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Gil Robles explica su apoyo al Gobierno de Lerroux. Indalecio Prieto reprocha a los radicales la traición a sus ideales laicos para unirse a las derechas

Diario de Sesiones, 19 de diciembre de 1933

El Sr. Presidente: El Sr. Gil Robles tiene la palabra.

El Sr. Gil Robles: Señores Diputados, aunque quizá en una marcha normal de la discusión parlamentaria correspondiera a otros grupos iniciar el debate político, el hecho de levantarme a hablar en nombre de la fracción numéricamente más importante de la Cámara me da cierto derecho de prioridad, que, de todas suertes, yo puse desde el primer momento a disposición de la Cámara.

Quizá con ratificar en el momento presente la nota que en nombre de esta minoría dicté a la Prensa al salir de evacuar la consulta con el jefe del Estado, diera por definida plenamente nuestra posición. No estará de más, sin embargo, algún mayor esclarecimiento, que, por mi parte, procuraré sea todo lo breve posible.

Sin pretender ahondar demasiado en el pasado político, sí creo preciso hacer alguna indicación respecto al instante en que nuestro grupo surgió como tal en la vida política española. Se había hundido la monarquía, más que por el empuje revolucionario, por abandono y por apatía de sus propios elementos; más que por los ataques de sus enemigos, porque le faltaron todas aquellas asistencias de instituciones que deben, en todo momento, prestar ayuda al Trono.

Con el derrumbamiento de la monarquía vino fatalmente el desmoronamiento de todas las organizaciones políticas de derecha, que durante tantos años habían arrastrado una vida meramente artificial. Y fué en aquel momento cuando nosotros surgimos a la vida pública como una agrupación que, en el orden colectivo, no tenía el menor contacto con el pasado; como una organización que, inhibiéndose en el problema de la forma de gobierno, se aprestaba a la defensa de principios fundamentales que reputaba, y con mucha razón, seriamente amenazados. Desde el primer instante -permitid que lo diga sin jactancia, pero sí con satisfacción- nuestra actitud fué digna y plenamente ciudadana.

No habíamos tenido parte alguna en el advenimiento del régimen. Sinceramente hay que reconocer que lo habíamos visto venir con dolor y con temor. Pero, una vez establecido como una situación de hecho, nuestra posición no podía ser más que una: acatamiento leal al Poder público, no sólo no creándole dificultad alguna, sino, por el contrario, dándole todas las facilidades que fueran precisas para que cumpliera su misión fundamental. (El Sr. Albiñana: ¿Y por qué no se dijo eso en las propagandas electorales? - Rumores.)

Convendría, a mi juicio, que el Sr. Albiñana frenara sus entusiasmos y los guardase para ocasión más oportuna y, sobre todo -no por lo que a él se refiere, sino por lo que puede referirse a grupos que con él coincidieran-, creo que a todos nos interesa no ahondar demasiado en el pasado, porque quizá las lecciones no vinieran en contra del grupo que represento. (Muy bien.-Aplausos en la minoría.)

Decía, señores, que nosotros habíamos dado las facilidades precisas al Poder público para que realizara su finalidad primordial, que es la de servir la realización de los grandes fines colectivos, que es la de procurar la consecución del bien común. No se nos podía pedir, no teníais derecho, señores, a pedirnos una identificación con el régimen, una de seas adhesiones entusiastas que en tan gran número llegaron hasta vosotros en los primeros momentos. Quizás no os hiciera falta; en vuestro campo propio teníais abundancia de elementos convencidos, ante los cuales yo me inclino respetuosamente.

Tampoco os faltaban esas adhesiones en montón de los que fácilmente se suman a las filas de los vencedores. Acaso nosotros hubiéramos podido también sin dificultad alcanzar un puesto en ese escalafón de antigüedad republicana hacia el cual muchos se lanzaron en carrera desenfrenada. Nos hubiera sido quizá muy fácil; pero para ello habríamos tenido previamente que desembarazarnos del peso de nuestra propia dignidad. Eso no podíais pedirlo. Lo que podíais pedir y aun exigir de nosotros era que acatáramos el Poder, que para nosotros, como católicos, viene de Dios, sean cualesquiera las manos en que encarne; teníais derecho a exigirnos una lealtad acrisolada hacia un régimen cuya legitimidad no teníamos ni siquiera que investigar, porque era el que el pueblo español por sí mismo había querido. Esto era lo que nosotros podíamos y debíamos prestar, y lo hicimos desde el primer momento, aun cuando fuera necesario dejar sentimientos muy hondos y muy acrisolados, aunque en nuestras filas hubiera muchos hombres que se vieran en la precisión de retorcer su propio corazón, aunque tuviéramos que hacer frente a los ataques insidiosos de un lado y de otro, que también de nuestro campo llegaron los zarpazos de la impopularidad y hasta los mordiscos de la insidia. Pero esto nos tenía perfectamente sin cuidado, porque al adoptar esa actitud pretendíamos, y lo logramos, servir nuestros ideales; era para nosotros un tributo a nuestra propia conciencia y para vosotros una garantía de tranquilidad, porque cuanto más duro sea el sacrificio, más acrisolada es la lealtad, y cuanto más violenta sea la hucha de que se salga triunfante, más firme y más sereno es el convencimiento. (Muy bien.) En esta actitud comenzamos a actuar, sin que un instante siquiera vacilara nuestro ánimo, y en ella continuamos aun en ocasiones en que acontecimientos dolorosísimos parecía que nos empujaban hacia otro camino distinto.

Y llegamos a las elecciones de Diputados de las Cortes Constituyentes. No voy a hacer aquí ni siquiera una síntesis de la forma en que aquellas elecciones se celebraron; fué en un ambiente de pasión y de violencia en el cual resultó prácticamente imposible que las derechas lucharan. Derrotadas en casi todas las circunscripciones, sólo un puñado de Diputados pudo llegar a estos escaños, y a pesar de las condiciones en que habíamos tenido que luchar, aún vinimos aquí, señores Diputados, con un noble afán de colaboración. Todavía abrigábamos un resto de esperanza de que vosotros quisierais construir un Estado para todos. Una nación donde todos cupiéramos. Vinimos aquí, repito, a colaborar, que la colaboración -bien lo sabéis- no se presta solamente con una adhesión servil al triunfador, sino que se presta muchas veces con mayor eficacia, y desde luego con mucha más dignidad, cuando se hace por medio de una oposición razonada y de una crítica serena.

A eso vinimos a las Cortes Constituyentes; pero pronto nos desengañamos, pues hubimos de ver que no se quería hacer una Patria para todos; se buscaba, si era posible, el aplastamiento de las fuerzas de derecha, colocarnos fuera del ámbito legal, perseguirnos constantemente. Quizá con la esperanza de que, hiriéndonos en los sentimientos más queridos de nuestra alma y lesionando al mismo tiempo legítimos intereses, nos lanzáramos a la desesperación y nos pusiéramos fuera de la ley, donde hubiera sido muy fácil aplastarnos. Pero nosotros no quisimos prestarnos a esa maniobra; nosotros, como grupo político, no quisimos hacer el juego a los que por ese camino deseaban lanzarnos, y nos colocamos firmemente en el ámbito legal, porque teníamos la seguridad de que, situándonos en ese terreno, bien pronto los que nos perseguían habían de colocarse ellos mismos fuera de la ley. Lo que hicimos desde el primer momento fué aceptar la desgracia con ánimo sereno, extraer de la revolución todo su significado expiatorio, rectificar los errores que en la política de derechas se habían cometido, y mientras nuestros enemigos daban la sensación de que, al llegar al Poder, no tenían ideas constructivas, sino que únicamente lo habían escalado para, desde él, verter sobre la Nación toda la copa rebosante de sus amarguras y rencores, nosotros fuimos al pueblo a procurar conquistarlo, a rectificar nuestros errores -como antes decía-, a coger toda esa opinión que se iba apartando de la política de las Constituyentes, porque esa política estaba inspirada no en el sentido constructivo y patriótico que todos esperábamos, sino en un sentido de destrucción que acabó con cuantos valores morales y espirituales había en España. (Aplausos.)

Que el apartamiento de la opinión se iba produciendo, respecto de las Cortes Constituyentes, ¿cómo lo vamos a negar? ¡Cuántas veces, señores. en estos mismos escaños, nos hemos levantado para poner de manifiesto el divorcio entre vuestra política y nuestras masas! ¡Cuántas veces nos hemos levantado aquí para anunciar lo que hoy es una realidad, levantándonos a hacerlo entre las sonrisas despectivas de los que detentaban el Poder y en medio de los improperios de la mayoría que secundaba sus órdenes! Fué preciso que vinieran los hechos a dar la razón a nuestro punto de vista, y así, primero, en las elecciones municipales del 23 de abril, España dijo claramente la modificación política que anhelaba. De nada sirvió la enseñanza, y vinieron las elecciones del 3 de septiembre, las cuales no fueron más que un presagio de lo que había de ser el resultado de estas generales. ¡Tres elecciones, señores, en el término de tres meses! ¡Tres consultas al Cuerpo electoral, en las que éste se produce de la misma manera!

Después de esa unanimidad de criterio, ya puede venir el coro de despechados a decir que esta Cámara no es la representación de la voluntad nacional (Muy bien.) Incluso hasta por una cierta elegancia espiritual habrá que permitir esos desahogos pueriles, con los cuales se quiere cohonestar la derrota más espantosa que ha conocido la historia política de España. (Aplausos.) ¿Y cuál es, señores, la significación de esta victoria que ha fortalecido las organizaciones políticas del centro y de la derecha? La forma en que estas elecciones se han celebrado; la extraordinaria variedad de coaliciones electorales, en las cuales nosotros, unas veces, hemos ido con fuerzas afines y un programa común, al cual continuamos siendo absolutamente fieles, y otras, con fuerzas respecto de las cuales no teníamos más que el denominador común de una significación antimarxista; las diversas coaliciones, repito, de los que hemos ido a la lucha electoral no me permiten honradamente compartir la significación de la victoria que le atribuyen algunos grupos de derecha. ¿Contra qué ha votado la opinión nacional? ¿Contra el régimen o contra su política? Para mí, honradamente, señores, hoy por hoy, el pueblo español ha votado contra la política de las Constituyentes. (Aprobación.) Ahora bien; si vosotros, señores, que tenéis en Vuestras manos la gobernación del Estado; si vosotros, señores que militáis en la oposición, os empeñáis en identificar como hasta ahora la política seguida y el régimen; si vosotros queréis hacer ver al pueblo español que socialismo, sectarismo y República son cosas consustanciales, ¡ah!, entonces tened la seguridad de que el pueblo votará contra la política y contra el régimen, y que en esa hipótesis no seremos nosotros los que nos opongamos al avance avasallador de la opinión española. (Muy bien. Aplausos.)

El pueblo, señores, nos pedía una rectificación de política. ¿Qué es lo que nosotros teníamos que hacer? Por lo que respecto al grupo en cuyo nombre hablo, esta fuerza, que con un programa perfectamente definido fué a las elecciones, ¿había de ser un factor de evolución de la política española o, por el contrario, un elemento de perturbación de la misma? ¿Había de consistir nuestra tarea en dar paz y tranquilidad a España o, por el contrario, había de ser nuestro ideal hacer imposible la vida de los Gobiernos? Para nosotros no había duda alguna ni surgió por un solo instante en nuestro ánimo: nuestra obligación es dar a España días de paz y de tranquilidad y hacer posible una rectificación de la política hasta aquí seguida. También para ello se presentaban dos caminos a nuestra elección: o gobernar las derechas o facilitar la formación de Gobierno del tipo del que se sienta en el banco azul.

Aun antes de la segunda vuelta de las elecciones, y para calmar legítimas impaciencias de nuestras masas, yo me apresuré a decir que éste no era el momento de una política de derechas, y no por motivos que quizá la malevolencia de algunos pudiera apuntar como causa de nuestras determinaciones. ¿Nosotros entendíamos que no era el momento de una política de derechas acaso por una posición habilidosa que nos llevaba a no desgastarnos y a esperar que otros lo hicieran, aguardando el momento propicio de nuestro triunfo? Si ese desgaste tuviera que haberse producido en nuestras filas para sacar a España del atolladero en que está, todos y cada uno de nosotros hubiéramos afrontado muy serenos el sacrificio, en la seguridad de que jamás pudiéramos prestar mejor servicio a España. ¿Sería acaso porque nosotros no tenemos un programa político? En nuestros programas hay fórmulas para los problemas que España tiene planteados; pero, en último caso, con haber hecho lo contrario que las Cortes Constituyentes, teníamos formulado el mejor programa que habría deseado el Cuerpo electoral. (Aplausos.) ¿Sería acaso por miedo a la responsabilidad del Poder? Muy grande, es para todo ánimo solvente, pero para mí, de todas las responsabilidades, la peor es la de la cobardía y la deserción. Antes que ésa, cualquiera; antes que ésa, mis compañeros y yo habríamos afrontado cualquier orden de responsabilidades.

No, no es por ninguno de esos motivos; es por miedo a nosotros mismos, porque creemos que nuestro espíritu no se halla aún preparado para llegar a las alturas del Poder. Está, Sres. Diputados, todavía muy cerca la persecución, están todavía muy frescas las heridas que hemos sufrido en la lucha, y para mí el peligro mayor está en que las derechas llegaran al Poder sin que se hubiera serenado la tempestad de nuestras almas, sin que hubiéramos tenido tiempo para que desapareciera completamente de nuestro corazón cualquier deseo de revancha o de venganza. (Grandes aplausos.) Porque nosotros, señores, aunque alguien no lo crea, venimos a la política con deseo de hacer una obra para todos, una obra nacional, y querríamos que para entonces hubiera desaparecido de nuestra alma el rencor, con objeto de poder llamarlos a todos, por que para la obra santa que necesita España no nos importaría acudir a los que han sido nuestros verdugos; consideramos mucho más glorioso haber sido la víctima de una persecución, que no el verdugo cuando nos hubiera llegado a nosotros el turno. (Prolongados aplausos.)

No, no es ese el camino que queremos seguir, y porque sabíamos que no era nuestro momento, desde el primer instante dijimos que nuestra misión se reduciría a facilitar la formación de un Gobierno que evitara en la política española esos bruscos movimientos pendulares que no permiten la estabilidad de ningún sistema político. Nosotros queríamos evitar esos saltos bruscos en los cuales alguna vez ha de padecer, quizá de un modo irremediable, la suerte de España; nosotros pretendíamos que viniera otra situación política a liquidar, acaso con menos dolor, muchos de los errores que la opinión pública ha señalado. Por eso facilitamos la formación de ese Gobierno. ¿Con pactos inconfesables? ¿Con, contubernios secretos? De ninguna manera. Ante la opinión pública en pleno Parlamento, en la forma que voy a decir con la mayor brevedad.

Nosotros, frente a un Gobierno minoritario y teniendo una masa que puede influir decisivamente en los destinos de su política, no sentimos la tentación de pretender imponerle un programa político. Ni él dignamente lo aceptaría, ni nosotros discretamente podríamos pedírselo. No; nosotros, lo que podemos, lo que debemos hacer es pedirle al Gobierno que recoja el resultado de las elecciones, que vea cuál ha sido la voluntad del cuerpo electoral y que la lleve a la práctica en la legislación y en la administración. Porque en una democracia, el resultado de la voluntad del pueblo obliga lo mismo a los que están en el banco azul que a los que se encuentran en los escaños de la oposición. Obligación suya es llevarlo a la práctica; obligación nuestra es velar por que eso no sea defraudado. Y esto clara y noblemente, sin regateos de momento, con la amplitud con que el Gobierno necesite hacerlo, porque de otro modo el Gobierno no podría vivir con dignidad, y la dignidad del Gobierno es algo que le interesa tanto a él como a nosotros mismos. (Muy bien. Muy bien.)

Pero ¿cómo es como nosotros interpretamos el resultado de las elecciones? Yo tengo que celebrar, Sres. Diputados, que en las cuartillas que ha leído el Sr. Presidente del Consejo se encuentran muchos reflejos de nuestro propio pensamiento. Es que el Gobierno ha tenido la misma sensibilidad y ha percibido cuáles son los puntos que el pueblo español pide que se rectifiquen en la política. Variaremos en cuanto al matiz; en cuanto a la intensidad y en cuanto al orden de prelación, quizá; pero la coincidencia en lo fundamental yo quiero destacarla, y mucho sentiría que el día de mañana pudiera venir de esos bancos una rectificación que nosotros no apetecemos.

Ante todo y sobre todo, nosotros, como católicos, solicitamos lo que hasta ahora no hemos obtenido: el respeto a nuestras creencias, el reconocimiento de la personalidad de la Iglesia. Por eso le pedimos al Gobierno, como una necesidad de la conciencia nacional, que llegue lo más pronto que pueda a un Convenio, a un Concordato con la Santa Sede. Nosotros pedimos, por lo pronto y desde este momento, una rectificación en la legislación sectaria que ha lastimado tan profundamente nuestras creencias, y de un modo particular en todo lo que se refiere a la enseñanza, que es para nosotros una cuestión vital, en la que no podremos de ningún modo retroceder.

Hablaba el Sr. Presidente del Consejo de que la clemencia había llegado al Consejo de Ministros y en determinada ocasión se había traducido en una voluntad de realización, pero que en los momentos actuales, necesidades de gobierno le obligan a una demora en la aplicación de esa medida. Nosotros, que ante todo y sobre todo queremos el restablecimiento del principio de autoridad; nosotros, que dejamos gustosos en manos del Gobierno todo lo que se refiere al mantenimiento del orden social, no vamos a atravesarnos en su camino con premuras o con acuciamientos que pudieran resultar indiscretos. Nos basta con que exista esa voluntad, y hemos de decirle en estos momentos: la amnistía cuanto antes; la amnistía, lo más pronto posible, sin que se demore un día más allá de las necesidades estrictas de gobierno, y que alcance a los que fueron condenados por los Tribunales y también a todos aquellos que han sido objeto de sanciones gubernativas sin que pudiera dibujarse la figura de un delito.

Quizá mejor sería que al llegar a este punto no habláramos de amnistía, sino de una revisión de tantos y tantos atropellos como se han cometido contra la Constitución y hasta contra las mismas leyes que presiden la convivencia en los pueblos cultos. La revisión de las sanciones que se han impuesto a los funcionarios, la revisión de los expedientes de expropiación, que implican una confiscación, contraria a la ley fundamental del Estado, será algo que el Gobierno tendrá muy presente, porque resulta indispensable para una pacificación espiritual que le interesa tanto a él como a nosotros. (Muy bien, muy bien.)

No responderíamos, señores, a nuestra significación y al espíritu con el cual luchamos en las elecciones si no pidiéramos al Gobierno, coincidiendo con lo que él ha expresado en las cuartillas a que antes me refería, una atención especial para los problemas del campo. Hay, señor Presidente del Consejo de Ministros, una serie de medidas legislativas que es absolutamente necesario rectificar cuanto antes. Es necesario derogar la ley de Términos municipales; es absolutamente preciso garantizar la libertad de trabajo y de sindicación; es absolutamente indispensable concluir con las medidas que han arruinado a la agricultura, del tipo de las leyes de laboreo forzoso y de cultivo intensivo, que no se han aplicado para rectificar la conducta antipatriótica de algunos propietarios, sino para imponer sanciones a los que no se doblegaban a ciertas medidas caciquiles que antes estaban en los organismos políticos, pero que hoy han pasado a los organismos societarios. (Muy bien.)

Conformes, Sr. Presidente del Consejo, en que es necesario llevar a la práctica una Reforma agraria, pero rectificando sustancialmente la orientación de la actual, porque es absolutamente preciso, desde nuestro punto de vista, no ya sólo concluir con su desmesurada extensión teórica, que no ha servido más que para desvalorizar en España la propiedad rústica, sino hacer que desaparezca el concepto socializante del asentado, para dar lugar al concepto cristiano del pequeño propietario vinculado constantemente a la defensa de su propiedad. (Muy bien. Aplausos.)

Es preciso, Sr. Presidente del Consejo, que se rectifique la política de los Jurados mixtos, no porque nosotros los repudiemos en cuanto ellos pudieran constituir un instrumento de paz y de concordia entre las clases sociales, sino porque son un instrumento de lucha de clases puesto al servicio de determinadas organizaciones societarias. Eso tiene que concluir, porque hoy los Jurados mixtos, en lugar de instrumentos de paz, son los más eficaces instrumentos de perturbación de la economía nacional. (Muy bien.)

Yo quisiera aprovechar este momento para salir al paso de las fáciles criticas que, quizá desde aquellos bancos (Señalando a las de la minoría socialista.), se nos dirijan en algún momento, queriendo esgrimir el viejo tópico de que nosotros venimos aquí contra las conquistas legítimas del proletariado. No voy a sincerarme, pero sí a hacer una manifestación categórica: para todo lo que sea justicia social, por muy avanzadas que sean vuestras pretensiones, aquí encontraréis los votos que sean precisos; es más, nos adelantaremos siempre que creamos que es de justicia adelantarnos. (Muy bien.) Porque yo os puedo decir que esta organización de derechas, que si alguna característica tiene es su hondo y su extenso contenido social, antes querría desaparecer de la vida pública, antes renunciaría a sus puestos, antes rasgaría sus actas, que consentir que sus votos en el Congreso sirvieran para perpetuar injusticias sociales contra las cuales vosotros habéis levantado vuestra voz, pero contra las cuales también la hemos levantado nosotros, aunque hayamos tropezado con la ingratitud y la incomprensión de los mismos que nos pudieran dar los votos. (Muy bien. - Aplausos.)

Y en prueba de ello, yo le voy a dirigir un ruego al Sr. Presidente del Consejo de Ministros. Aunque implícitamente está contenido en la declaración ministerial, y o le pediría que a todo trance presentara lo más pronto posible a las Cortes un proyecto de ley para concluir con el paro forzoso o, por lo menos, para aliviarlo en la mayor medida posible (Muy bien, muy bien.). Hasta ahora, los remedios demasiado empíricos al paro forzoso han estado gravitando sobre una sola clase social, v eso constituye una injusticia contra la cual nuestra voz se levanta en el Parlamento; pero el que la carga del paro forzoso recaiga sobre toda la sociedad es una necesidad absoluta, en nombre de la cual nosotros levantamos nuestra voz con el mayor entusiasmo.

Una sociedad que se llama civilizada, una sociedad que se llama cristiana, no puede ver con indiferencia que; según las estadísticas, haya en España 650.000 hombres que no tienen que comer. (Muy bien.) Para remediarlo, lo que sea necesario: seguros sociales, obras públicas, trabajos extraordinarios; lo que sea preciso, Sr. Presidente. ¿Dineros? A buscarlo donde lo haya, con reformas fiscales todo lo avanzadas que sean menester, porque con el hambre de los hombres, de una vez hay que acabar. (Grandes aplausos.)

Para realizar esa obra y todo lo demás que el Gobierno crea preciso con arreglo a sus planes y que no vaya contra nuestras convicciones, nuestros votos en la medida que los desee, con plena dignidad por nuestra parte y por la suya, sin regateos de ninguna especie. Nos bastará ver su buena voluntad para llevarla a cabo; desde ese instante, para esa obra nacional nos tendrá a su disposición, y si ese Gobierno fracasara en su empresa -y no quiero debilitar su posición con pronósticos que serían inoportunos-, nosotros estaríamos dispuestos a facilitar la formación de Gobierno de composición análoga, de tipo centro, porque tenemos la aspiración de demostrar al pueblo que no tenemos ambición de ninguna especie; que no tenemos deseos de mando; que no tenemos prisa de ningún género; que queremos que se agoten todas las soluciones, para que después la experiencia diga al pueblo español que no hay más que una solución, y una solución netamente de derechas. (Muy bien.) Cuando ese momento llegue, cuando ese instante venga, nosotros no vacilaremos en decir que recabamos las responsabilidades del Poder, porque hasta ahora, señor Presidente, lo que he enunciado en nombre de esta minoría no es un programa total; es un índice mínimo, que entendemos que el Gobierno debe llevar a cabo porque lo exige la opinión pública como denominador común de todas las fuerzas que no militan en la extrema izquierda. Pero llegará un instante en que habrá de realizarse íntegramente nuestro programa, y como entendemos que los programas no se realizan desde la oposición, sino desde el Gobierno, en nombre de ese programa nosotros, cuando el instante llegue, sin prisas y sin miedo, recabaremos el honor y la responsabilidad de gobernar para realizar nuestro programa, para cumplir lo que es nuestra finalidad primera: la reforma de la Constitución en la parte dogmática y en la parte orgánica, porque si en la primera hay muchas declaraciones que nosotros no podemos admitir, porque repugnan a nuestra conciencia, porque van contra nuestras creencias, porque van contra nuestro sentido de la política, en la parte orgánica hay algo que tiene que rectificarse por interés de todos los partidos.

Con esta Constitución no se puede gobernar, porque las Cortes Constituyentes, llevadas de un afán ultraparlamentario y ultrademocrático, han hecho un instrumento de gobierno que está plagado de dificultades, y en estos instantes en los cuales en el mundo entero va conquistando adeptos la corriente antidemocrática y antiparlamentaria, empeñarse en mantener una Constitución de este tipo no llevará más que a una solución: una dictadura de izquierda o una dictadura de derecha, que no apetezco para mi patria, porque es la peor de las soluciones en que pudiéramos pensar. (El Sr. Primo de Rivera: De izquierdas o de derechas, es mala solución. Una integral, autoritaria, es una buena solución.) No creo preciso discutir con nadie en estos momentos, y menos con persona a quien estimo tanto como el señor Primo de Rivera, la conveniencia de una dictadura de izquierdas o de derechas, ni tampoco las soluciones venturosas de una dictadura de tipo nacional. Yo sé por dónde S.S. va y he de decir, para que a todos nos sirva de advertencia, que por ese camino marchan muchos españoles y esa idea va conquistando a las generaciones jóvenes; pero yo, con todos los respetos debidos a la idea y a quien la sostiene, tengo que decir con toda sinceridad que no puedo compartir ese ideario, porque para mí un régimen que se basa en un concepto panteísta de divinización del Estado y en la anulación de la personalidad individual, que es contrario incluso a principios religiosos en que se apoya mi política, nunca podrá estar en mi programa, y contra ella levantaré mi voz, aunque sean afines y amigos míos los que lleven en alto esa bandera. (Grandes aplausos en el centro .- El Sr. Muñoz: Ahora no parece S.S. hombre de derecha, señor Gil Robles.)

Volviendo, Sres. Diputados, al punto de donde me apartó esa interrupción afectuosa, que yo celebro, porque ha permitido una aclaración de mi propio pensamiento, he de manifestar que cuando el momento llegue recabaremos el honor y la responsabilidad de gobernar, como antes decía. Para actuar, ¿cómo? Con acatamiento leal al Poder, con absoluta y plena lealtad a un régimen que ha querido el pueblo español y respecto de cuyo extremo no se le ha consultado siquiera en esta contienda electoral. (Aplausos en los bancos del centro .- El señor Fuentes Pila: Y en la otra tampoco, Sr. Gil Robles.) Con plena lealtad, con la seguridad absoluta, que puede dar una posición honradamente mantenida, de que nosotros jamás utilizaríamos los resortes que se pusieran en nuestras manos para ir contra el sistema político que en nuestras manos los pusiera. Eso no puede pasar por vuestro temor, porque ni un instante siquiera puede pasar por nuestra imaginación. Lo que haríamos sería gobernar para realizar ese programa, para ir a la revisión constitucional en aquellos puntos que todos nosotros acordemos y para llevarlo a cabo en la forma que resulte de unas elecciones constituyentes, que, por ministerio de la misma Constitución, habría que convocar.

Colocados en esta posición, nosotros, cuando el instante llegue, tendremos derecho a Gobernar. Ahora he de haceros con toda sinceridad -y no veáis en esto ni conminaciones ni amenazas- una simple advertencia. Si puestos en esa posición, que para nosotros significa, por lo menos en una gran parte, sacrificios que hacemos por nuestras creencias y por nuestra Patria, se nos cerrara el camino del Poder, ¡ah!, entonces nosotros iríamos al pueblo a decirle que no era que nosotros habíamos cerrado el camino a la evolución, sino que erais vosotros los que cerrabais el camino a nuestras reivindicaciones, que nosotros, hombres de derecha, no cabíamos en vuestro sistema político. ¡Ah!, entonces tendríamos que ir a decir al pueblo que nos habíamos equivocado, que era preciso seguir otro camino para conseguir el triunfo de nuestras legítimas reivindicaciones. (Aplausos en el centro.) Pero no voy a abundar en este orden de consideraciones. Nuestra posición queda perfectamente definida. Hoy, apoyo al Gobierno en cuanto rectifique la política de las Cortes Constituyentes: mañana, el Poder íntegramente, con plena libertad, como antes decía. Cuando nos necesitéis para realizar ese programa, nos encontraréis aquí. Hoy, en la oposición, en un apoyo incondicional; mañana, si llega la oportunidad, con las responsabilidades del Gobierno, pero en todo momento con una trayectoria de la que no nos apartarán ni los ataques, ni las críticas, ni la incomprensión, ni siquiera la calumnia. Y tenemos la idea de que servimos a nuestra religión y a nuestra Patria. Ante ese orden de consideraciones, todas las demás, las meramente formales, todas las que pertenecen a un orden humano, no tienen para nosotros valor de ninguna especie. Donde sea, cumpliendo con nuestro deber, cuando nos busquéis, allí nos encontraréis. Nada más. (Grandes aplausos en los bancos del centro.)

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Primo de Rivera.

El Sr. Primo de Rivera: Permitidme, señores Diputados -y sirvan estas primeras palabras de excusa y de saludo-, que tercie en una discusión en la que hoy no esperaba hacerme oír, para poner en claro, con la misma publicidad que ha rodeado a las palabras, siempre tan acertadas y tan hábiles, del Sr. Gil Robles, algo que pudiera parecer una imputación ideológica para una juventud a la que ha aludido y de la que acaso tenga yo algún título para considerarme parte.

El Sr. Gil Robles ha dicho que es mala solución una dictadura de derechas y que es mala solución una dictadura de izquierdas. Pues bien, los miembros de esa juventud de la que formo parte consideramos que no es sólo mala una dictadura de derechas y una dictadura de izquierdas, sino que ya es malo que haya una posición política de derechas y una posición política de izquierdas. El Sr. Gil Robles entiende que el aspirar a un Estado integral, totalitario y autoritario es divinizar al Estado, y yo le diré al Sr. Gil Robles que la divinización del Estado es cabalmente lo contrario de lo que nosotros apetecemos.

Nosotros consideramos que el Estado no justifica en cada momento su conducta, como no la justifica un individuo, ni la justifica una clase, sino en tanto se amolda en cada instante a una norma permanente. Mientras que diviniza al Estado la idea «rousseauniana» de que el Estado, o los portadores de la voluntad que es obligatoria para el Estado, tienen siempre razón; lo que diviniza al Estado es la creencia en que la voluntad del Estado, que una vez manifestaron los reyes absolutos y que ahora manifiestan los sufragios populares, tiene siempre razón. Los reyes absolutos podían equivocarse; el sufragio popular puede equivocarse; porque nunca es la verdad ni es el bien una cosa que se manifieste ni se profese por la voluntad. El bien y la verdad son categorías permanentes de razón, y para saber si se tiene razón, no basta preguntar al rey -cuya voluntad para los partidarios de la soberanía absoluta era siempre justa-, ni basta preguntar al pueblo -cuya voluntad para los «rousseaunianos» es siempre acertada-, sino que hay que ver en cada instante si nuestros actos y nuestros pensamientos están de acuerdo con una aspiración permanente. (Muy bien.)

Por eso es divinizar al Estado lo contrario de lo que nosotros queremos. Nosotros queremos que el Estado sea siempre instrumento al servicio de un destino histórico, al servicio de una misión histórica de unidad; encontramos que el Estado se porta bien si cree en ese total destino histórico, si considera al pueblo como una integridad de aspiraciones, y por eso nosotros no somos partidarios ni de la dictadura de izquierdas ni de la de derechas, ni siquiera de las derechas y de las izquierdas, porque entendemos que un pueblo es eso: una integridad de destino, de esfuerzo, de sacrificio y de lucha, que ha de mirarse entera y que entera avanza en la Historia y entera ha de servirse. (Muy bien.)

El Sr. Presidente: Varios Sres. Diputados han insinuado a la Presidencia su deseo de hacer uso de la palabra; pero ninguno, más que los que han hablado ya, han dicho categóricamente si querían que se les concediese o no la palabra. Y este es el momento, porque, de otro modo, la Presidencia tendrá que declarar terminado el debate.

El Sr. Albiñana: Reitero, Sr. Presidente, la petición de palabra que tenía formulada desde antes de abrirse la sesión para hablar inmediatamente que lo haga el Sr. Azaña. (Risas y rumores.)

El Sr. Presidente: De las frases del Sr. Albiñana se deriva el convencimiento para la Presidencia de que el Sr. Azaña habría de pedir la palabra para sí mismo y para S.S. (Risas.); pero es el caso que el señor Azaña no la ha pedido.

El Sr. Fuentes Pila: Pues el Sr. Azaña debe pedir la palabra para explicar por qué entiende que estas Cortes deben ser disueltas. (Rumores y protestas.) Yo soy un Diputado que exige que hable el Sr. Azaña. (Protestas en la minoría socialista.- El Sr. Presidente reclama orden.)

El Sr. Albiñana: Pues pido la palabra aunque no hable el Sr. Azaña.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Albiñana: Señores Diputados, vuelvo a levantarme a hablar, como el otro día, en nombre de la minoría unipersonal del partido nacionalista español (Risas y rumores.), y no sé si mi inexperiencia parlamentaria me hará incurrir en algunas descortesías para con la Cámara. Ha dicho antes, muy elocuentemente, mi querido amigo particular el Sr. Gil Robles, que le correspondía hablar en primer término porque era jefe del grupo más numeroso de la Cámara; yo, que no soy jefe de nada en ese sentido, debo, sin duda, ser el último que hable; pero como, según dice el señor Presidente; no hay nadie que quiera hacer uso de la palabra, lo hago yo para lo que va a oír la Cámara. (Rumores.)

Tengo muy poca confianza en las labores parlamentarias y en la marcha general de la política, pero nunca creí que la política española llegara a tal extremo de depravación que pudiera permitirse a un hombre como el Sr. Azaña venir aquí con las manos todavía tintas en sangre. (Grandes rumores y protestas. El Sr. Presidente agita la campanilla reclamando orden .- El Sr. Barcia: Esto no es tolerable -Siguen los rumores .- El Sr. Fuentes Pila: Lo que no es tolerable es hacer lo que se ha hecho .- Varios Sres. Diputados pronuncian palabras que no pueden percibirse por los rumores que hay en la Cámara.)

El Sr. Presidente: ¡Orden, Sr. Fuentes Pila! Su señoría puede pedir la palabra cuando a su derecho le interese, pero háganos el favor, a mí y a la Cámara, de no interrumpir sistemáticamente.

El Sr. Fuentes Pila: Tengo que contestar, Sr. Presidente.

El Sr. Presidente: Su señoría debe atenerse estrictamente al Reglamento. El Sr. Albiñana puede, políticamente, juzgar con tanta severidad como quiera la conducta del Sr. Azaqa; pero el Sr. Albiñana guardará aquellos términos de cortesía y de moderación que yo me propongo sostener de un modo inflexible en esta Cámara. (Muy bien.)

El Sr. Albiñana: Precisamente yo quería exponer mi opinión política al hablar en la forma que hablaba. Yo, personalmente, no quiero ofender a ningún Sr. Diputado.

El Sr. Presidente: Ni yo se lo consentiría.

El Sr. Albiñana: Perfectamente. Pero solamente quería decir -y esto es opinión política mía, Sr. Presidente- que el sitio que corresponde al Sr. Azaña por su labor política no es un banco del Parlamento, sino el banquillo de los acusados, para que responda de todos los crímenes cometidos cobardemente desde el Poder. (Rumores.) El señor Azaña ha inferido un grave daño a la República, cosa que a mí me tiene sin cuidarlo, porque no soy republicano. (Rumores.) No soy republicano, sino antirrepublicano, sin ninguna clase de excusas ni pretextos; y me he presentado ante el pueblo como antirrepublicano y vengo aquí como antirrepublicano; pero soy un enemigo, un adversario leal, y la prueba es que lo digo; hasta tal punto, que si el Gobierno defiende eficazmente la seguridad de España, tendrá mi voto a su disposición para el engrandecimiento de mis conciudadanos y el enaltecimiento de la Patria.

El Sr. Azaña ha dislocado el carácter de la República; y lo dice el Fiscal de la República en su Memoria, porque durante el último año judicial, de 1932, época del cacicato monstruoso del Sr. Azaña, se han cometido 126.609 crímenes en España. (Grandes rumores.) Esto, que es una realidad, indica que el Sr. Azaña ha transformado el texto constitucional y, en vez de una República de trabajadores, ha hecho con su gestión una República de criminales. (Rumores y protestas.)

No quiero hablar más de la personalidad política del Sr. Azaña en este momento, porque me parece darle demasiada importancia. Me recuerda los tiempos del Ateneo, donde le conocí dedicado a menesteres domésticos, y creo que le veo todavía en aquellas circunstancias. Me reservo para cuando la justicia popular le encause y exija la responsabilidad enorme que ha contraído por arruinar a España en el interior y haberla deshonrado ante el extranjero. (Rumores.)

El Sr. Presidente: Queda terminado el debate.

El Sr. Prieto: Pido la palabra, Sr. Presidente.

El Sr. Presidente: He hecho dos requerimientos, y no pidió S.S. la palabra. La tiene S.S.

El Sr. Prieto: Exacto; yo reconozco que S.S. ha hecho dos requerimientos, pero no olvide que en uno de ellos iba envuelta la manifestación de que algunos Sres. Diputados habían insinuado a S.S. el propósito de hablar.

El Sr. Presidente: Es cierto.

El Sr. Prieto: Y como yo no figuraba entre ellos, me parecía obligado esperar a que hablaran los insinuantes. (El Sr. Aragay pide la palabra.)

En realidad, a la minoría socialista, en cuyo nombre hablo, corresponde en este debate, cuya trascendencia es indispensable reconocer, una posición secundaria, limitada. Trátase aquí del esclarecimiento de puntos muy interesantes, cuales son aquellos en que puede verificarse la convergencia de ciertos extremos de la declaración del Gobierno con otros, cuya importancia no cabe desconocer, contenidos en el discurso del Sr. Gil Robles, y de examinar igualmente aquellos puntos en que en vez de la convergencia sea patente la divergencia; pero esta glosa y este comentario nuestro tienen un interés insignificante -la insignificancia es más notoria por ser yo su vocero- frente a aquellos esclarecimientos de actitudes políticas a las cuales invitaba, con plausible gallardía, el Sr. Gil Robles, y que iban dirigidas a las representaciones de aquellas fuerzas que le son afines.

El Sr. Presidente del Consejo de Ministros, estableciendo en esta tribuna una innovación que no lo es en las costumbres de Parlamentos del extranjero, nos ha leído la declaración ministerial, entre cuya palabrería, bellamente hilvanada, que descubre las dotes excelsas de prosista que adornan a D. Alejandro Lerroux, hay algunos puntos concretos cuyo análisis nos interesa verificar, porque oyendo al Sr. Lerroux y escuchando posteriormente al Sr. Gil Robles, nos encontrábamos con que lo que pudiéramos llamar elegancia de posición del Sr. Gil Robles inducía a las fuerzas por él acaudilladas y dirigidas parlamentariamente con innegable acierto, a prescindir de imponer un programa, lo que sería lastimoso -a juicio de aquél, y muy bien dicho-, y equivaldría a inferir un agravio a la dignidad, que va envuelta en la plena libertad que le es indispensable a todo Gobierno; pero cuando detrás de esta afirmación del Sr. Gil Robles advertíamos que de su posición pudiera derivarse la imposición al Gobierno de no tener programa alguno, de inmovilizarlo, nos encontramos, y yo lo juzgo más plausible aún, con que el Sr. Gil Robles trazaba, incluso con mayor concreción, con una mayor concisión que el Sr. Presidente del Consejo de Ministro, un programa.

El Jefe del Gobierno ha empezado por declarar ante la Cámara cuáles son las dos bases de sustentación con que el Gobierno se presenta ante nosotros. Una de ellas constituye una realidad: la confianza plena del Sr. Presidente de la República; otra -el propio Sr. Lerroux la califica así- es simplemente la esperanza de encontrar aquí el apoyo parlamentario suficiente para aquellas soluciones de gobierno que, borrosamente, esfumadas en un índice al que no acompaña la concisión, S. S. he enumerado. Nos ponemos, naturalmente, a pasear la mirada por los bancos de este salón y como no encontramos hasta ahora, salvo, por excepción, el apoyo de su voto que acaba de ofrecer el Sr. Albiñana, otro ofrecimiento cuantioso y respetable de fuerzas parlamentarias que aquel que ha formulado el Sr. Gil Robles, nosotros tenemos que hacer un contraste, a todas luces deficiente, ante la ignorancia de la posición en que se hayan de colocar respecto al plan, propósitos y significación de ese Gobierno otros sectores parlamentarios, y de ahí el que yo no me apresurara a formular la petición de palabra, teniendo en cuenta la indicación presidencial de que habían llegado hasta la Presidencia deseos de otros Sres. Diputados, cuyas manifestaciones, evidentemente, habían de revestir muchísimo más interés que las glosas que yo he de hacer a lo aquí oído esta tarde.

Tenemos, en primer lugar, que rechazar, señor Lerroux, y aunque ello sea una redundancia (la declaración ministerial nos obliga a incurrir en ella) la afirmación de S.S. respecto a la perfectibilidad legal de las últimas elecciones. En debates anteriores, con ocasión del examen y la validez de determinadas actas, hubimos de manifestar nuestra creencia de que esas elecciones no se habían distinguido precisamente por el carácter ultralegal que S.S. las atribuye. No reuniendo yo la experiencia parlamentaria de S.S., temo la suficiente para conocer la insensibilidad de las Cámaras ante la enunciación de atropellos e irregularidades electorales, y de consiguiente, para no incurrir en el defecto, en estos comentarios que voy simplemente a apuntar, de injertar en ellos, una enumeración detallada de tales atropellos e irregularidades.

No me interesa en estos momentos examinar la legalidad de las elecciones; no me interesa ahora destacar cómo la coacción gubernativa en unos sitios y la presión de la fuerza pública en otros ha podido decidir a favor de determinados candidatos el triunfo y ha podido imponer a otros la derrota; me interesa principalmente, porque está S. S. ahí sacar el comentario a la actitud de las fuerzas parlamentarias que acaudilla S.S., con vista a la situación política que ha descrito el Sr. Gil Robles, y en cuya descripción es menester que todos repasemos, porque la importancia del sector parlamentario y político que acaudilla el señor Gil Robles le dan pleno título de merecimiento.

E1 Sr. Lerroux, como jefe del partido radical, entendiendo que para la visión que él tiene de la República constituía un peligro el crecimiento de las fuerzas parlamentarias del partido socialista, estimó de su deber -como jefe del partido- ir a unas coaliciones electorales que con unas u otras denominaciones, y salvo escasísimas circunscripciones donde el partido radical tiene positiva fuerza, han alcanzado a todo el área electoral donde hay signos de pujanza y de influencia de dicho partido. Y es innegable que merced a esas coaliciones se encuentra robustecida en número la minoría radical acaudillada por S.S., pero asimismo es evidente que merced a esas coaliciones han aumentado considerablemente también las representaciones que tienen acomodo en los bancos cercanos al Sr. Gil Robles. Las fuerzas que acaudilla el Sr. Gil Robles -dejando por el momento de examinar algunas contradicciones entre sus afirmaciones de y hoy otras hechas por él en la campaña electoral, en la cual campaña se pone siempre más fogosidad que en el Parlamento-, esas fuerzas, en virtud de la potencia adquirida, potencia que han logrado merced a la colaboración y al apoyo de S.S., se aprestan a ocupar el Poder, y se aprestan a ocupar el Poder en aquellos términos condicionales en que el Sr. Gil Robles lo ha expuesto, según los cuales, si se encontraran cerradas las puertas de la legalidad a las aspiraciones de esos elementos de derecha, ellos se volverían al pueblo para hacer una declaración de su impotencia dentro del campo legal, para, entregándose a la voluntad apasionada del pueblo, conseguir la apertura de otros cauces y de otras sendas, que -lógico es deducirlo- habrían de ser los de la violencia y los de la subversión.

Interesa considerablemente a la minoría socialista esta declaración del Sr. Gil Robles, porque nosotros hubimos de decir tardes pasadas, estando S.S. ausente de la Cámara, que íbamos encontrando tapadas, cerradas esas puertas de la legalidad a nuestras aspiraciones, en virtud de las actitudes en que se han colocado las fuerzas dirigidas por S.S. (Rumores.) Recojo el aleteo del rumor, que parece da a entender que en ello no hay ninguna ilegalidad. Externamente, es posible; pero, ¿a qué otro género de taponamientos o de obstáculos podía aludir el Sr. Gil Robles, que no fuera -dejémonos ahora de todo caparazón retórico- algo parecido a lo que constituye en estos momentos nuestra situación? Nosotros nos encontramos con que nuestra representación está disminuida y nuestra influencia en la República considerablemente limitada dentro del ámbito legal, que es este salón, no ciertamente porque nuestras fuerzas hayan disminuido fuera de aquí, sino porque nuestra representación se ha reducido aquí no como consecuencia directa de la expresión de la voluntad del Cuerpo electoral, sino sencillamente por las maniobras concertadas con enemigos del régimen por elementos republicanos en los cuales debíamos tener nosotros cierta fe, dada la sustancia política que alimentó siempre los demás de ese partirlo histórico, del partido radical, al que debía interesar el mantenimiento de aquellos postulados de libertad, de democracia parlamentaria y de laicismo que han constituido siempre la medula de todo su sistema ideológico. Y el problema planteado es que por repugnar al Sr. Lerroux, y con él seguramente a las huestes que le siguen, aquellas livianas y limitadísimas mejoras obtenidas en el orden social y que fueron la prenda exigida por nosotros al colaborar a la instauración de la República, ese partido republicano no ha vacilado en sacrificar por entero el presente y el porvenir de sus postulados políticos, que a nosotros no son comunes en esencia a cuenta de ahogar, por estimarlas, sin duda, lesivas a los altos intereses de la economía nacional, aquellas mejoras de orden social que pudieron obtenerse como consecuencia de nuestra preponderancia en este Parlamento. Y al repasar las manifestaciones hechas por su señoría, Sr. Lerroux, no habrá de tomar ciertamente a exceso desconsiderado que nosotros, en puntos que nos interesan, le requiramos, respetando su derecho a no acudir al requerimiento, una mayor claridad de expresión. Su señoría ha empezado por manifestar que la generosa conducta parlamentaria de S.S. fué tal (y me refiero a S.S., aunque S.S. al hablar ministerialmente pluralizaba y a mí me sería fácil distinguir entre los señores que acompañan a S.S. en ese banco alguno que hubiera participado de nuestros propios errores) ha dicho S.S. que fue tan generosa su conducta parlamentaria que incluso sostuvo a los Gobiernos que antecedieron al de S.S. en sus errores. La puntualización suplicada por mí es de que S.S. se sirviera, si le place, enumerar esos errores, para distinguir, si lo hubiere, entre aquellos en que es notoria también la responsabilidad de S.S. por haberse vinculado previa y solemnemente al compromiso de determinadas soluciones de gobierno que S.S. «a posteriori» juzga erróneas o para reconocer la absoluta exculpación de S.S. al no tener con respecto a ellos la más leve participación ni por acción ni siquiera por omisión.

También quisiéramos que S.S. nos dijera en qué consiste ese excesivo partidismo de clase (creo que esta es la frase contenida en la declaración) que S.S. ha creído advertir en la aplicación de determinadas leyes para que al conocer el estado de conciencia de S.S. respecto a los excesos a que S.S. aludió podamos nosotros hacer confesión de nuestras culpas, o por el contrario demostrar ante la Cámara que no ha habido los excesos que S.S. nos reprocha. Y porque es uno de los puntos de convergencia entre S.S. y el Sr. Gil Robles, que necesita, a mi juicio, una aclaración para saber hasta dónde podemos fiar nosotros del ímpetu democrático y laicista del Gobierno dirigido por S.S. y del sector político que sigue sus consejos, sus orientaciones y sus órdenes, queremos que S.S. nos explique (y en este requerimiento pongo el máximo interés) en qué consiste el alto en el camino de la política religiosa que S.S. ha proclamado hoy como norma de gobierno. Temo en esto una convergencia absoluta y perfecta por cuanto en el esbozo de programa que ha trazado el Sr. Gil Robles sometiéndolo a la resolución de Su Señoría, esto que S.S. llama un alto se trueca en las palabras del señor Gil Robles en una derogación efectiva de las leyes laicas que son consecuencia de preceptos constitucionales.

Las leyes laicas que votó la República, matizadas con un afán de transigencia... (Rumores.) -y si ese rumor injusto me lo consiente aclararé el concepto, ya que no me ha dejado concretarlo-; las leyes laicas de la República, matizadas con un afín de transigencia de esta minoría socialista... (Rumores. El Sr. Presidente reclama orden.) en estas leyes laicas, repito, matizadas por la transigencia socialista, vosotros los radicales queríais ir mucho más allá (Risas. Rumores.); en estas leyes laicas, el grupo socialista fué relegando las soluciones extremas que ligaran en su programa mínimo por afán de transigencia, para evitar que una división inoportuna, por lo extemporánea, causara quebrantos en la obra común de consolidación de la República, y no habría que realizar una labor muy ardua hojeando el Diario de Sesiones para encontrar textos rotundos de proposiciones infinitamente más radicales que aquellas que han plasmado en el texto constitucional y en el de las leyes complementarias, salidas de los señores que figuran en el partido que dirige S.S. (Un Sr. Diputarlo: Conformes .- El Sr. Rey Mora: Ya hay coincidencia. Para que vea S.S., tan enemigo de los contubernios.) Y entonces, respecto de ese alto en la política religiosa que impone S.S. por lo visto, su estado de conciencia, su deseo de rectificación ante daños que S.S. supone que se infieren al régimen -porque yo no puedo echar sobre S.S. la sospecha injuriosa de que eso no responde a su convicción y es simplemente un mezquino afán transaccionista con esas fuerzas que ciegan esencialmente todo vuestro postulado-, respecto de ese alto en la política religiosa, repito, a nosotros fundamentalmente nos interesa vuestra aclaración, porque ninguna de esas resoluciones legislativas están exentas del apoyo colaborador de vuestros votos, y la mayor parte de ellas han sido producto de una transacción en la cual, como es consiguiente, tocaba transigir más a quien políticamente tenía una posición más extrema, que era la nuestra, y cuando nosotros vemos a S.S. sin fuerzas propias para gobernar, teniendo que valerse de apoyos como los que con extraordinaria solemnidad se le han ofrecido a S.S. esta tarde, comprenderá S.S. que crezca, en razón a la cuantía al carácter de ese apoyo, nuestra alarma y que esperamos que las palabras de S.S. sirvan, si no para disiparla, cuando menos, para aminorarla, porque parece que en zonas bastante vastas -he de reconocerlo- del republicanismo español estimase como una victoria de la República el hecho de que hayan realizado acto de acatamiento -que no quiere decir sumisión y que tampoco es siquiera adhesión- fuerzas enemigas de todo lo que esencialmente representa el Régimen. (EL Sr. Cordón Ordás pide, la palabra .- Rumores.)

Desde que yo hablé públicamente por primera vez al advenir la República y en discursos recientes de propaganda electoral hube de recordarlo, no con jactancia, sino con dolor, yo no advertí posibilidades, ni siquiera remotas, de una restauración monárquica. No expongo ahora las causas de esta mi convicción porque, aun siendo muy recias y hondas, no deseo, sino que quiero eludirlo, herir sentimientos acendradamente monárquicos de una fracción respetable aquí sentada; pero yo advertí que el riesgo era el adueñamiento de la República por parte de las derechas enemigas de ella. Lo que en esta previsión no pude abarcar era que a esa empresa, inteligentemente dirigida, hábilmente orientada, en esa empresa, fuese S.S.,Sr. Lerroux, un colaborador tan decisivo.

Estos son nuestros reproches, estas son nuestras quejas, estas nuestras lamentaciones, que yo quiero exponer con la mayor corrección posible, porque me interesa tanto como a quien más que este debate siga aquellos cauces de serenidad en que aparece hasta ahora encuadrado, pues a través de la algarabía y del alboroto, pudieran quedar las cosas infinitamente más confusas que lo estaban. Yo doy toda la trascendencia que pueda dar el propio Sr. Gil Robles, toda la importancia excepcional que tiene, al hecho de que, de momento, hagan como que declinan sus armas y las deponen contra la República, contra el régimen o, mejor, contra su estructura formal y externa, los hombres que se aprestan, una vez dentro de la fortaleza, de la que con tan excesiva benevolencia les ha abierto S.S. las puertas, a esgrimirlas y blandirlas para acabar con todo lo quo haya de animado, de vivo, de espiritual dentro del régimen, y cuando SS. SS. muestran -quienes lo muestran- contento y satisfacción por este acatamiento, la alarma y el temor nuestros suben considerablemente, llegan a gradaciones altísimas, porque la inconsciencia o el error por vuestra parte suponen tanto como la muerte, alevosamente producida, del régimen republicano. (Muy bien, en la minoría socialista.)

El Sr. Gil Robles ha pedido al Gobierno la rectificación o, por mejor decir, la derogación de las leyes laicas; S.S. nos ha hablado de la imposición de un alto en la política religiosa, política que no tiene en nuestra legislación otra expresión que esas, para nosotros menguadísimas, leyes laicas. ¿Hasta qué punto llega la coincidencia en la petición del Sr. Gil Robles y el ofrecimiento anticipado de S.S.? Ese es, a mi juicio, uno de los puntos dignos de esclarecimiento; porque el Sr. Gil Robles, poniendo en la petición una mayor suavidad de concepto, os ha pedido también que, para regular de modo definitivo las relaciones que pueda tener el Estado republicano español con la Santa Sede, convengáis con ella un Concordato. ¿Cuál es el propósito de S.S. en esta materia? También nos interesa, porque en los contornos difuminados que ha tenido la expresión del pensamiento de S.S. en esta materia, no encontramos -repito- aquella concreción que ha caracterizado las palabras del Sr. Gil Robles.

Ha señalado también el Sr. Gil Robles, como uno de los deseos inmediatos de las fuerzas políticas que dirige -y que en esta aspiración no hay novedad alguna-, la revisión inmediata de la Constitución, y es notorio que, aunque numerosas, las falanges parlamentarias que el Sr. Gil Robles acaudilla y las que están lindantes a él, no tienen en este primer cuadrienio de la República las fuerzas suficientes, cifradas por la Constitución en los dos tercios de los votos de la Cámara, para obtener la convocatoria a nuevas Cortes Constituyentes, que es indispensable para la reforma constitucional. Y aunque me apresuro a descontar la negativa de S.S., bueno fuera, pues a la responsabilidad histórica de todos interesa considerablemente la aclaración, que S.S. nos dijera si en el pacto, en el compromiso o en el convenio que S.S. tiene para gobernar con esos señores entra la aportación de los votos de la minoría radical para revisar aquellos artículos de la Constitución que estimen revisables esos señores que os van a prestar su apoyo.

Ahora, después de examinada la declaración ministerial en los puntos que a nosotros más vitalmente nos interesan, quiero -si la Cámara me lo consiente- poner unas apostillas a las manifestaciones del Sr. Gil Robles, para medir hasta qué grado llega el acatamiento a la República expresado por él esta tarde contrastando esas manifestaciones con palabras dichas fuera de aquí.

En discurso memorable que el Sr. Gil Robles pronunció el 15 de octubre en el Monumental Cinema, donde estuvieron presentes y fueron aplaudidas personas que tienen representación parlamentaria, como los Sres. Pemán, Goicoechea, Royo Villanova, Calderón y otros, dijo cosas que, en cierto aspecto, coinciden con lo que aquí ha manifestado, pero que en otro pueden señalar una diferencia tan acentuada de matiz que exijan también esclarecimiento. Dijo el Sr. Gil Robles entonces: «pero no tenemos prisa, óiganlo bien los que pueden creer que van a perder Direcciones generales y Gobiernos civiles; no tenemos prisa, no queremos nada de eso. Ya sé que al primer choque con la realidad habrá algún desgajamiento. Este primer desgajamiento lo producirán los que escuchan los cantos de sirena que se oyen desde las alturas del Gobierno, ofreciendo las primeras colaboraciones. Yo no sentiré el halago de ésos cantos de sirena. ¡Cómo íbamos a acudir al primer ofrecimiento de colaboración que nos hagan los autores de la ruina de España! Menguado ideal el nuestro si, a la primera conferencia con el Sr. Lerroux o el Sr. Maura cediéramos ante el señuelo de una cartera de Comunicaciones. » (Risas y rumores.) Unos aplausos generales del auditorio enfervorizado suscribieron, con apoyatura indiscutible, estas manifestaciones del Sr. Gil Robles, basadas en una información tan anticipada y tan minuciosa que pudo saber, a dos meses fecha, que las sirenas gubernamentales iban a ofrecerles precisamente la cartera de Comunicaciones. (Risas .- El Sr. Ministro de Comunicaciones: En ese aspecto jamás he tenido nada que ver con el Sr. Gil Robles.) «Dejad que sueñe -continúa el Sr. Gil Robles en un magnífico párrafo lírico-. Nos espera una tarea inmensa. Yo espero el porvenir, como el centinela bíblico en los muros de la gran ciudad espera ansioso el amanecer. Nuestra generación tiene encomendada una gran misión: tiene que crear un espíritu nuevo; un nuevo Estado; una nación nueva; dejar la Patria depurada de masones y judaizantes. (Grandes aplausos.)» ¿Está seguro el Sr. Gil Robles de no prestar su apoyo a algunos judaizantes y masones, que a estas horas pueden estar sentados en el banco azul? (Risas.) Y prosigue el Sr. Gil Robles: «Hay que ir a un Estado nuevo. Para ello se imponen deberes y sacrificios. ¿Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre? Para eso, nada de contubernios. No necesitamos el Poder con contubernio de nadie. Necesitamos el Poder íntegro, y eso es lo que pedimos. Entretanto, no iremos al Gobierno en colaboración con nadie. Para realizar este ideal, no vamos a detenernos en forma arcaicas. La democracia no es, en nosotros, un fin, sino un medio para ir a le conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento, o se somete, o le haremos desaparecer.» Esta afirmación final, contenida en esas palabras del Sr. Gil Robles es la que ha estado expresamente eludida en su brillantísimo discurso de hoy, sin disputa el mejor de cuantos ha pronunciado en este recinto. No puedo pedir al Sr. Gil Robles -no entra en mi derecho, ni entra en su deber, el esclarecimiento de esa actitud; pero entra en mi derecho y hasta en mi deber exigir al Gobierno unas aclaraciones respecto a su compromiso, a su colaboración, a su ajuste con unas fuerzas que niegan lo más fundamental del sistema democrático y que empiezan por la declaración valiente, y quizá temeraria, de que cuando el Parlamento no llegue a plegarse a sus exigencias, ellas le harán desaparecer. ¿Cómo se compagina afirmación tan rotunda del Sr. Gil Robles con aquellas otras expresiones en que hoy quería dejar plasmada su lealtad al régimen, cuyo acatamiento ha preconizado? Si se va a hacer desaparecer el Parlamento, porque el Parlamento, en uso de su soberanía, cierra el camino a las soluciones propuestas por S.S., ¿con qué fundamento ha discrepado S.S. en la tarde de hoy de las palabras infinitamente más sinceras del Sr. Primo de Rivera? De manera que no es mucho exigir por parte de esta minoría desenmascaramiento y claridad, S.S., en el fondo, Sr. Gil Robles, apetece también un régimen dictatorial.

Entra en la táctica hábil y cautelosa de S.S. ocultar esos fines para ahorrarse las mayores resistencias que una declaración de ese género, solemnizada en este lugar, y después de la victoria electoral, que acerca a SS.SS. al Poder, pudiera producirse, por reacción de las masas populares, las cuales, luego de haberse entregado con fervor a la causa republicana y viendo en riesgo su victoria por la proximidad de sus señorías al Poder, y advirtiendo ese riesgo, aumentado por los compromisos pactados por SS.SS. con los elementos que están sentados en el banco azul, adivinar que ese peligro grave e inmediato, y S.S. lo que hace ahora, con respecto a su propósito en este orden, es ocultarlo, silenciarlo, eludirlo, pero de ese propósito, de ese sentimiento es guía brillante esa expresión elocuentísima que acabo de recoger de un texto taquigráfico de S.S.

Mas ya lo he dicho; no me interesa por sí misma esa manifestación, que no puede imputar S.S. a un arrebato retórico del momento, cuando ella, como otras no tan importantes, constituyó tema predilecto en las constantes prédicas electorales de S.S., lo que me interesa y conmigo a esta minoría, es conocer el punto a que puede llegar el espíritu de claudicación del Gobierno que preside el Sr. Lerroux, para dar paso a sus señorías hasta el Poder. Para acercarles a él, no ha habido ninguna clase de escrúpulos. Esos contubernios que S.S. rechazaba retóricamente, más o menos públicos, existieron por casi toda el área electoral de España. Sus señorías -y en su conducta no hay por nuestra parte ninguna extrañeza- llegaron a fundirse estrechamente con elementos del partido radical en bloques titulados antimarxistas para combatir un marxismo inexistente, porque la cultura de. S.S. habrá de reconocer que aquellas modestísimas reformas sociales, a cuya posible ampliación ha entonado S.S. un himno, no constituyen, ciertamente, ningún pilar de la doctrina marxista. No; aquí lo que interesaba era que nosotros, por nuestra organización, por la reciedumbre que significa nuestra disciplina y por la potencia de nuestras masas, fuésemos arrinconados, reducidos, derrotados, aplastados. ¿Por miedo al marxismo? Quiero creer, imputándolo sin segunda intención a la cultura de S.S., que en la mente de S.S. jamás existió la realidad de ese riesgo, pero que sí lo ha habido, indiscutiblemente, porque si no ciertas conductas no tienen explicación, en una zona de republicanismo pacato y tímido que olvida que la síntesis, la entraña y el fundamento de toda sociedad moderna es un sistema económico y que lo que arranque de ahí y lo que no se base ahí no tendrá ninguna consistencia, como paladinamente lo declaraba el Sr. Gil Robles en la tarde de hoy al aludir a unos rumbos que esas fuerzas derechistas van a tomar, seguras de que no puede haber asentamiento posible de ningún partido moderno que no descanse en soluciones de orden económico y de mejora de la clase trabajadora, anunciando la constitución de una gran organización populista obrera.

Lo que en vosotros, señores de la derecha, era justificado, no tiene ahí en los bancos republicanos, justificación, no tiene ahí explicación, y S.S. ahora, Sr. Lerroux, por virtud de conducta, tendrá así la satisfacción íntima -menguada será ella si le invade el ánimo- de ver reducida la representación socialista; pero S.S. habrá de sentir el dolor de ver reducido uno de los pilares más fuertes del sistema republicano y de haber atentado contra la libertad, contra la democracia parlamentaria y contra el laicismo, que constituyó siempre el credo del grupo político que está detrás de S.S., y en el que forzosamente tiene que haber conciencias que silenciosamente se rebelen contra los yerros políticos de S.S., porque S.S. ha preferido ver a la República resquebrajada, llena de riesgos, que para su forma y para su esencia, que interesa más, representa el crecimiento derechista logrado por la actitud de S.S. y no le puede servir de consuelo, ciertamente, el hecho de que esta minoría haya quedado limitada en su número, por que a S.S. no se le podría ocultar jamás, cualesquiera que hayan sido, incluso los ardimientos injustos en nuestras polémicas, que a la hora de votar y defender, no sólo con nuestras palabras y con nuestros votos, soluciones plenamente republicanas, en este grupo, en este campo no habrá de haber una sola deserción.

Y ahora S.S. se encuentra en triste y deplorable situación. La manifestación de acatamiento del Sr. Gil Robles, que no ofrece novedad, porque es una vieja doctrina pontificia, no significa adhesión al régimen, y si para esos hombres un día se plantea, incluso en este mismo recinto, el problema del régimen, yo no podría imputarles pecado alguno de traición si negaran sus votos a la República, porque al negárselo responderían a lo más profundo de sus sentimientos y porque las manifestaciones que han hecho hoy no constituyen por sí usa adhesión. cuyo quebrantamiento se pueda imputar como un delito de falsía, de deslealtad o de traición.

Su señoría está prisionero de ahí. (Señalando a la minoría popular agraria.) Incluso para aquellos que ponen sus más encendidos acentos al cantar la soberanía de nuestras resoluciones, llevan dentro de sí el convencimiento de que a esta situación ha llegado por injerencias altas, altísimas, pero extrañas a la nación española. Sabe todo el mundo que esto se ha gestado en Roma. (Rumores y protestas en las minorías de derecha.) Y S.S. está presidiendo ahí -se lo digo por si a las desviaciones postreras de su conciencia interesa, desviaciones que en muchos hombres se dan ya que no tenemos una manera pétrea, inconmovible, el mismo estado de conciencia de nuestra juventud-; S.S. está presidiendo, no sé si a S.S. le interesa como consuelo, pero S.S. lo habrá de reconocer, S.S. lo que preside es un Gobierno con la bendición papal. (Risas y rumores .- El Sr. Rey Mora: Y vosotros sois un partido con la de Amsterdam .- Más rumores.)

Discutiendo el otro día, incidentalmente, con el Sr. Martínez Barrio, yo apunté el conflicto de conciencia que a mí personalmente se me presentaba ante el estado actual de la política española. No veo a ella salida alguna; vosotros, los que habéis querido desviar el rumbo de la política española, debéis reconocer que en esta rectificación se os ha ido la mano. Hay unas muchedumbres proletarias, en pugna con otras organizaciones que creen ver la única solución siguiendo el camino de la violencia, a las que queríamos y queremos encuadrar dentro del régimen, obteniendo incluso la casi plenitud de sus ideales o aspiraciones que pueda ver realizadas la generación presente dentro del marco constitucional y al amparo de la flexibilidad de los preceptos del Código fundamental del Estado; ¡ah!, pero ahora nosotros reconocemos que la vida del Gobierno, la vida republicana no está siquiera en manos de republicanos; está en ésas (Señalando a las derechas.); que vosotros estaréis ahí en tanto que a ellos convenga, en tanto que ellos no aprecian el momento psicológico, muy interesante para distinguirlo con acierto, de dar el salto hasta el Poder, y que vosotros tenéis, porque ese es, a lo visto, vuestro triste sino histórico, la misión de facilitar el acceso al Poder a hombres que, si han de responder honradamente a sus convicciones, han de ahogar todo lo que de sustancial tiene dentro de sí la República. Ya contáis con un Ministro arrancado a uno de esos grupos que están en esa posición. Para la explicación oficiosa basta, por lo visto, afirmar que no representa al grupo, sino que tiene una representación puramente personal. Nadie lo va a creer, porque, en primer término, basta repasar las gacetillas periodísticas para advertir que el señor Lerroux fué a pedir el nombre del Ministro al Jefe de ese grupo, y, además, muy quebradizas serían las convicciones del Sr. Cid, a quien aludo, si ahora se rompieran, cuando, no más lejos de la semana pasada, él con su grupo ha trazado un programa de Gobierno, a cuenta del cual, con la derogación de la ley de Términos municipales, se ha de modificar en un sentido plenamente anulatorio la ley de Reforma agraria y ha de imponer -¿es este quizá el alto en la política religiosa que proclamaba S.S.?- la suspensión indefinida de la sustitución de la primera enseñanza a cargo de las Congregaciones religiosas.

Yo deploro hondamente la situación de S.S.; creo que el sino histórico de S.S. le empuja en estos instantes a actitudes y a resoluciones dañosas para la República. Hablo con una entera lealtad: enemigos, que no nos encontraremos jamás en el camino de nuestra vida, de los hombres en cuya representación ha hablado el Sr. Gil Robles, cuando llegue -si llega, porque para oponernos a ello habremos nosotros de apelar a todo lo que sea menester- la hora de la catástrofe (Aplausos en la minoría socialista.), cuando llegue esa hora -si llega-, si hemos de señalar una traición, nuestra nobleza nos obligará a no imputarla a vosotros (Dirigiéndose a las derechas.), sino a adjudicarla a vosotros (Señalando a la minoría radical. Aplausos en los socialistas.)

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