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Entrevista de Víctor de la Serna a Gregorio Marañón

El Sol, 28 de junio de 1931

Entrevista de Víctor de la Serna a Gregorio MarañónEn trance España de darse a sí misma sus hombres de gobierno, hemos creído un deber conectar unos momentos con el prócer inteligente doctor D. Gregorio Marañón, reserva inteligente inagotable, jugo nutricio de juventudes españolas. Sus palabras en estos momentos, en que el gesto del país es de una augusta belleza patética, tienen una resonancia solemne. Cayendo sobre el hecho concreto de las elecciones, pueden tener un valor profético y un valor magistral.

Con las palabras del maestro Ortega y Gasset pronunciadas anteanoche en León -aliento universal, ecos imperiales, rumbos aguileños de Roma, romance de Ordoños y Ramiros- y con las palabras de Marañón puede hacerse, para estas veinticuatro horas de ansia española, un libro. El libro de horas del 28 de junio de 1931.

-Pedimos a usted, para EL SOL, una impresión viva de este momento. La proyección escueta de la realidad sobre usted mismo.

-La impresión más fuerte que produce el día de hoy es la de vibración. Vibración un poco desmesurada, pero tónica. Todo esto que vibra y que asusta a los filisteos es, sin duda, una espléndida manifestación de vida. Nos hemos pasado años preguntándonos si España había muerto. Resulta que vive con vida exuberante. Concretamente, sobre los resultados de la jornada electoral de hoy, la profecía es evidentemente difícil. Pero al menos en Madrid se puede aventurar algo, y aunque Madrid es un pedazo de España, su heterogénea composición nos permite considerarlo como un termómetro de la situación política y en este sentido observarlo no carece de interés.

Me parece que hay un grupo fijo de elementos de izquierda, importante por el número y por la calidad de sus componentes, que votará íntegra la candidatura de la conjunción republicanosocialista, lo mismo que el 12 de abril. Por otra parte, hay un grupo importante de votantes de la masa media indefinida que el 12 de abril dio la sorpresa agrupándose en torno a la República, y que votará también como entonces, pero con limitaciones, en el sentido de que en vez de votar la candidatura íntegra señalará preferencias personales. De tal modo, que en la candidatura de la conjunción habrá diferencias numéricas enormes.

Este hecho se producirá porque esa masa media, en vez de manifestarse de una manera primaria e impulsiva, se producirá ahora reflexivamente y votará a hombres de tipo gubernamental. Por ejemplo, Lerroux alcanzará una votación nutridísima.

En resumen, la votación marcará una orientación de freno frente a la votación impulsiva del 12 de abril. Observaremos en la masa media votante un movimiento de «ralenti». Creo que la lista íntegra de la conjunción no la votará ni un 10 por cien de votantes.

Creo que se va a manifestar un tipo de hostilidad de la mayoría contra hombres determinados de extrema izquierda. Y no porque esa mayoría no acepte, sin repugnancia, las ideas izquierdistas extremas, sino porque está convencida de que los grandes movimientos los hacen los apóstoles, y no los señoritos deportistas.

-¿A qué se obedece, según usted, ese movimiento que da un sentido deportivo a la propugnación de ideas, por ejemplo, comunistas?

-A eso que Kéyserling ha llamado tan certeramente «espíritu de chauffer». El individuo que conduce un automóvil o pilota un aeroplano se cree en posesión del sentido de la conducción del mundo. Y esto es una triste aberración de perspectiva. Un zulú en la «carlinga» de un avión sale volando al cuarto de ora.

-¿Cómo entrevé usted la labor de las Cortes que hoy votará el país?

-Yo tengo una gran confianza en primer lugar en la obra fecunda de un grupo de cincuenta o sesenta hombres de gran categoría. Y además espero que advenga a las Cortes una muchedumbre de diputados desconocidos, una gran masa de hombres nuevos. En realidad no son hombres desconocidos, sino hombres conocidos que reviven. Es decir, que se operará una aparición de hombres no inéditos sino de hombres que no habían tenido oportunidad de dar todo su rendimiento. Un caso típico es el del mismo Lerroux. Hace cuarenta años que actúa y ahora empieza a ser conocido. Lerroux ha sido siempre un hombre gubernamental que no podía gobernar. Su tragedia era la de estar en la oposición siendo un hombre de gobierno. Por eso, al contacto con el Poder revive y cobra todo su valor.

Claro que no se puede decir que todos los hombres que han estado en la oposición vayan a ser ahora unos hombres de Gobierno. Porque los hay que son para eso, para la oposición, pero que en el Poder fracasarán.

-¿Conoce usted la conferencia pronunciada el viernes en León por D. José Ortega y Gasset?

-No, Pero he aquí un hombre en quien tengo una confianza plena y que será una revelación sensacional como parlamentario. Ortega es un gran político, de una visión extraordinaria, y su obra constructiva, ya meramente gubernamental será espléndida. Ortega y Gasset en el Parlamento dará normas magníficas de técnica política.

Somos nosotros mismos, celosos de los minutos del doctor, quienes ponemos fin a la entrevista. Hemos captado una de las ondas más amplias que hoy se pueden emitir desde las roñas del pensamiento español.

En pie ya, aún la gentileza del doctor Marañón non procura unos gratos minutos frente a las obras de arte que decoran su despacho -lumbre encendida, ojo vigilante sobre una calle mesocrática con el nombre de un «espadón»-. Pero tres Grecos, un Zuloaga -caliente todavía de la paleta del vasco-, no aciertan a decorar la sala como el zócalo, abundante de libros. Como esa cuartilla, temblorosa del pulso vivo y juvenil, que queda a medio escribir sobre una mesa de estudiante.

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