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Discurso sobre el Estatuto de Cataluña

Alonso de Armiño - Diario de Sesiones, 6 de mayo de 1932

Señores diputados, el grupo parlamentario a que pertenezco me ha designado para tomar parte en esta discusión. Es éste un honor completamente desproporcionado con mis escasos méritos, y pretenderle hubiese sido una prueba de audacia, de la que soy incapaz; pero no se me ha ofrecido en tales términos y en tales condiciones, que me fue imposible rehusarle. Al aceptarlo contaba, señores diputados, con vuestra indulgencia, que yo he de reclamar hoy con más ahínco que otras veces, porque más que nunca la necesito. Las dificultades que mi posición había de llevar siempre consigo están noblemente agravadas con el hecho de tener que hacer uso de la palabra después de los elocuentísimos discursos que habéis oído. No obstante, tengo alguna esperanza de que mi intervención en este debate no será totalmente infructuosa, porque si estoy bien seguro de que en mi pobre y desmañada palabra no ha de brillar la elocuencia, espero que pueda la emoción llegar a mis labios; y éste es un problema, como ha dicho muy bien el señor Sánchez Román, en el que la parte sentimental juega importante y decisivo papel.

Discrepo, sin embargo, de la autorizada opinión del Sr. Sánchez Román en que me parece que el elemento sentimental no puede ni debe ser apartado del problema; constituye parte de su esencia, gran parte de su importancia, y dejarla a un lado sería mutilarle. Pensad, señores diputados, que nosotros podemos resolver este problema de las facultades que se van a ceder a Cataluña con la misma impasible frialdad con que podríamos discutir las atribuciones del Consejo de Instrucción Pública o las del Consejo de Sanidad, es no darse cuenta de la verdadera trascendencia e importancia de la cuestión. Indudable, indiscutiblemente, de los gravísimos problemas que se han visto obligadas a abordar estas Cortes, ninguno ha producido una mayor expectación, ninguno ha conmovido más hondamente a la opinión que éste; estoy por decir que ni aun el problema religioso. Cierto que para todo espíritu creyente –y creyentes lo somos todos, porque aun en la negación sectaria hay un cierto modo de fe al revés- el problema religioso ocupa siempre el primer plano de la conciencia, pero la fe tiene la característica de que es fuente y raíz de esperanza; de manera que cualesquiera que sean las vicisitudes por que en el orden religioso pasen los pueblos, queda siempre el convencimiento de que esas situaciones de persecución, esos tiempos de borrasca han de ser transitorios y más pronto o más tarde han de triunfar los ideales. Pero el problema actual, señores diputados, con instinto seguramente certero, vislumbra el pueblo español que se está tratando una cuestión que si se resuelve mal es probable, es posible, me atreveré a decir que es seguro que no tendrá fácil arreglo.

Cuando el Sr. Maura, en el elocuente discurso con que inició este debate, trataba de las distintas posiciones que era posible adoptar enfrente de él, decía que una de estas posiciones era la de la negación de la realidad del problema, la de aquellos que dicen que es algo artificial y ficticio, no un problema vivo, encarnado en la entraña misma de la realidad, y decía, a mi juicio con acierto, que esta posición no tendría seguramente defensores dentro de la Cámara. En efecto, señores diputados, para mí la realidad del problema actual es manifiesta, es evidente: sobre la mesa está el Estatuto. Ha venido aquí un Estatuto formado por eminentes personalidades de Cataluña, aprobado por sus Ayuntamientos, ratificado por un plebiscito. Ya sé yo que no sólo en el resto de España, sino en Cataluña misma, se dice y se sostiene que en ese plebiscito hay mucho de aparatoso, mucho de amañado, mucho de artificioso, que no es expresión real y verdadera de la voluntad de Cataluña. Quizá sea así; yo así lo creo; pero yo os digo que es cuestión que no me interesa dilucidar, porque para lograr amañar un plebiscito que afecta a una región entera, para lograr sumar a su favor el voto de los Ayuntamientos todos, se necesita una fuerza real y efectiva en esa región. Es imposible que se convenza nadie de que sin una fuerza considerable puede lograrse un resultado semejante.

De manera que para mí ese Estatuto es demostración palmaría de que el problema es un problema real y es un problema vivo, y en presencia de él la actitud natural, el orden lógico exigen que nosotros nos esforcemos, primero, en definirle y determinarle bien, en situar el verdadero estado de la cuestión, y después en buscarle solución; en buscarle solución si la tiene, si la solución es posible, porque entre las hipótesis que no pueden ser a priori desechadas está, señores diputados, la de que éste sea un problema de solución imposible. Los razonamientos matemáticos aplicados a un problema no siempre llevan a resolverlo; en muchos casos conducen a patentizar que no puede resolverse, que la resolución es imposible y esto es obtener un resultado y un resultado estimable, porque conocer que un problema no se puede resolver, evita el gasto de fuerzas empleadas en la ineficaz tarea de querer resolverlo y, al mismo tiempo, puede orientar bien respecto a lo que, en lo sucesivo, puede hacerse.

Cuando un problema es insoluble, resta averiguar si lo es porque esté mal planteado, y en este caso es indicado buscar un planteamiento nuevo que permita la solución, y cuando el problema es insoluble, no por mal planteado, sino por la naturaleza del mismo, entonces quedan todavía por estudiar los caminos que hay que seguir de no resolverlo, a fin de poder aminorar los daños que de ello pudieran surgir.

Este es, por tanto, el esquema de lo que va a ser mi discurso, en el que procuraré molestar vuestra atención lo menos posible, y aquí es donde yo digo, señores diputados, que no es lícito eliminar el aspecto sentimental y aun pasional de la cuestión.

¿En qué consiste la cuestión catalana? ¿Cuál es el problema catalán? El problema catalán, señores diputados, a mi modo de ver, consiste en que hay una masa de opinión considerable en Cataluña que se cree dominada, oprimida por el resto de España, por lo que allí llaman genéricamente Castilla, que no es la Castilla clásica e histórica, sino que es toda España, con excepción de Cataluña, y, a lo sumo, de aquellas otras regiones que tienen pendientes con España pleitos semejantes al pleito catalán.

Cataluña se considera oprimida, Cataluña se considera dominada, Cataluña se considera sometida, y esto crea un estado pasional, un estado sentimental intenso, en el cual se presenta como reivindicación el lograr una libertad de la que creen carecer. Este es el problema.

Que el problema apasiona en Cataluña, es indudable. La solución que se le busque, por tanto, tiene que ser de tal naturaleza que ese estado pasional de Cataluña cese. S no, no habremos conseguido nada. Y aquí mi discrepancia en el punto de vista con el ilustre orador que me ha precedido en el uso de la palabra, el Sr. Sánchez Román, que decía: «Este es un problema que ha de resolver la inteligencia; es preciso que con toda frialdad lo examinemos.» Bien está señores diputados que procuremos refrenar todo movimiento pasional que nos perturbe el juicio en momentos tan solemnes. Justo es que procuremos aquella frialdad indispensable para que el dictamen de la razón no se extravíe; pero, señores diputados, pensar que por simple juego del raciocinio se va a resolver este problema, es mutilarlo, es considerarlo de una manera incompleta.

El problema catalán se ha de resolver de tal suerte que Cataluña quede satisfecha, que ese espíritu de reivindicación que en Cataluña se nota se considere atendido; en suma, que el estado pasional de Cataluña cese. Si no, no hemos hecho nada. Veo signos de aprobación de los señores catalanes y me complace que así lo estimen ellos también.

Pero con plantear así el problema, señores catalanes, no hemos planteado más que la mitad del mismo, porque aquí siempre que del problema catalán se trata, hay, a mi juicio, esa deficiencia que yo quiero subsanar, porque si apasionamiento hay en Cataluña, sin en Cataluña hay quejas contra el estado jurídico actual, es innegable también que hay una gran corriente sentimental en la parte española que no es Cataluña. Si vosotros apasionadamente lucháis por unas reivindicaciones, apasionadamente también el resto de España se opone, en mucho, a esas pretensiones. Al estado pasional de Cataluña responde otro estado pasional del resto de España, y si nosotros intentásemos resolver el problema con los ojos puestos en Cataluña solamente, no lo resolveríamos, a lo sumo lo desplazaríamos, y el descontento que hoy se nota en Cataluña podría notarse en el resto de España. Y entonces, señores diputado, ¿qué habremos conseguido? Nada.

Por lo tanto, la solución, si solución ha de tener este problema, tiene que ser una solución de concordia y armonía, una solución que a vosotros, catalanes, os satisfaga, y que a los que no somos catalanes nos satisfaga igualmente; algo que en vosotros pueda borrar la idea de esa opresión que vosotros sentís o creéis sentir, y, al mismo tiempo, que en nosotros no deje el resquemos de que se ha violado y se ha quebrantado algo que nosotros consideramos como fundamental en la vida de la nación española.

Creo que el problema lo he planteado con franqueza. ¿Es cierto, está justificado ese sentimiento, que reconozco existe en Cataluña, de protesta, de reivindicación? Yo creo que no. Castilla, señores diputados, tuvo siempre un pensamiento político. En un discurso memorable, el señor ministro de Instrucción Pública hoy, de Justicia entonces, decía, haciendo seguramente justicia a Castilla: «De todas las regiones españolas, es Castilla la que ha tenido un pensamiento político.» Y es verdad. Desde que Castilla nace, en los tiempos de la Reconquista, como un pequeño pueblo al pie de la peña de Amaya, alienta en ella un pensamiento, una aspiración, un ideal que ha sido el móvil de todos los actos de su historia: el de constituir una gran nación y una gran unidad, cuyos límites fuesen los de la Península ibérica. Ese pensamiento aparece siempre en la historia castellana como una aspiración de sus hijos. Pero si Castilla ha tenido este pensamiento no se podrá, sin notoria injusticia, acusarla de espíritu imperialista, de espíritu conquistador, de espíritu violento, porque ese ideal de la constitución de un gran pueblo, de una gran nación, lo ha buscado siempre Castilla por medios de concordia y de armonía. No hay una sola región, no hay un solo trozo de la Península ibérica que pueda, con razón, decir que si pertenece a la unidad española es porque Castilla le ha dominado por la fuerza. Jamás, jamás la conquista ni la violencia sirvieron de instrumento a Castilla para realizar el pensamiento de la constitución de una gran nacionalidad. Fue, por acuerdo de los demás pueblos, por identificación de su sentir y de sus ideales, como Castilla, poco a poco, realizó esa gran obra unificadora.

Cuando la obra de la unidad culmina en el matrimonio de los Reyes Católicos; cuando se unen los dos pueblos, que entonces sumaban la totalidad de los pueblos cristianos de la Península, Castilla y Aragón, se da el caso, señores diputados, de que Castilla está representada por la hembra, doña Isabel, mientras Aragón lo está por el varón, D. Fernando, y se produce este resultado que, a primera vista, pudiera parecer paradójico, pero que a mí me parece providencial: que el Estado más grande, el más poderoso, el Estado castellano, es el que teme por su independencia, y también el que siente el regalo de la intromisión del otro Estado más débil, creyendo que en este matrimonio la autoridad natural del varón, ejerciéndose sobre la hembra, puede significar una limitación de la independencia de Castilla. Y no es Aragón, el pequeño, el menos poderoso, el menos extenso de los Estados; es Castilla, el más grande, el más fuerte, el que recaba seguridades de que Aragón no dominará a su régimen, seguridades que cristalizan en aquella célebre fórmula del «Tanto monta», que es la leyenda del escudo de los Reyes Católicos.

Esta es Castilla; pero contra ella soléis también, señores, lanzar otra acusación. Decís que Castilla es asimilista, que Castilla ha tenido la pretensión de acabar con todas las diferencias regionales y de imponer su fuerza, de imponer su idioma, de imponer sus costumbres, de imponer sus leyes a los demás pueblos españoles; y contra eso yo os digo, señores diputados catalanes, que si con toda imparcialidad y serenidad examinamos la cuestión, veremos que el hecho de que después de muchos siglos de constituida la nación española subsista aún en todas partes la diferencia de legislación de derechos civiles que perdura en los países forales, y que el caso de que podéis todavía hablar de un hecho diferencial entre vosotros y nosotros existe, están demostrando de una manera palmaria que la política de Castilla n ha estado inspirada en propósitos asimilistas. Haciendo caso omiso de estos últimos años, en los que envenenando la pasión el problema ha podido inspirar desviaciones del camino recto, ¿podríais citar algún caso, algún hecho en que este afán asimilista de Castilla se demuestre? Indudable e indiscutiblemente no.

Quiero, por último, someter a vuestra cordialidad otra consideración. Cuando un político, después de una larga vida pública, en la que ha ocupado los más altos cargos, llega a la vejez pobre, esta pobreza constituye, indudablemente, un timbre de gloria; porque este hombre habrá podido cometer errores, pero es indudable que los errores no los inspiró el egoísmo ni la codicia. Pues bien; Castilla, la pobre Castilla, la de los campos yermos, pobre, con esa pobreza que alguna vez, de modo poco delicado, se nos ha echado en cara, tiene ese título de gloria y puede exclamar: «Decía que hemos tenido la hegemonía en España, que hemos dominado en la nacionalidad española.» Pues bien; este pueblo es el pueblo más pobre de España, y mientras ve –con satisfacción lo digo- la riqueza de los pueblos que la rodean, puede ostentar su miseria como un timbre de gloria; puede decir que no ha inspirado nunca su política en móvil egoísta, cualquiera que él sea. Esto merece, creo yo, alguna atención. (Muy bien.

Y llegamos, señores, al segundo punto de mi discurso. Planteado el problema, vamos a ver ahora cuál puede ser su solución, porque la solución natural y lógica, que es la de modificar el estado sentimental por el influjo de las ideas, es una solución demasiado larga para que en el terreno pragmático de la política yo la presente ahora para resolver el problema. No podemos esperar a eso. ¿Y qué solución podemos darle? Y, concretamente, el Estatuto que habéis presentado, que es lo que aquí discutimos, ¿puede considerarse como solución del problema de Cataluña? Yo os digo, señores diputados, que no; y os digo que el Estatuto no puede serlo por tres razones: primera, por su origen; segunda, por la forma en que se presenta, y tercera, por su fondo.

Primera, por su origen. El origen del Estatuto catalán está en el pacto de San Sebastián; en ese desdichado pacto, que viene desviando de sus cauces naturales esta cuestión y creando no pocas dificultades a su solución satisfactoria. El Sr. Maura nos explicaba el día pasado (al parecer, sin contradicción de nadie) lo que había sido ese pacto; pero es necesario que nosotros lo analicemos, lo aquilatemos, que veamos lo que es y lo que significa.

En unos días tristes para España surgió en el ánimo de muchos el deseo de restaurar la libertad ciudadana e, indudablemente, con absoluta buena fe (prescindamos de sí acertada o equivocadamente, porque todas esas cuestiones deben quedar aparte en una discusión como ésta), creyeron lograr su objetivo con un cambio de régimen. Para alcanzarlo conspiraron, y de esa conspiración es un episodio el pacto de San Sebastián. A él fueron muchos españoles, que no buscaban más que lo que consideraban que era una necesidad, un bien grande para España: la restauración de la libertad ciudadana. A ese pacto fuisteis también los catalanes, o algunos de vosotros; pero en esos momentos solemnes, de angustia para la nación española, vosotros pensasteis en catalán y no en español, y vosotros buscasteis, no el bien para la nación entera, con absoluto desinterés y apartamiento de todo egoísmo, sino que buscasteis, antes que nada, la solución de vuestro problema regional e impusisteis unas condiciones para prestar vuestro apoyo. No creo que esta posición vuestra en el pacto de San Sebastián sea propia para despertar la cordialidad en el resto de España.

Los conspiradores de ayer son el Gobierno de hoy, y vosotros acudís, apenas constituida la República española, a este Gobierno y le presentáis la letra que en días de angustia hubo de aceptar, y le exigís su pago. Por mucho que hagáis, no podréis destruir en España el convencimiento de que el Estatuto es una exigencia que vosotros fundáis en un consentimiento que se arrancó en momentos difíciles a u nos hombres que se proponían hacer la revolución. (El Sr. Companys: Antes de que S.S. hiciera nada por laRepública estaba yo cansado de ser republicano.- Rumores.- Un señor diputado: No dice eso.) Yo, Sr. Companys, no he hecho nada por que viniera la República. (Un señor diputado: Contra la República, sí.) No tenemos que discutir ese punto. (El Sr. Royo Villanova: ¡La Dictadura es lo que hay que liquidar aquí! ¡Eso lo explicaré yo bien! –Risas.) La forma como presentáis el Estatuto no es posible nos complazca más que su origen. Os presentáis aquí diciendo que traéis un Estatuto que ha nacido de la autodeterminación de Cataluña y que el poder deCataluña nace de su voluntad. Venís aquí, por lo tanto, con un desconocimiento de la soberanía nacional que encarna esta Cámara, presentando soberanía contra soberanía, y eso no lo podemos tolerar. (Muy bien.) En España no hay más que una soberanía la soberanía de la nación española, y un órgano de esa soberanía, que son estas Cortes. (Muy bien.) A estas Cortes pueden los españoles, individuos o provincias, municipios o regiones, venir con peticiones; pero no pueden venir, pretendiendo ostentar una soberanía que no tienen, a decir: «Venimos a pactar con vosotros.»

Es más: no venís sólo a pactar de igual a igual, sino que venís, como si fuéramos un pueblo vencido, a dictar las condiciones que queréis que aceptemos casi sin discusión. Ya sé yo que ese lenguaje no se va a oír en esta Cámara; pero representación tan autorizada de Cataluña como es el propio presidente de la Generalidad está diciendo un día y otro que la voluntad de Cataluña ha de prevalecer, que las Cortes se someterán a la voluntad de Cataluña, y que si no se someten, los catalanes seguirán luchando por que su voluntad prevalezca. Es decir, que venís a decir a los españoles: «Ahí tenéis lo que nosotros queremos que sean el Estatuto fundamental de Cataluña y la organización del Estado español, para que vosotros los aceptéis, porque si no los aceptáis, el problema catalán no estará resuelto y nosotros seguiremos trabajando para que la voluntad de Cataluña prevalezca.» No se puede plantear así el problema.

Soy yo tan amante de la libertad y tan respetuoso con la voluntad de los pueblos, que os digo –y seguramente como yo piensa la mayor parte de los castellanos- que si la voluntad formal y decidida de Cataluña es separarse de España, yo reconozco que tenéis derecho a separaros, podéis hacerlo, porque de ninguna manera Castilla y España quieren españoles a la fuerza. Claro está que habría de tratarse de una verdadera voluntad, libremente expresada y con las garantías suficientes para que no fuera una veleidad pasajera, sino una voluntad firme y persistente; pero repito que si esa voluntad existiese, no encontraríais seguramente, obstáculos en Castilla para vuestra absoluta independencia.

A lo que no tenéis derecho, formando parte de España, es a dictar las condiciones en que vais a permanecer con nosotros. Eso nos toca decidirlo a todos; es decir, a España entera, y en representación de España, a estas Cortes. Ahí estáis sentados con nosotros, con igualdad de derechos que nosotros, ostentando la misma representación que nosotros, tomando parte en nuestras deliberaciones, participando en la soberanía nacional como nosotros. Esta es la única soberanía que os podemos reconocer. Una soberanía parcial, como representantes de Cataluña; en nombre de la voluntad de Cataluña, nunca. (Muy bien, muy bien.)

El Estatuto, pues, no es aceptable por su origen; no es aceptable por la forma como se nos presenta y tampoco es aceptable por el fondo del Estatuto mismo. Habéis redactado –muchos en Cataluña no se recatan de decirlo- un Estatuto de verdadera soberanía. Vosotros presentáis un presidente frente a un presidente; un Gobierno frente a un Gobierno; un Parlamento frente a un Parlamento; unas leyes frente a unas leyes; un idioma frente a un idioma y una Justicia frente a una Justicia. ¿Qué queda, por lo tanto, señores diputados, de la soberanía nacional, de la unidad nacional? Queda, simple y sencillamente, una expresión geográfica, limitada por unas fronteras esmaltadas aquí y allá por Aduanas; queda un Poder encargado de votar unos Aranceles y llevarlos a la práctica para la protección de vuestra industria; queda un Ejército para que os defienda en el interior y en el exterior; queda un Poder con una representación diplomática para que se ejerza en beneficio vuestro fuera de España, y tres o cuatro migajas más de soberanía que nos dejáis porque no os conviene conservarlas. (Muy bien.)

Vuestras aspiraciones económicas las formuláis en términos tales, que constituyen para nosotros un nuevo motivo de dolor. Vosotros, en el orden económico, pedís que se os den todas las contribuciones directas y pretendéis imponer al Estado la prohibición de establecer otras nuevas; pero vosotros tendréis libertad para instaurar las que os plazca; es decir, la soberanía fiscal de España ha desaparecido. Puede suceder, vosotros aceptáis la hipótesis, que los recursos que dejáis al Estado central no basten para satisfacer sus necedades, y entonces decís que Cataluña contribuirá con la parte proporcional que le corresponda y por habitante lo mismo que los demás habitantes de España; es decir, que en este caso, el opulento industrial de Cataluña y el mísero habitante de Las Hurdes son para vosotros lo mismo y consideráis que deben contribuir de la misma manera. (Rumores.) Así se reparten las cargas en una Sociedad mercantil, pero no en una nación, ni tampoco en una familia; en una nación es preciso que el que más tiene más dé, para que el que menos tiene reciba más; ésta es la manera de entender la solidaridad, y si porque sois más ricos queréis guardar para vosotros vuestros recursos, para vivir mejor y no contribuir a que se eleve el nivel cultural y de vida de las regiones pobres, yo digo que rompéis los vínculos de la unidad y que la unidad nacional queda rota cuando egoístamente se rompen esos vínculos de solidaridad. (Muy bien.)

En resumen, señores diputados, creo haber demostrado que el Estatuto que presentáis como solución del problema catalán no es su solución. ¿Qué es lo procedente en estos momentos? Yo quisiera, señores catalanes, invocar de la manera más sentida esa cordialidad de que tan frecuentemente habláis vosotros, para deciros lo que estimo que debéis hacer en este caso. El problema catalán entraría en vías de solución satisfactoria si los catalanes tuvieseis el gesto gentil de retirar este Estatuto; retirad ese Estatuto en estos momentos angustiosos en que la República española tiene tan graves problemas que resolver, no agravéis la situación a esos hombres que merecen las simpatías de todos los españoles por las responsabilidades grandísimas que sobre ellos pesan, trayendo un nuevo problema que sumar a los muchos que constituyen su preocupación constante. Y ante estas Cortes, o mejor antes otras Cortes que hayan podido ir a recabar sus poderes con pleno conocimiento por parte de sus electores de las cuestiones que han de resolver, traed ante ellas vuestro problema, no como un Estatuto que nazca del pacto de San Sebastián, ni de pacto alguno, que eso debe darse por olvidado, sino como expresión de los deseos legítimos de un pueblo, y tened la seguridad de que las Cortes españolas, con espíritu de verdadera concordia y con el mayor deseo de acierto, no se negarán a discutir con vosotros hasta llegar a un acuerdo para la concesión de una amplísima autonomía que pueda satisfacer vuestros deseos y aspiraciones, dejando a salvo la unidad y la soberanía de la patria. No olvidéis que cualquiera otra resolución que se adoptase equivaldría a dejar el problema sin solución.

Decía muy acertadamente el Sr. Sánchez Román que ese estado de soberanía mediatizada, de soberanía dividida que vosotros pretendéis con el Estatuto, no puede ser la norma permanente en la vida de un pueblo, sólo puede constituir una etapa transitoria en un proceso de integración o de desintegración. Se comprende perfectamente que Estados libres, soberanos e independientes, que no han vivido unidos y que aspiren a constituir uno nuevo, empiecen por adoptar términos como éstos para ir cada día apretando más los vínculos, hasta llegar a la constitución de una nación fuerte y unida; pero no es éste el caso de España; el caso de España es el de un Estado unitario, perfectamente constituido, que si, por consentimiento casi unánime, entiende que puede y debe descentralizar la Administración, también por unánime pensamiento cree que la unidad política no debe, en manera alguna, quebrantarse, y cuando en un Estado así la unidad política se rompe hasta el extremo que vosotros la quebrantáis con vuestro Estatuto, es inevitable llegar a la separación. A ella aspiran, en efecto, muchos de vuestros paisanos; pero yo quiero poner ante vuestros ojos un hecho que estimo de extraordinaria gravedad, cual es el de que en estos momentos las voces separatistas no han sonado precisamente en Cataluña, sino, principalmente, en Castilla, en los puntos donde más vivamente se siente el amor a la unidad nacional. Allí es donde han surgido las voces de: «O aceptan los catalanes aquello que razonablemente puede concedérseles, o vayamos a la separación.» Esto se dice en Castilla, y, a mi juicio, es muy grave que se diga. Yo creo que nosotros, los que tenemos, por mínima que sea, una parte en la dirección de la vida pública, estamos obligados a poner coto a ese movimiento que es muy significativo, porque esos que se muestran separatistas no desean, realmente, llegar a la separación; van a ella impelidos por la sensación de angustia que estáis dando a España constantemente con el planteamiento de este problema: es un caso semejante al del que, impelido por el vértigo, se arroja al abismo profundo, prefiriendo la realidad de la catástrofe al angustioso temor constante de ella.

Ya sé que esta invitación a que retiréis el Estatuto no ha de tener éxito; pero si a eso no llegáis, creed que sería acertadísima vuestra conducta si, por lo menos, mostraseis un espíritu de transigencia que permitiere modificar, no ya sólo el Estatuto, pero aun el mismo dictamen de la Comisión, términos que puedan satisfacer al país.

Y ahora, dos palabras al Gobierno, para terminar. No sé cómo llamarlas, porque para consejo no tengo autoridad; las llamaré ruego, que me parece la expresión más modesta de la manifestación de un deseo. Tenéis, señores del Gobierno, una mayoría compacta y disciplinada que os permite gobernar como a vosotros os parezca que debe gobernarse: nada hay más difícil para un Gobierno en estas circunstancias que saber usar con moderación, con tacto y con continencia de la fuerza del número; porque el régimen parlamentario es régimen de mayorías, es verdad; sería una demencia que las minorías quisieran dar la tónica de la gobernación del Estado; pero si es un régimen de mayorías, es un régimen en que las voces de las minorías deben tener su importancia y pesar en las resoluciones del Gobierno.

En todo régimen democrático que normalmente funcione se cede a las peticiones, a las indicaciones y a la crítica de minorías que, por el número de votos de que disponen, no podrían hacer prevalecer su opinión. Y yo os he de decir, señores del Gobierno –y no quiero que estas palabras suenen a reproche, sino a advertencia leal-, que en el tiempo que llevan funcionando estas Cortes no habéis dado muestras de saber usar con tacto del poder de vuestra mayoría, ya que con demasiada frecuencia nos habéis abrumado con el número de vuestros votos en muchos proyectos, en los que, dado el espíritu completamente hermético que teníais, veníais en tal disposición de ánimo que no aceptabais ni la más mínima modificación en el criterio que previamente os habíais trazado.

Torpeza grave sería que en circunstancias como éstas no midieseis bien todo el peso verdaderamente grande, verdaderamente enorme, de vuestra responsabilidad. Si quisierais usar de la fuerza que tenéis, del ascendiente que ejercéis sobre los grupos que forman la mayoría de las Cortes, para obligarles a votar algo que repugna a su conciencia, algo que no agrada a sus electores, cometeríais un gravísimo error. Es verdad que las Cortes son soberanas; pero no somos soberanos con soberanía propia, sino con soberanía delegada: somos mandatarios de la nación, que es la verdadera soberana, y los hechos del mandatario sólo son válidos cuando están de acuerdo con la voluntad del mandante.

Nosotros no podemos votar ni vosotros podéis legislar sino con los ojos puestos en la opinión pública, y me parece indudable, señores del Gobierno, que si atendéis a la opinión pública, si queréis pulsarla, veréis que una conducta vuestra que quisiera servirse de vuestra autoridad, de vuestro dominio sobre los votos que forman la mayoría, estaría en desacuerdo con el modo de pensar de la nación y echaríais sobre vosotros una enorme responsabilidad, responsabilidad que os alcanzaría a vosotros y que al mismo tiempo podría tener para la patria gravísimas consecuencias, que todos estamos obligados a evitar. (Muy bien, muy bien.- Aplausos.)

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