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«El Debate» comenta el triunfo derechista en las elecciones a diputados. «El voto del domingo se ha emitido, ante todo y sobre todo, contra la política sectaria de los gobiernos de estos dos años últimos»

El Debate, 21 de noviembre de 1933

Elecciones ejemplares las de anteayer. Por el número de votantes, porque la enorme masa se ha movilizado para votar ideas y no personas, por la libertad con que, en general, se ha votado. El pueblo español puede sentirse legítimamente orgulloso.

Esa es España

Las consecuencias de la elección desarrollada, por esos términos y modos, se traduce en que de las urnas ha salido un resumen de lo que España es. No conocemos en el momento de escribir los datos exactos, definitivos, de la jornada. Bastan los ya seguros. Ellos arrojan unos ciento veinticinco diputados para la derecha; unos cincuenta para los socialistas; una cantidad igual para los republicanos radicales, y pequeñas cifras para otros grupos del izquierdismo. Y nadie puede dudar de que España se parece mucho al conjunto de esos sumandos: una gran mayoría católica, una fuerza no despreciable afecta al socialismo, siquiera sea debida principalmente a las organizaciones de carácter sindical, una minoría de hombres de izquierda, restos del viejo anticlericalismo del siglo XIX, movidos por la masonería. Porque no hay que olvidar que han de computarse justamente como católicos muchos de los votos emitidos en favor de candidaturas que no son estrictamente de derecha. A lo que aquí designamos con el nombre de derecha hay que agregar, en este orden, a los republicanos conservadores y a los progresistas, a bastantes de los que han votado al partido radical, y aun nos atrevemos a decir que a no pocos de los que, guiados solamente por un interés de clase, entregan sus sufragios al socialismo.

Si atendemos a las proclamas, a los discursos, a toda la agitación espiritual que ha precedido a las elecciones, el voto del domingo se ha emitido, ante todo y sobre todo, contra la política sectaria de los Gobiernos de estos dos años últimos. En segundo término, ha significado la repulsa contra la política socialista que ha dañado, en las reformas llevadas a efecto, legítimos derechos de la propiedad y del trabajo nacional. Y, por último, hay que ver en él la protesta contra la arbitrariedad, la crueldad y el despotismo con que en el ya aludido período se ha fomentado el desgobierno. Esa es, y no otra alguna, la significación de las elecciones. E importa mucho que se vea claro desde las alturas cuál es la palabra que España ha pronunciado el domingo, para no olvidarla y para no confundirse.

La situación política

Comprendemos que esto determina una situación política delicada. El pueblo acaba de votar contra determinados artículos de la Constitución, contra algunas leyes constitucionales, contra muchas prácticas y actos de Gobierno, contra la tendencia manifestada desde el Poder en el último bienio. En algunas materias puede significar este voto una desviación, una rectificación; pero en otras, quiere decir sencillamente una marcha atrás, una invitación, rotunda y clara, a desandar lo andado. Y es indudable que esa gran fuerza, al manifestarse así, les quita ambiente a los que han gobernado hasta ahora y no robustece en nada su posición política. Su estabilidad, por ello, sufre y flaquea. Mas, a pesar de lo que decimos, hecho que no hay más remedio que reconocer si serenamente se considera la situación, no creemos que de momento se haya creado ningún problema político grave, ni que exista peligro alguno que amenace la tranquilidad pública.

No ignoramos que por la izquierda acechan y maniobran quienes pretenden aprovechar la interinidad del Gobierno, y desearían llevar a la calle el pleito que acaban de perder en las urnas. Pero el Gobierno debe estar completamente tranquilo, y puede estarlo si sigue cumpliendo como hasta ahora su misión de guardar el orden público. La paz y el orden están, en realidad, garantizados. Creemos que al Gobierno le basta con las fuerzas específicamente destinadas a mantener la seguridad. Pero si, lo que no esperamos, en algún momento necesitase el concurso moral de la Nación entera para reprimir con energía cualquier conato de alteración de la paz pública, no vacilamos en decir que este concurso le sería prestado.

No creemos, en consecuencia, que hoy por hoy exista problema alguno en lo que se refiere al orden material. Mantenido éste, no le queda al Gobierno otro papel que concluir de llevar a cumplido término la misión para que advino. Y esta misión, a nuestro juicio, no concluye hasta la definitiva constitución del nuevo Parlamento. Antes, de ningún modo. Y es deber de los gobernantes actuales permanecer firmemente en su puesto hasta llenar su tarea, y deber de todos facilitarles el camino.

La solución futura

Una vez el Parlamento constituido, se planteará indudablemente una crisis política de solución nada fácil. Todo augurio podría resultar tan prematuro, tan temprano, que habría de caer forzosamente en la temeridad. Entre otras razones, porque en este instante aún no poseemos la clasificación oficial completa, exacta, de los distintos grupos parlamentarios. Más aún. Esa clasificación no será conocida con la exactitud indispensable para resolver hasta que dentro del Parlamento mismo no se polaricen los sectores y se advierta su agrupación definitiva. Ese día podrá plantearse razonadamente la cuestión de confianza, y ese día tendrá el Presidente de la República suficientes elementos de juicio para decidir.

Sin desconocer que el trance es arduo, nosotros confiamos en la prudencia, en el patriotismo y hasta en la conveniencia de todos y creemos que se llegará a la constitución de un Gobierno de Centro, con la colaboración de algunos elementos de carácter antimarxista. Pero esto no nos compete. ya se entiende, para quien conozca la firmeza inquebrantable de nuestra posición, que en lo que a nosotros concierne, hemos de guardar fidelidad absoluta a la actitud que adoptamos el 14 de abril de 1931. Sin embargo, esto no es óbice para que ya nos sea lícito manifestar lo que desde el primer minuto tendría que ser la política de ese Gobierno que se constituyese. Y es claro que en ella tendría que figurar la derogación rápida o la instantánea suspensión de algunas leyes, con lo cual se diese la sensación a España de que se empieza a desandar el camino que hay que desandar.

Es evidente que ya en el nuevo Parlamento gozará de gran influencia, en algunos casos de influencia decisiva, aquella fuerza que es, sin disputa, la más considerable de la derecha y que desde el primer momento levantó bandera por la Religión, la Patria, la familia, el orden, la propiedad y el trabajo, fuerza que ha sido tan inteligentemente dirigida, con un sentido y un criterio políticos propios de hombres ya maduros. Componen esta fuerza elementos jóvenes a quienes aguarda un rápido y brillante porvenir. Antes de mucho tendrá que ir a sus manos el gobierno de la Nación. Esa fuerza es hoy, sin disputa, la más importante de todas las fuerzas políticas del país; dentro y fuera de España se la señala como la poseedora del secreto del futuro político nacional. Rápido y triunfal ha sido el camino para ella en estos dos años, y el suceso nos muestra lo que puede llegar a ser en breve tiempo. En cuestión de meses, puede completar los cuadros de sus hombres, preparar sus elementos de Gobierno, precisar bien su programa, ensanchar todavía sus masas para disponerse a recibir las riendas de la gobernación del Estado, en la cual debe estar influyendo desde hoy mismo.

Tenemos motivos de hondísima satisfacción. La jornada de ayer nos anuncia un acontecimiento histórico: la próxima llegada del día en el cual un Gobierno genuinamente español, fiel a las más puras tradiciones patrias, formado por hombres jóvenes, cultos, muy de su tiempo, que pueda tener en sus manos el Poder sostenido por la incondicional adhesión de los buenos españoles. De esos españoles que han recibido en las urnas una lección que les conviene no olvidar: que son los más, que tienen jefes dignos en los que depositar su confianza y la firme convicción de que lograrán hasta la última de sus reivindicaciones sin salirse de los procedimientos, no para servir al bien común, sino a pequeños intereses de partido.

Y como final de estas consideraciones, levantemos el corazón en alto y expresemos nuestra gratitud a la sapientísima Providencia de Dios, que guía y conduce a los pueblos y busca su bien, aun en aquellos instantes en que más parece que los castiga y los aflige.

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