuciado por necesidades del instante y por plazos fatales, no para él, sino para la República, para la legislación general y prara la constitución de la República, y hemos tenido que estar en el banco azul gastando la virtud de que yo me creía menos dotado, que era la de paciencia, paciencia por el deber, naturalmente. ¿Por qué? Porque unas veces teníamos entre manos la ley Agraria y había a todo trance que dar al país la satisfacción de cumplir una de las promesas de la República y votar la ley Agraria; otras veces era el Presupuesto del año 32, que había que votar antes del 31 de marzo; otras veces era el Presupuesto para 1933, que había que votar antes del 31 de diciembre, y siempre con algún problema pendiente de cuya solución inmediata pendían intereses mucho más amplios que el interés del Gobierno y que su propia permanencia ministerial, y el Gobierno tenía que hacer el sacrificio de guardar una actitud que quizá no correspondía ni a sus derechos ni a sus propios sentimientos personales. Pero ahora las cosas han cambiado: ya no tenemos delante ninguna fecha fatal; la de 31 de diciembre de 1933, para la cual tendréis que tener aprobado el Presupuesto; pero hasta entonces, ninguna fecha fatal. Tenemos aquí las leyes complementarias de la Constitución: la de Congregaciones religiosas y la del Tribunal de Garantías Constitucionales; las votaréis cuando queráis, con la rapidez que queráis, pero nosotros no estamos ya en la situación de casi prisioneros del banco azul en que hemos estado durante todo el año 32, sometidos a la necesidad de una obra urgente, casi simpre con plazos o por lo menos con una apetencia en el país que no permitía complicarla con problemas de orden político no ministerial. Estamos, pues, todos en franquía, y cuando se me hace una apelación al sentimiento de mi responsabilidad o una apelación a que nos atengamos a estas o a las otras consecuencias, yo ahora tengo derecho a decir lo mismo a los demás: que cada cual se atenga a su responsabilidad y a las consecuencias de sus propios actos. Jamás me ha entrado a mí en la mente la idea ni el propósito, ni en la vida pública ni en la vida privada, de darle un consejo a nadie; es una ocupación en que jamás he caído. Tengo, por consiguiente, el derecho de que se me trate por igual y que nadie me venga a mí ahora a dar consejos sobre lo que tiene que hacer el Gobierno o sobre lo que tiene que dejar de hacer. (Muy bien. Grandes aplausos en la mayoría.- Rumores y protestas en las minorías.) Cada cual afrontará su responsabilidad.

El camino está expedito, Sres. Diputados. Nosotros no tenemos más interés que el de cumplir hasta el final con nuestra obligación; nada más que ése; pero si no se nos permite cumplirla, la responsabilidad no será nuestra y tendremos toda libertad de movimientos en el hoy y en el mañana para ajustar nuestra conducta a nuestras propias convicciones personales. (Aplausos prolongados en la mayoría.)

(Diario de Sesiones, 2 de febrero de 1933.)

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