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«Gaziel» comenta la falta de sincronismo entre el gobierno de la Generalidad (izquierdas) y el de la República, de centro derecha

Gaziel. La Vanguardia, 5 de octubre de 1934

«Las armas de la Generalidad»

En el cortísimo tiempo que lleva de vida el nuevo régimen autonómico de Cataluña, parte esencial de la República española, las relaciones de los Poderes públicos que encarnan a uno y otra han presentado ya dos figuras sensiblemente distintas. Y ahora, en estos mismos momentos, se comienza a dibujar otra nueva. Y así como es deber de los astrónomos estudiar las fases de la luna y los eclipses de sol, el buen observador político ha de seguir también atentamente los movimientos sucesivos y las correspondientes transformaciones que se producen en la natural rotación de nuestro incipiente sistema planetario hispano. Pues todo lo que estamos viendo en la esfera política de nuestro país, desde que vinimos al mundo, y lo que probablemente ocurrirá todavía cuando ya no estemos en él, no tiene ni tendrá más significación que la de un laborioso e incierto intento de transformar los restos de un astro imperial definitivamente muerto en un conjunto planetario mucho más modesto, pero armónico y vivo. Y el período actual de esa tentativa de renovación es uno de los más difíciles y delicados.

Primera fase: el Gobierno de la República y la Generalidad de Cataluña, apenas creados uno y otra, se entendían perfectamente porque -izquierdistas los dos- sus respectivas rotaciones estaban sincronizadas. Fué la época del sol espléndido y de la luna llena. El Gobierno de Madrid lanzaba el claro brillo de sus fuegos, como si fuese eterno, y el satélite plateado de la Generalidad presentaba una faz redondeada y risueña, al recibir plenamente esos reconfortantes destellos. Se dijo que el llamado problema de Cataluña (en realidad el problema hispánico) estaba resuelto para siempre. La República -proclamaban los optimistas- había reincorporado definitivamente Cataluña a España.

Segunda fase: cambió el Gobierno de la República, y sus destellos se inclinaron sensiblemente hacia la derecha. Entonces la luna de la Generalidad, que seguía rodando hacia la izquierda, perdió en parte su foco y apareció en cuarto menguante. Un buen cacho del astro autonómico desapareció en la sombra. Y la parte restante, todavía iluminada, lo fué ya como de soslayo, con esa melancolía característica de la luna declinante al vagar como desamparada por el cielo otoñal. A poco surgieron nubarrones oscuros y en sus tenebrosas entrañas brillaron los primeros relámpagos. Este proceso de borrasca ha durado varios meses, hasta la caída del Gobierno Samper.

Tercera fase o actual: la rotación del Gobierno de la República y la de la Generalidad están casi desincronizadas del todo. No parecen del mismo sistema. El sol va por su lado, la luna por otro. Hay riesgo de que se produzca un eclipse: entre ambos amenazan interponerse varios cuerpos opacos. Las tinieblas aumentan, las chispas menudean, los truenos redoblan. ¿Qué va a ocurrir?

Pues bien: el deber de todo astrónomo con sentido común es anunciar que no debe ocurrir nada, que esto es un caso perfectamente previsto y normal en las esferas siderales, y que, de suceder algo grave, un choque u otro cataclismo cualquiera, será pura y exclusivamente por necedad de los hombres, y no, en manera alguna, por fallo o deficiencia de las leyes cósmicas.

El caso presente, de que el Gobierno de la República sea un gobierno de derechas, mientras el de la Generalidad es un gobierno de izquierdas, o al caso contrario (que puede ocurrir, y ocurrirá seguramente, el día de mañana), son contingencias normales, previsibles, lógicas, que en sí nada tienen de lamentable ni peligroso, como no sea la desviación que les den la bellaquería o la malignidad humanas. Claro que sería muchísimo mejor, más llano, si el sistema político español funcionase como un aparato de relojería sencillo, y que el sincronismo de sus distintas piezas fuese tan perfecto, que cuando de pronto una de las ruedas acelera su ritmo, lo acelerasen también las demás, por modo idéntico, y cuando una se retrasa, se retrasasen igualmente todas las restantes. ¡Pero eso fué, precisamente, la desastrosa uniformidad de que abominamos tantos españoles, y de la cual los catalanes muy en especial venimos blasfemando y huyendo!

Un régimen autonómico o federativo es todo lo contrario de un mecanismo sincronizado de manera simple, uniformista y estrecha. Y a lo que más se parece, no es a una miserable obra de relojero humano, sino a la grande y maravillosa relojería de Dios, que supo lanzar al espacio verdaderos enjambres de cuerpos autónomos, cuyas densidades, rotaciones y traslaciones ofrecen, en cada uno de por sí, diferencias colosales y contrastes tan grandes que llegan a parecer irreductibles, pero cuyo conjunto se mantiene trabado en sistema perfecto, gracias a la superior armonía de una cohesión soberana. Y ante eso -o, bajando a la más terrena realidad, ante la diversidad enorme y la convivencia admirable que se ofrecen en el imperio británico- ¿vamos nosotros a asustarnos y echarlo todo a rodar, porque en nuestro incipiente y microscópico sistema autonómico hispano coexisten un gobierno central de derechas y un gobierno regional de izquierdas? ¿Tan menudas y tan estúpidas serían nuestra ciencia, nuestra habilidad astronómicas?

Desde que el Gobierno de la República y el de la Generalidad dejaron de vivir acordes, uno y otro, presas de una combatividad intempestiva e innecesaria, han desbarrado muchas y repetidas veces. En esta discordancia nada favorable, la Generalidad, que es la parte más débil, la más tierna y quebradiza -la que, siguiendo nuestra comparación planetaria, desempeña, quieras que no, y habrá de desempeñar aún por bastante tiempo (aunque no eternamente), el papel de luna, del satélite que experimenta en sí mismo los altibajos de la irradiación recibida del centro solar que es la República española-, ha sido, sin duda alguna, la más hipersensible, la más nerviosamente vulnerable. Las molestias recibidas del Gobierno central, en varias ocasiones, pusieron a la Generalidad -o a un sector muy importante de sus componentes, no a todos, por fortuna- en un verdadero frenesí. De ahí que su manera de enfocar la pugna haya resultado, en algunos momentos, realmente frenética. ¡Y este es, precisamente, un proceso larguísimo, lento, que requiere una serenidad y una calma infinitas!

¿Acaso Castilla consiguió castellanizar a la mayor parte de España, en un abrir y cerrar de ojos? No: fué la suya una obra paciente, tenaz, una obra de siglos. Pues este empeño nuestro, de Cataluña, no ya de catalanizar opresivamente, pero sí de infundir el sentido catalán, la visión diversificada, el sentimiento autonomista y federativo propios, a todas las demás tierras de España, es otra empresa colosal, si no tan ardua como aquélla, por lo menos extraordinaria y difícil. Para realizarla, debemos armarnos los catalanes, sí; pero no de armas de fuego, sino de armas de luz. Estas deben ser las formidables y únicas armas de la Generalidad de Cataluña. A golpes de inteligencia derribaremos a Castilla, a pesar de la inmensa fuerza de que dispusieron en sus grandes tiempos, no pudieron con nosotros, con nuestro indestructible espíritu, cuando emplearon contra él la violencia repetidas veces, ¿cómo vamos nosotros, mucho más débiles y menos guerreadores, a poder brutalmente con ellos?

Por esto yo quisiera -y daría, por verlo, cuanto tengo y pueda tener- que la Generalidad, con los sucesivos gobiernos que la representen, tuviese, mientras dure, la virtud de ser política, y abandonase de una vez para siempre el vicio de querer ser guerrera. O triunfaremos por la inteligencia, o perderemos. Incluso en las horas más favorables, la jactancia de una fuerza bruta que no poseemos nos perjudicará siempre. Y yo creo que nos perjudicaría incluso en el caso de que la poseyéramos. La violencia, tal vez por raro instinto, me ha repugnado siempre. Soy de los convencidos inexpugnablemente de que la guerra no ha resuelto ni mejorado nunca nada. Todo cuanto con ella aparentemente se hizo, sin ella se habría hecho muchísimo mejor. La inteligencia, el tacto, la constancia gobiernan el mundo. Procurándose esas armas invencibles, la Generalidad podrá reírse amablemente de todas las contrariedades, de todas las peripecias, de todas las fases menguantes que debe experimentar. Si lo que se procurasen fuesen ametralladoras, iríamos fatalmente a la ruina.

Cuando, en mis horas de astrónomo solitario, observo con angustia las mil cosas inútiles, nocivas, que en Cataluña se han venido haciendo por unos y otros, y especialmente desde el plano gubernamental, en el poco tiempo transcurrido desde que alcanzamos una rudimentaria autonomía, no puedo menos que suspirar y decirme: en medio siglo escaso, que es lo que lleva de vida nuestro movimiento político, a pesar de nuestra aspereza, de nuestra falta de elegancia, de nuestra nulidad diplomática, de las trombas de rencor que innecesariamente levantamos, conseguimos hacernos casi los árbitros de la vida pública española. Con un poco de inteligencia, de unión entre nosotros, de maneras con los demás, de habilidad, de amplitud espiritual, de verdadero sentido práctico, en otros cincuenta años -¡ah, Señor!- podríamos todavía hacernos..., no digamos los amos, los regeneradores de España.-

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