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La última lección de D. Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno - Boletín Oficial del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1932

ORDEN MINISTERIAL

Ilmo. Sr.: Con objeto de que alcancen la mayor difusión posible entre los estudiantes las elevadas y certeras palabras que el glorioso Maestro D. Miguel de Unamuno les dirigió en el solemne acto de la apertura de curso celebrado en la Universidad de Salamanca el 30 de Septiembre, con motivo de su jubilación en el Profesorado.

Este Ministerio se ha servido disponer:

1.º Que se publique en el Boletín Oficial de este Departamento la alocución a los estudiantes mencionada; y

2.º Que dicho texto se fije en el tablón de anuncios de todas las Universidades, Institutos de Segunda enseñanza, Escuelas Normales del Magisterio primario, Escuelas de Bellas Artes, Conservatorios y Escuelas dependientes de la Dirección general de Enseñanza Profesinal y Técnica.

Lo digo a V.I. para su conocimiento y demás efectos.

Madrid 1.º de Octubre de 1934.

FILIBERTO VILLALOBOS
SEÑOR SUBSECRETARIO DE ESTE MINISTERIO
(«Gaceta» del 3 de Octubre.)


Discurso de Unamuno en la Universidad de Salamanca

ESTABA ya impreso este mi discurso inaugural de este nuevo curso académico cuando me vino a la memoria -a la memoria de dolores, que es la más tenaz- la mayor lección, no que di, sino que recibí, como rector de esta Escuela. Fue la del 2 de abril, viernes de Dolores, de 1903, cuando por una de esas tristes algaradas estudiantiles la Guardia civil hubo de matar a dos estudiantes, a uno aquí mismo, en un aula de aquí arriba -sus ventanas cerradas-, y a otro a la puerta del Instituto, en el vecino patio de Escuelas Menores. No he de historiar ahora aquel lamentable suceso ni ponerme a discernir culpas y disculpas. Baste decir que el origen de la algarada que costó aquellas dos vidas inocentes -eran unos pobres muchachos pacíficos y sencillos- fué debido a creer el relato de otro pobre estudiante víctima de alucinaciones. Los pobres muchachos no se detenían a comprobar las afirmaciones de quien se soñaba agraviado.

Después, si han vuelto alborotos, han sido más inocentes, y aquí, en esta Casa, las inevitables -ni hay por qué evitarlas- disidencias doctrinales entré quienes estudian para comparar y distinguir y escoger doctrinas, esos alborotos se han mantenido en un campo incruento. En un campo incruento, no pocas veces de una especie de deporte revoltoso -no revolucionario-, cuando no preguntón.

Y es que aquí, España sea loada, esas contrapuestas asociaciones escolares se han mantenido en terreno de convivencia civil. Y aún hay más, y es que ni se ha llegado a privilegios y monopolios de favores oficiales. Y puesto que en este curso se han suprimido las aperturas oficiales de las Universidades excepto en ésta, y puesto que soy yo quíen desde ella, donde sigo de rector, ha de dirigir la palabra de consejo a los estudiantes universitarios de toda nuestra España, quiero con estas palabras, que para fijarlas mejor, he escrito no hace tres horas, quiero con ellas hacer un llamamiento a la paz, a la paz en la guerra. Así titulé mi primera y más largamente pensada y sentida obra, en que narré las luchas civiles que se encendían en torno a mi niñez.

Aquí, dilo, no se ha privilegiado a ninguna asociación escolar. Una ha habido que presentó sus estatutos a ser aprobados en el Gobierno civil y lo fueron, a pesar de que los más de los socios eran menores de edad; lo fueron porque esa asociación se ampara en un decreto que la creó. Mas yo, como rector, no quise reconocerla y no la di estado en esta Casa. ¿Que no era política ni confesional? Toda asociación acaba siéndolo. Y no hay otra asociación estudiantil libre de sectarismos que la que forman los estudiantes todos debidamente matriculados. No la reconocí. Pesaba sobre mí el recuerdo de aquellos dos pobres mozos -casi niños- que aquí fueron muertos, de bala, antaño, y pesaba sobre todo la impresión de la barbarie desatada en otros centros de enseñanza. No ni mis estudiantes, los de esta mi Universidad -y la llamo mía tanto porque ella me ha hecho cuanto por cuanto Ia he hecho yo- habían de caer o aquí o en esas calles bajo unas balas ciegas de una guardia exasperada ni menos bajo las balas de una pistola que acaso se esconde dentro de un libro mondado, convertido en caja del más repugnante matute.

El que de semejante artilugio se valga ni es joven -ya que se presume de juventud- ni es estudiante, ni tiene conciencia civil, que es conciencia moral. Es, a lo menos, malo, víctima de esa terrible epidemia histérica, de esa fatídica apetencia de disolución nacional, civil y social que está corrompiendo a una parte de nuestra juventud. Que a los dieciocho o veinte años vuelve por un fenómeno patológico de involución, no a la dulce, sonriente y creativa mentalidad de los cinco años, cuando el niño se está creando -y con la palabra- el mundo, su mundo, sino a una pavorosa dementalidad de pobre niño abandonado sin hogar espiritual.

Y ahora, estudiantes míos, tengo que deciros otra cosa. Sería congojoso que os ejercitarais en el abuso de las armas de fuego -o de las llamadas blancas- y que las escondierais en el mondado libro de matute, pero más congojoso será que os dejéis ganar del ejercicio de otras armas peores. Me refiero a las de la calumnia, la injuria, la insidia y el insulto de que tanto empiezan a abusar vuestros mayores. Os están enseñando a calumniar, a injuriar, a insultar a la generación de vuestros padres y abuelos. Os están incitando a despreciarlos. Os están incitando a renegar de los que os dieron vida.

Vosotros, estudiantes españoles, que os ejercitáis en la investigación científica, histórica y social, en la dialéctica -escuela de tolerancia y de comprensión de la concordancia final de las discordancias; de la coincidencia de las oposiciones que dijo el Cusano- vosotros tenéis que enseñar a vuestros padres -a nosotros- que esa marea de insensateces -de injurias, de calumnias, de burlas impías, de sucios estallidos de resentimientos- no es sino el síntoma de una mortal gana de disolución. De disolución nacional, civil y social. Salvadnos de ella, hijos míos. Os lo pide al entrar en los setenta años, en su jubilación, quien ve en horas de visiones revelatorias rojores de sangre y algo peor: livideces de bilis.

Salvadnos jóvenes, verdaderos jóvenes, los que no mancháis las páginas de vuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis. Salvadnos por España, por la España de Dios, por Dios, por el Dios de España, por la Suprema Palabra creadora y conservadora.

Y en esa Palabra, que es la Historia, quedaremos en paz y en uno y en nuestra España universal y eterna.

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