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El Congreso de los Diputados discute -intensa y violentamente- los haberes pasivos del Clero, a los que se oponen las izquierdas

Diario de Sesiones, de 4 de abril de 1934

Continuando la discusión del dictamen de la Comisión de Justicia sobre el proyecto de ley regulando los haberes del Clero parroquial, dijo

El Sr. Presidente: Se va a dar lectura de nuevo a una proposición que se leyó ayer.

Leída la proposición pidiendo que se diese por suficientemente discutido el dictamen, dijo

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Pérez de Rozas para defender la proposición.

El Sr. Pérez de Rozas: Muy pocas palabras para defender la proposición de que se acaba de dar lectura, en la cual he tenido el honor de poner mi firma en unión de otros Sres. Diputados.

Un deber de disciplina y un convencimiento de la necesidad de la presentación de esta proposición me obligan a hacer uso de la palabra, como he dicho, brevísimamente, para apoyarla, haciendo uso también del resorte reglamentario que pone en nuestras manos, en las manos de la Cámara, la necesidad de acabar con una discusión que está perfectamente esclarecida. No es necesario gastar aquí muchos argumentos en apoyo de esta proposición; es necesario ir a su aprobación rápidamente, porque nosotros creemos que ha llegado el momento de dar a España la sensación de que el Parlamento tiene cosas que discutir y tiene una labor seria que realizar (El Sr. Alvarez Angulo: En favor de los curas. Protestas.), y no debemos perder el tiempo en discusiones bizantinas. (Rumores.- El Sr. Alvarez Angulo: Vais contra los obreros y contra los intereses del país.- Nuevos rumores y protestas.) Teníamos descontadas esas interrupciones a plazo fijo y, por tanto, no han de hacer mella ninguna en el modesto Diputado que está en el uso de la palabra. (Continúan los rumores y protestas.- El Sr. Presidente reclama orden reiteradamente.- El Sr. Alvarez Angulo: Su señoría no tiene ningún título sino el de ser amigo de Foronda.)

El Sr. Alvarez Angulo está sentado en ese sitio por la generosidad de los votos de las derechas y nuestros. Fué S. S. a pedírnoslos. (El Sr. Alvarez &Angulo: Eso no es cierto.- Signen las protestas y contraprotestas.) Me tiene sin cuidado que S.S. se indigne, porque yo no me pienso indignar. (El Sr. Alvarez Angulo: Su señoría no se merece que yo me indigne.- El Sr. Rey Mora: A ver si contamos las conferencias que el señor Alvarez Angulo dió en América en honor de Primo de Rivera.- El señor Alvarez Angulo: Precisamente hoy he hablado de eso con un periodista.- Rumores.- El Sr. Presidente reclama orden.- El Sr. Alvarez Angulo: A vosotros se os dejó que presentarais todas las enmiendas que quisisteis; a nosotros, no.- Continúan las protestas y contraprotestas.- El Sr. Alvarez Angulo: Esto es un atropello.- El Sr. Martínez Moya: ¡Vosotros atropellasteis a España!.- El Sr. Alvarez Angulo: Vosotros discutisteis lo que quisisteis.- Nuevas protestas.)

El Sr. Presidente: Señores Diputados, yo invito a todos a que se guarden los unos a los otros el respeto que es indispensable en una Cámara deliberante. No creo que nadie estime que responderá a su deber... (Muchos Sres. Diputados pronuncian palabras que no se entienden y que impiden oír a la Presidencia.)

El Sr. Menéndez: ¡Guillotina, pena de muerte, tarifas ferroviarias. cerillas! Eso es lo que hacéis vosotros.

El Sr. Rey Mora: ¡Casas Viejas!

El Sr. Presidente: ¡Orden! ¡Orden! La Presidencia no puede competir en pulmones con los 40 Diputados que hablan a un tiempo. O Sus señorías guardan el respeto que es debido a la Presidencia y la prestan su cooperación, o ésta abandonará su sitio, en el que, sin la debida autoridad, no tiene empeño en mantenerse. (Aplausos.)

El Sr. Pérez de Rozas: Lamento mucho que la minoría socialista, para la que tengo todos mis respetos... (Varios Sres. Diputados: ¡Muchas gracias! No nos importa el respeto de S.S.) No por lo que vosotros sois; sino por las fuerzas que representáis. (Nuevas protestas y contraprotestas.) Vuelvo a decir que lamento mucho que la minoría socialista se haya prestado y se esté prestando al juego de dos personalidades que obran tras la cortina y que la manejan hábilmente; la una por no haber podido lograr sentarse entre nosotros; la otra, por sentarse aquí, a veces, gracias a la generosidad del Sr. Prieto. Estos dos señores son los que manejan hábilmente el tinglado, para que vosotros vengáis aquí a hacer una obstrucción como ésta, a pesar de que estáis convencidos de que no podéis ni debáis hacerla. (El Sr. Menéndez: Estamos en el secreto.) Yo agradecería mucho al Sr. Menéndez que no me llevase a un terreno al que no quiero ir, porque yo he sido Gobernador de Asturias... (El Sr. Alvarez Angulo: ¡Qué miedo! ¡Hay que descubrirse ante el señor gobernador! ¡Pobre Asturias!.- El Sr. Menéndez: ¿Y qué va a decir S.S.? ¿Que evitó el atropello?.- Un Sr. Diputado: Os ha llamado borregos.- Grandes protestas y contraprotestas.- El Sr. Menéndez Fernández: El Sr. Pérez de Rozas, que anda con insidias, debe aclararlas, porque yo voy a aclarar lo que hace S.S. en contra del Sr. Martínez Barrio y de sus compañeros.- Protestas en los radicales.- Su señoría es el jefe de la intriga y de la traición.- Nuevas protestas.) Y termino diciendo que con la misma razón que en las Cortes Constituyentes se aplicó el art. 23 para aprobar los artículos 31 y 32 del proyecto de ley de Congregaciones religiosas, con la misma razón nosotros proponemos que se aplique en esta discusión. (Fuertes rumores.- El Sr. Alvarez Angulo: ¡Viva el socialismo!.- El Sr. Rey Mora: El socialismo de S.S. es como para estar riéndose durante tres siglos, Sr. Alvarez Angulo.- Grandes protestas.)

El Sr. Presidente: El Sr. Cordón Ordás. tiene la palabra.

El Sr. Cordón Ordás: Con la defensa que ha hecho el digno Diputado radical de la presentación del voto que se discute, no sé qué contestarle (Rumores.), porque no hay razón que justifique el atropello que se intenta cometer contra las minorías ante un proyecto de ley claramente anticonstitucional. (Grandes protestas.)

Las dos minorías de oposición más importantes de la Cámara, la minoría socialista y la minoría de esquerra catalana, ni siquiera han podido defender una sola de sus enmiendas. Yo tengo presentadas 18 enmiendas, y no habrá ni uno solo de los Diputados que se sientan en esta Cámara que pueda decir que mis enmiendas son de tipo obstructivo. Todas ellas tienen un clarísimo fundamento y tienden a investigar si, en efecto, es necesario que se le exija al contribuyente español ese sacrificio, que en nada, absolutamente en nada, como con justicia decía ayer el Sr. Calderón, beneficia al Clero rural y que, en cambio, ocasiona un gran perjuicio al crédito de las instituciones republicanas. ¿Qué pretende el partido radical, patrocinador de este atropello? Yo no me lo explico. Cinco veces consecutivas se trató en la Cámara Constituyente, por los señores representantes entonces de una exigua minoría de derechas, el problema que ahora se trata en este proyecto de ley, desde que comenzó la discusión del art. 26 de la Constitución vigente hasta el artículo 44 de la última ley de Presupuestos aprobada por aquella Cámara. Expusieron cuantas razones tuvieron por conveniente; problema hubo que se debatió durante varias sesiones consecutivas, en forma de votos particulares, en forma de enmiendas, y nadie impidió que todos los argumentos que tuvieran que exponer los expusieran, y a mí se me impide demostrar, como pretendía: primero, que la Iglesia católica no necesita para nada de ese auxilio del Estado laico; segundo, que por incumplimiento del art. 38 del Concordato (Fuertes rumores.) de 16 de marzo de 1851 le debe la Iglesia al Estado de 2.000 a 3.300 millones de pesetas (Más rumores.); tercero, que es perfectamente aplicable el precepto por virtud del cual la Iglesia tiene que dar al Estado español el 20 por 100 de todos sus bienes, más los intereses de demora. (Continúan los rumores y las protestas.- Un Sr. Diputado: ¿Y la prescripción?) No hay prescripción en este caso, porque, según acuerdo de un Concilio de León, la prescripción no existe para la Iglesia católica. (Rumores.- Un Sr. Diputado: Pero era para ella.) Sí, es la ley del embudo, que practicó siempre la Iglesia en todas sus relaciones con el Estado.

Se me ha impedirlo demostrar ante esta Cámara que la Iglesia tiene múltiples, extraordinarios medios de recolección de dinero para atender sobradamente a sus ministros. Los tiene en esos acervos píos, cuyo interés debió entregarse al Estado para atender a las necesidades del presupuesto de Culto y Clero y que no se ha entregado. Nueve millones tiene la diócesis de Madrid; 33 millones tiene la diócesis de Avila; 12 millones tiene la diócesis de Astorga, y así sucesivamente. (Rumores y protestas.) Las cofradías sobre las cuales canónicamente se pueden imponer tributos por la Iglesia son en España riquísimas. Basta un solo ejemplo, el de la venerable Orden Tercera de Penitencia de San Francisco, en Madrid, que tiene ella sola más casas que entre Romanones y Allende juntos, que son los más ricos propietarios; igualmente las Fundaciones, las Capellanías y la Obra Pía, en la cual, por cierto, existen más de 200.000 documentos que contienen páginas extraordinarias de la Historia de España y que el Estado no tiene en su poder.

Con todos estos y otros muchos medios la Iglesia puede llenar cumplidamente las necesidades de sus eclesiásticos. Lo demuestra, Sres. Diputados, el hecho de que exista próximamente una doble población de religiosos de las Ordenes monásticas, de hombres y mujeres, que de Clero secular; y esos religiosos, que no reciben ningún auxilio del Estado, viven perfectamente; lo demuestra el hecho de que en Madrid, donde hay treinta parroquias, haya exactamente cinco veces más de iglesias particulares, sin contar las iglesias y los oratorios familiares, que se sostienen muy bien, sin necesidad de auxilio alguno del Estado.

El Sr. Presidente: Señor Gordón Ordás, según el Reglamento, su intervención sólo puede durar cinco minutos... (Fuertes rumores y protestas en la minorías de izquierda impiden oír a la Presidencia y al señor Gorrión Ordás.- Entre Diputados de la minoría Socialista y de Esquerra y la Radical y de Derecha se cruzan frases que es imposible percibir.)

El Sr. Gorrón Ordás: Protesto contra ese atropello, por virtud del cual se coarta mi libertad.

El Sr. Presidente: El Reglamento dice textualmente, en su página 14, que la explicación del voto durará cinco minutos.

El Sr. Gorrón Ordás: Es cierto que lo dice el Reglamento, pero con las manos sobre la conciencia (Rumores.) puedo decir que es un atropello que se limite el tiempo a quien está defendiendo un principio esencialmente republicano y no se ponga dificultad alguna a quienes desde otros sectores hablan cuanto quieren, como quieren y cuando quieren. (Continúan los rumores y las protestas.)

El Sr. Presidente: El Reglamento lo habéis hecho vosotros. Yo lo cumplo y lo haré cumplir.

El Sr. Gordón Ordás: Yo no discuto si el Reglamento lo hemos hecho nosotros o S.S., que también era Diputado. (Un Sr. Diputado: Pero no lo votó.) Lo que digo es que aquí; ha habido quien ha invertido cerca de una hora en la explicación de un voto y no veo la razón por la cual se me impidió ayer terminar la defensa de una enmienda y hoy se me impide defender el voto de esta minoría, cuyos miembros sienten en el fondo de su alma el atropello insólito que se comete contra un Diputado... (Grandes rumores.- EL Sr. 0'Shea: Consta en el Diario de Sesiones que ibais a hacer la obstrucción.- Protestas en los socialistas.)

El Sr. Presidente: Señor Gordón Ordás, yo tengo a S. S. por un hombre digno y no creo que, aprovechándose de las circunstancias, pueda someter a la Presidencia de la Cámara a una coacción del género que podría desprenderse de sus palabras. Invito a S.S, a que cumpla el Reglamento; y a que termine dentro de un plazo prudencial que le puedo conceder brevísimamente.

El Sr. Gordón Ordás: Yo agradezco mucho esa concesión al Sr. Presidente y continúo. Decía el Sr. Maura dirigiéndose al Sr. Gil Robles, en una reciente intervención, algo relativo a los periódicos del Sr. Gil Robles.

El Sr. Presidente: Va a continuar brevísimamente S.S., porque si no me pondrá en el caso de llamarle al orden. Estoy dispuesto esta tarde, más que nunca, a cumplir inflexiblemente el Reglamento. (Protestas en las minorías de izquierda.)

El Sr. Prieto: ¿Esta tarde? (Rumores.)

El Sr. Gordón Ordás: El Sr. Gil Robles, con justísima razón, contestaba al Sr. Maura que él no tiene periódicos. Es verdad, son los periódicos los que le tienen al Sr. Gil Robles. El Debate, que es la edición española del Observatore Romano (Rumores.- Un Sr. Diputado: Mucho sabe S.S.) Sé más de lo que S.S. se figura. El Debate, y quiero llamar sobre ello la atención del partido radical, porque la opinión de estos señores de la minoría popular agraria en este proyecto de ley no me interesa (Siguen los rumores.), publicó el año pasado un artículo al que pertenece este párrafo:

«Por eso desearíamos que mientras la derecha ayuda al Gobierno a descombrar el camino que dejó intransitable la política anterior, se preocupe de la obra constructiva futura, en la que tendrá que hacerlo casi todo, empezando por la reforma de la misma Constitución del Estado.» (Aprobación en las derechas.)

Esta posición indica claramente el papel que el Vaticano os reserva a vosotros (Rumores.), que es el de acabar con toda la obra laica de la República para descombrar el camino en beneficio de estos señores. Porque, en efecto, en la sustitución de la enseñanza no habéis traído una disposición que la impida; pero la realidad es que no se hace absolutamente nada en este problema fundamental...

El Sr. Presidente: Señor Gordón Ordás, S.S. no puede continuar: le llamo al orden por primera vez.

El Sr. Gordón Ordás: Su señoría puede retirarme la palabra cuando lo estime por conveniente, no sin que conste mi protesta más enérgica...

El Sr. Presidente: Constará.

El Sr. Gordón Ordás: Y mi decidida fiscalización para que jamás por nadie, ni por ningún motivo, se quebrante en esta Cámara el Reglamento. (Rumores.)

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. De los Ríos.

El Sr. De los Ríos: La minoría socialista me ha encomendado la misión de formular esta tarde, en su nombre, la más enérgica protesta por la aplicación del art. 23 al proyecto de ley de Haberes del Clero. Yo desearía del Sr. Presidente que explicara el alcance que él da al art. 23, porque hasta ahora el art. 23 ha sido interpretado como una clausura de debate a la que se le fija un plazo: yo quiero saber si es esta misma la interpretación que da el Sr. Presidente.

El Sr. Presidente: La interpretación de la Presidencia es muy fácil en este caso, porque no tiene otra cosa que hacer que acomodarse al texto mismo del artículo que dice: «Cuando la mayoría absoluta de la Cámara, a propuesta de 15 Diputados, del Presidente o del Gobierno, estimen suficientemente discutido un artículo, se suspenderá la disensión de enmiendas, procediéndose, desde luego, a la votación de aquél (es decir, del artículo), una vez consumidos los turnos reglamentarios en el debate del dictamen de la Comisión.», Los turnos reglamentarios de totalidad están consumidos: de modo que una vez que se vote esa proposición, la Cámara, tramitado un solo turno, votará el artículo único que compone el dictamen. (Rumores y protestas.- Entre los Diputados de distintas minorías se cruzan palabras que no se perciben y que originan varios incidentes en el hemiciclo.) Ruego a los Sres. Diputados que ocupen sus escaños. Puede continuar el Sr. De los Ríos.

El Sr. De los Ríos: Siento muy vivamente, Sres. Diputados, haber sido designado por mi minoría para llevar esta tarde su voz; y lo siento por razones que no escapan ciertamente a la consideración de la Cámara. (Rumores.)

Seguramente recuerdan algunos Sres. Diputados que, en torno a este problema, el Diputado que habla tuvo en las Constituyentes una actitud equidistante de todos los partidos, y, como he de ser ortodoxo conmigo mismo, las razones que he de dar serán mías: la conclusión será de toda la minoría; pero permitidme que al levantarme en su nombre recuerde que fué ella misma la que me autorizó a expresar mi pensamiento personal aquella tarde en que aún no se había entrado en la formulación concreta del art. 26 de la Constitución. En aquella tarde, señores de la minoría radical, ocurrió algo triste, y fué que el partido radical entró en el juego y quería ganar la copa del laicismo; y como quería ganar la copa, no formuló una sola enmienda que pudiera atenuar la expresión tajante del art. 26; fué el Ministro de Justicia quien quedó solo abriendo caminos, indicando rutas, sugestiones que, por razones de equidad, me parecía que debieron haber sido atendidas. Pero con posterioridad se formuló el art. 26 y fueron el Sr. Guerra del Río y algún otro Sr. Diputado de la minoría radical quienes lanzaron al hemiciclo, para adelantarse a cualquiera otra iniciativa, la fórmula más expresiva en virtud de la cual el art. 26 quedaba redactado en los términos más graves.

Después, claro, el partido radical, lo mismo que los sujetos individuales, puede haber hallado el momento de la contricción. ¿Es que, realmente, el partido radical encontró, en una contricción colectiva, el estímulo para ir hacia el camino de Damasco, o es que el partido radical, inmediatamente que se separa del Gobierno, principia a buscarse a sí mismo, a buscar una posición sustantiva y unas masas suyas que le sirvan de sustentación dentro del orden republicano? (El Sr. Ministro de Obras Públicas: ¿Me permite el Sr. De los Ríos?) Con el mayor gusto. (El Sr. Ministro de Obras Públicas: El recuerdo debería ser completo. Entonces, en nombre de la minoría radical, dije que defendía el criterio sustentado en el art. 26 de la Constitución, y al mismo tiempo pedí, en nombre de la minería radical, que se reconociesen los derechos pasivos de los que pertenecían al Clero, que dejaban desde aquel momento de ser funcionarios del Estado.- Muy bien.- Rumores.- Ese fué el criterio del partido radical en las Constituyentes y lo es ahora.- Muy bien.) El partido radical, desde entonces, principia una labor consistente en definirse a sí mismo en torno a los grandes problemas. Antes, al disentirse el art. 26... (El Sr. Ministro de Obras Públicas: Al disentirse el art. 26, sentado yo, con la minoría radical, detrás del banco azul, y ahí está el Diario de Sesiones.) Si es así, Sr. Guerra del Río, queda omitida la parte que se refiere a los haberes. (Fuertes rumores.) El partido radical fué el que lanzó al hemiciclo (él el primero) lo relativo a la disolución de una Orden religiosa y a la incapacidad de todas las demás para la cuestión de la enseñanza; después ha querido rectificar la posición que esto entrañaba, y en ese proceso de rectificaciones hemos llegado a una situación en que, para tener posición de Gobierno, el partido radical necesita estar recogiendo problemas, modalidades para tratar esos problemas y ritmo parlamentario que darles, al discutirse, de esos sectores de la Cámara. (Señalando a los de derecha.) Y esta es la razón por la cual ahora nos encontramos ante una proposición de esta naturaleza, proposición de una gravedad excepcional, tan excepcional, señores Diputados, que, establecido el procedimiento de la «guillotina» el año 1918, desde dicho año al 23 se aplica tres veces (Un Sr. Diputado: Y en el mes de mayo pasado, dos.- Rumores.), y en los dos años y medio de funcionamiento del Parlamento constituyente, dos veces. (El Sr. Gil Robles: Cuatro veces.) Preguntado aquí, oficialmente, por mí, el señor oficial mayor del Congreso declaró que sólo dos veces. (El Sr. Gil Robles: Cuatro veces se ha aplicado a propuesta de la mayoría del Gobierno de que S.S. formaba parte.- Fuertes rumores y protestas.) Y nos encontramos, Sres. Diputados, con que se trata de aplicar la «guillotina», que es la forma de máxima violencia en régimen parlamentario, a un proyecto de esta naturaleza. Me van a permitir SS.SS. que afirme con cierta autoridad moral en este instante (Rumores.) que se va a aplicar la «guillotina»... (El Sr. Comín pronuncia palabras que no se entienden.) Aquí la piedad no tiene que hacer absolutamente nada. (El señor Comín: La piedad sí tiene que hacer.) De lo que se trata, Sres. Diputados, es de aplicar la «guillotina» a un proyecto de ley en que, a mi juicio, y por la actitud notoria de las Constituyentes, rechazando todas las sugestiones que hube de hacer en el banco azul, al rechazarlas, manifiestamente se denotaba que una solución como la que se propugna en este instante está en desacuerdo implícito con el espíritu del art. 26.

Después, para mantener jurídicamente la legitimidad de este proyecto, habéis acudido a conceptos inadecuados. ¡Funcionario público! Pero ¿acaso es posible a un católico, en términos de Derecho canónico, admitir, dentro de la estructura de la Iglesia católica, la posibilidad de que el sacerdote sea funcionario público, siendo así que eso es netamente protestante, netamente constantiniano, y que repugna a la esencia del catolicismo? Y habéis acudido a algo que evidentemente tiene más importancia, que es a un sentido de equidad: en esa forma era como yo lo defendía antes de estar redactado el art. 26. Sin embargo, si por razones de equidad se defiende, ¿qué orden de prelación es el que habría de dársele a un régimen de socorro y ayuda? ¿Una prelación que correspondiese a quienes, sin tener familia, tienen una masa de fieles adeptos, dentro de los cuales fieles figuran los elementos más poderosos, económicamente, de la sociedad española, con la obligación moral de remunerar un servicio que ellos solamente van a disfrutar? ¿A ésos habría de corresponder la prelación, o a aquellos otros que tienen familia y un jornal aleatorio, sin que haya nadie que tenga el deber legal de subvenir a sus necesidades? Me parece profundamente impolítico lo que hacéis; profundamente impolítico, incluso para las derechas. ¡Cuán otra situación de ánimo podría haber sido la de todos y cuán otra la fuerza moral de la argumentación que hicierais, si hubiera precedido a una petición de esta naturaleza la articulación de un Estatuto de seguros sociales, con seguro de paro! Pero ahora es esto lo que se antepone: y es que prevalecen problemas políticos, de índole estrictamente política, sobre los demás de cualquier otra naturaleza. (Rumores.) Este proyecto requería haber dejado a la Cámara una posibilidad de discusión que se le niega, y a la minoría socialista, una posibilidad de defender enmiendas que totalmente queda cercenada no hay posibilidad de defender ni una.

Pues bien, en estas condiciones, yo, en nombre de la minoría socialista, formulo una protesta enérgica ante España contra el atropello que con nosotros se comete; pero, además, quiero terminar haciendo una pregunta que, desgraciadamente, veo que no va a poder ser contestada; una pregunta al Sr. Presidente del Consejo, que una vez más insiste en su ausencia. (Rumores.) Yo no podía creer que la «guillotina», aplicada a este proyecto de ley, fuera a ser la instauración de la «guillotina» como forma ordinaria de procedimiento reglamentario; no la ha sido jamás; tan no lo ha sido, que cuando surge la «guillotina» por primera vez, el año 81, en Inglaterra, se la da el nombre de «golpe de Estado»; tal gravedad se considera que corresponde a la aplicación de una medida de esta naturaleza. Pero es que esta mañana todos hemos podido leer que el Sr. Presidente del Consejo ha dicho, después del Consejo de Ministros, que se ha acordado que en esta semana salgan tres proyectos de ley, sobre dos de los cuales ni siquiera se ha iniciado la discusión. ¿Es esto así? (El Sr. Ministro de Obras públicas: No.)

El Sr. Presidente: No es así, con todo respeto, porque el Presidente de la Cámara ha hablado con el Sr. Presidente del Consejo de Ministros y se cree, delante de un espíritu tan recto como el de D. Fernando de los Ríos, obligado a decir la verdad. El Sr. Presidente del Consejo de Ministros no me ha dicho, como Presidente de la Cámara, nada que se parezca a eso, y yo tendría que cooperar a ello como un factor parlamentariamente indispensable. En tal sentido, creo obligada esta aclaración.

El Sr. De los Ríos: Bien, Sr. Presidente; pero una cosa es que no se lo haya dicho y otra cosa es que pueda existir esa resolución. (El señor Ministro de Obras Públicas: No existe.) Comprenderá el Sr. Ministro de Obras Públicas que es desde la cabecera del banco azul desde donde procede formular de una manera clara y terminante eso, porque si se estableciera la «guillotina» aquí, como se quiere establecer fuera, ello cambiaría sustancialmente todo lo que significa el régimen tradicional parlamentario.

Es posible que haya el designio -no sé de quien- y vaya a ser servido ese designio -por un momento de alucinación o de inconsciencia- para destrozar lo que puede tener de eficiente el régimen parlamentario, respecto del cual no es el momento de pronunciarse, y tal vez por ese camino indirecto se quiera hacer imposible la estancia en esta Cámara de minorías que se vean sistemáticamente atropelladas. Esto, dada la terminante declaración de la Prensa, y la atribución de tal propósito al Sr. Presidente del Consejo, cree la minoría socialista que exige una declaración de quien puede hacerla, y, por lo pronto, nosotros formulamos nuestra protesta más vigorosa. (Aplausos.)

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el Sr. Santaló.

El Sr. Santaló: Señores Diputados, jamás pude sospechar que la iniciativa para atropellar el derecho de las minorías ante un proyecto de tal importancia como el que se debate, surgiera y fuese defendida por un grupo republicano de la Cámara; no podía sorprenderme un intento de esta naturaleza surgido de otro sector; pero que esa iniciativa, esa proposición incidental la suscriban republicanos radicales y la defiendan republicanos radicales, que se han llamado sistemáticamente laicos, que han querido defender la soberanía del Poder civil, esto es algo tan incomprensible y tan lamentable, que nosotros, a la protesta que formulamos con toda energía por el atropello que se comete, unimos también nuestra protesta por la deslealtad que con la opinión pública ha tenido el partido radical. (Rumores y protestas.)

Esta minoría fijó ya su criterio en relación con el proyecto que se debate, en términos que no dejaban lugar a ninguna duda; llevó la voz de esta minoría el ferviente republicano compañero nuestro Sr. Tomás y Piera; antes había hecho oír su voz, con todas las consideraciones de justicia, de humanidad y de piedad en relación con los funcionarios de la Iglesia, no del Estado, que, como se acaba de repetir, no lo han podido ser nunca, un hombre tan ponderado, tan ecuánime como el doctor Humberto Torres. Y ahora nos encontramos aquí con que, después de reconocer la anticonstitucionalidad de lo que se intenta, sin dejar oír la voz y los razonamientos de una minoría como la socialista. De una minoría como Izquierda Republicana, de una minoría como Esquerra Republicana, va a aplicarse, por lo menos prematuramente, que yo diría temerariamente, ese fatídico -como le ha llamado algún Diputado radical- instrumento de la “guillotina”.

Pues bien, a todos los argumentos que se han hecho aquí de anticonstitucionalidad, rebatiendo los del Sr. Ministro de Justicia, que apoya su proyecto de una manera incomprensible, afirmando el carácter de funcionarios públicos de los clérigos, cosa que representa una verdadera herejía, como reconoció un vocal monárquico en la Comisión de presupuestos, yo he de añadir que, por lo menos, hay que sumar a estos argumentos el de que lo que ahora se va a aprobar, lo que ahora se va a conceder a la Iglesia católica es un verdadero atentado a la soberanía del Poder civil. (Rumores y protestas.) Y lo es por lo siguiente: todos sabéis cómo la Iglesia católica ha abandonado, desde hace años, el sueño de constituir una monarquía universal controlada desde Roma (Rumores.); pero no olvide nadie que esta misma Iglesia no renuncia a tener un arbitraje dentro de cada nación, y advierto, señores protestantes (Risas y denegaciones.), que abundáis en la tesis del Sr. Ministro de justicia... (El Sr. Menéndez Fernández: Sois herejes; queréis hacer a toda España pagana. Entre varios Sres. Diputados se cruzan palabras que no se perciben.- El Sr. Presidente reclama orden.) Y advierto, repito, Sres. Diputados, que considero perfectamente lícita esa aspiración de la Iglesia; pero también me parece lícito que, frente a esa aspiración de la Iglesia en intervenir las cosas del Estado, se levante la opinión republicana abogando por su absoluta independencia. Frente a la aspiración de la Iglesia, esa otra aspiración de los grupos civiles republicanos de España de oponerse a toda ingerencia confesional para asegurar la plena autoridad y dignidad de la soberanía nacional. (El Sr. Varela: Que nadie combate.) Tal es la doctrina nuestra, y por eso voy a terminar, como resumen de estas palabras, contra el atropello que se comete por iniciativa de un grupo republicano, protestando, en nombre de esta minoría, de que se atente contra la Constitución, falseando la verdad, con la tesis defendida por el Sr. Ministro de Justicia al considerar a los clérigos funcionarios públicos. (Aplausos.)

El Sr, Presidente: El Sr. Bolívar tiene la palabra.

El Sr. Bolívar: No voy a salir en defensa de este régimen parlamentario; soy enemigo de él, porque esto es una charca indecente. (Risas y protestas.) Vengo, desde luego, a hacer una protesta enérgica porque, valiéndoos de vuestra seudodemocracia, queráis evitar que en estos momentos exprese el partido comunista su opinión respecto al problema que se debate, para que los obreros y campesinos de España se convenzan una vez más cuál es el camino que tienen que seguir para conseguir la completa emancipación. El Parlamento no es más que un procedimiento para crear ilusiones, para tratar, inútilmente, de convencer de que por esta vía de la democracia burguesa el proletariado va a conseguir su emancipación; pero cuando no os conviene prolongar mucho la discusión de un asunto porque el pueblo puede tomar parte en él, aplicáis estos artículos del Reglamento votando en contra del pueblo y con el estado de alarma. Levantad el estado de alarma para que se manifieste el pueblo, y seamos si es partidario o no de que se concedan al Clero esas pensiones... De ahí vuestra prisa en aprobar este asunto antes de que se levante el estado de alarma y a espaldas del pueblo, a espaldas del pueblo trabajador, no del pueblo vuestro, que es el pueblo explotador de los trabajadores. (EL Sr. Comín: ¿Y el 19 de noviembre?) El 19 de noviembre fué la protesta contra los crímenes que diariamente estáis vosotros cometiendo. Rumores.); el 19 de noviembre es una página gloriosa del pueblo trabajador, que ha indicado el camino que tiene que seguir para emanciparse. ¿Quién ha organizado el atentado de Zaragoza? Habéis sido vosotros mismos. (Protestas.) ¿Quién organiza los atentados que se cometen a diario en Málaga, sino vosotros mismos? (Nuevas protestas.- Varios Sres. Diputados: Su señoría.- El Sr. Presidente reclama orden.)

Yo no soy partidario, como he dicho, de este régimen parlamentario podrido. Sin embargo, voy a señalar una inexactitud dicha por el Ministro de Obras públicas en una interrupción a D. Fernando de los Ríos. Voy a leerla, aun cuando yo no tenía necesidad de hacer esa rectificación. Aparece en el Diario de Sesiones del 10 de octubre de 1931 que el Sr. Guerra del Río, a propósito del art. 26 de la Constitución, dijo lo siguiente: «Podemos decir desde ahora que el Estado respeta, que el Estado garantiza el sueldo de los que hasta este momento lo vienen cobrando, pero que no pagará ninguno más.» (Rumores.) No he terminado todavía. (Risas.) «Esta es la solución por que nosotros nos inclinamos: señalar un plazo para que dentro de él los católicos organicen el pago de sus servidores y, al finalizar ese plazo, deje el Estado de pagar.» (Rumores.- El señor Alvarez Angulo: ¿Qué tal, Sr. Guerra del Río?.- Varios Sres. Diputados: Eso era para los sueldos enteros.)

Voy a concluir. Después de haber formulado mi más enérgica protesta, he de hacer el llamamiento acostumbrado a los obreros y campesinos de toda España para que, deponiendo sus distintas ideologías, se unan en un apretado frente único y barran esta charca podrida, que no sirve más que para sostener al Clero, a la plutocracia y a los grandes terratenientes. Creo que ha llegado la hora de que todos los obreros y campesinos españoles se lancen a la calle a exteriorizar su protesta y prescindan del Parlamento, porque aquí es imposible luchar con vosotros. Donde únicamente se puede luchar es en la calle. En ella solamente el pueblo trabajador puede imponerse y conseguir su total emancipación. (Fuertes rumores.)

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