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Entrevista de Francisco de Viu a Ramón Pérez de Ayala

La Voz, 22 de septiembre de 1931

Entrevista de Francisco de Viu a Ramón Pérez de AyalaCOMO DE PASO

Don Ramón Pérez de Ayala, el joven maestro de nuestras letras está hoy en su patria como de paso. La República que supo llamar y atraer a los hombres sustantivos de España, a los valores afectivos de la raza dispuso que este gran escritor llevara a la nación más representativa de Europa la nueva enjundia política española.

A su paso rápido por Madrid hemos conseguido robar una hora de charla al autor de La pata de la raposa. Pérez de Ayala que tiene «cordialidad cerebral» se ha prestado generoso al atraco perpetrado por el cronista abriendo sus brazos y con las olas de ellos las de su inteligencia preclara y ha departido locuaz y fácil, como todo pródigo de ideas, sin una pausa en el diálogo, sin una reserva en el juicio y un admirable tono fraterno.

La alta representación diplomática que ostenta y significa no ha sido en él motivo de cautela. Pérez de Ayala ha llevado a su espíritu liberal, humanamente liberal, a la diplomacia, y a él no le ha rozado ni una sola de las infantiles ridiculeces que como flecos empolvados de viejas cortinas cuelgan del protocolo en uso todavía por los mundos de Europa y América.

Como el paso ha sido la amena y encantadora charla; pero el paso del hombre inteligente es tan seguro, tan firme, tan señor, que no necesita de más compás que el de su nativa elegancia espiritual.

Con estas interesantes palabras preñadas de ideas con que Pérez de Ayala ha servido al paso mi curiosidad, otros hombres, muchos hombres prosopopéyicos forados de lo mismo, hubieran escrito todo un Tratado de humanidades.

El gabinete de trabajo donde departimos también se muestra como de paso. Una estantería al fondo, una mesa sencilla, una alfombra, un sillón, dos butaquitas... Todo está de paso, esperando el más definitivo acomodo.

Frente a mí abre las alas de su cordialidad cerebral, y la charla rueda por cauce que yo no prefijé ni él marcó; pero que fatalmente debía surgir en servicio a su noble profesión de las letras ya consagrada, y a mi pesadilla literaria, a la que tanto me di, que aun sin haberlo logrado ya me dejó sin nada.

EL «ZOOM POLITIKON» DE ARISTOTELES

-¿De qué dimensiones le ha parecido a usted el salto de la literatura a la política?... Creo interesantísima la reacción que pueda experimentar todo hombre de letras ante el nuevo panorama que rodea su espíritu. He pensado siempre que para la actuación política, en su noble sentido humano, es necesaria una sólida cultura literaria.

-La literatura y la política son difícilmente separables, a tal punto que casi siempre se confunden. No es raro que se tome por un gran partido político lo que no es sino un gran señor de la palabra, es decir, un gran escritor potencial, y viceversa, por un gran escritor al que sencillamente es un gran político frustrado, «Zoom politikon» llamó Aristóteles al hombre; animal político, o ciudadano, o progresivo, y hoy no es lo que ayer era, actúa, sin embargo permanentemente en la sociedad, en la ciudad, esto es, en la política mediante un instrumento peculiar, la palabra. De otra suerte no sería animal político, sino animal a secas. Pues bien: el instrumento político es asimismo la palabra. De aquí lo que comencé diciendo: que política y literatura son mellizas, y confundibles escritor y político.

SIEMPRE LA LITERATURA LLEVO A LA POLÍTICA, Y LA POLÍTICA ANDUVO TRAS DE LA LITERATURA

-Un poco más de esta intimidad de la literatura y la política no adivinada por muchos y hasta hoy no contada por nadie. No siempre, amigo Ayala, anduvieron listos en literatura nuestros políticos...

-Todos los grandes monumentos literarios son, por decirlo así, códigos políticos fundamentales. Comenzando por la Biblia, así el Antiguo Testamento como el Nuevo. ¿Quiere usted una Constitución más perfecta e indestructible que el Decálogo?... ¡Con sólo doce artículos!... Pues ¿y el sermón de la Montaña?... Y digo indestructibles (el Decálogo y el sermón), porque se puede decir no donde ellos dicen sí, y volverlos enteramente del revés; pero una cosa que se vuelve del revés no se destruye (un traje, por ejemplo, o un pueblo), y lo que no es posible es salirse del eje que se apoya entre aquellos síes y aquellos noes. La tragedia griega (Esquilo, Sófocles, Eurípides) es un eco inextinguible de las luchas políticas de su tiempo, que son en cierto modo las de todos los tiempos: la oposición entre la pasión personal y la razón colectiva, el conflicto entre la voluntad y la necesidad, la lucha de la libertad frente a la ley y el problema del individuo dentro de la sociedad. Todas aquellas tragedias son obras de política y no por casualidad o a título de documento de aquella contemporaneidad, sino intencionalmente, por propósito de los autores y exigencia del público ateniense. César, quizá el hombre más integral de la antig|edad era, ante todo y primordialmente, un escritor, o mejor, un autor, como andando los siglos, Napoleón. No olividemos, de paso que el atributo gracioso de la autoridad (y no hay autoridad valedera, sino la graciosa y natural, que no la impuesta) viene de la calidad de autor, y no significa otra cosa. De gran autor tenía la imaginación maridada al sentido de la realidad, la intuición de futuridad, el talento de composición y la claridad de expresión, que viene a ser lo mismo que la facultad de convicción, pues lo que siempre convence es la claridad; en suma, tenía el don creativo, el don poético. César es más de ahora que todos los políticos del siglo XIX, salvo Carlos Marx. Dando un salto multisecular, Cervantes es maestro más clarividente político entre el XVI y el XVII, y el Quijote, epítome de política humanista, hispánica y universal.

También eran preocupados de la política y certeros en sus diagnósticos sociales los preeminentes autores hispánicos de nuestros siglos áureos. Quevedo hubiera gobernado infinitamente mejor que el conde duque de Olivares; y no digamos Saavedra Fajardo. Shakespeare era un gran estadista (en sus obras), a tal punto, que para explicar el fenómeno Shakespeare se ha supuesto que sus obras las escribió el cancillar Bacón. Corneille, Racine, Molihre, La Fontaine, Pascal..., los autores de Luis XVI, políticos obsesionados por la política de sus días y de siempre. Pues ¿y Voltaire y Rousseau? No es cosa de hacer una disertación eruditohistórica. Ley general: en todas las épocas de tensión y pleamar, el tema radical es la política, en su alto sentido. Y cuando no, la literatura se convierte en arte de juglaría o de clerecía, que por cierto tampoco están exentos de politiquería.

LOS HOMBRES DE LA REPUBLICA

-¿Qué impresión tiene usted de estos hombres que hoy gobiernan, curtidos la mayoría de ellos en el campo de la crítica, y novatos en el de la gobernación?

-La República posee grandes capacidades políticas, actuales y presuntas (fuera de ella no veo ni una sola). Ahora bien; sin mermar ápice ni escrúpulo el volumen eminente de nuestros gobernantes republicanos (y mejor que todos ellos lo están haciendo no es posible hacerlo; es milagroso y sin antecedentes históricos una infancia de régimen tan afortunada y robusta como la nuestra República, singularmente dada la situación del resto del mundo; ¡cómo nos envidian fuera de aquí!), creo firmemente que las ideas políticas más fecundas, más evidentes, más perentorias, y al cabo inevitables, las han perfilado ya algunos de nuestros grandes escritores y algunos de los gobernantes más fuertemente impregnados de literatura. Ahora, que creo también que en general los escritores no serviríamos para gobernantes.

LA PREOCUPACIÓN POLÍTICA

-¿Usted también se incapacita?..

-Yo serviría menos que nadie. Para que no haya equívocos no infiera usted que he invadido el perímetro de la política activa, en cierto modo, porque considero que el gran escritor ha sido siempre el político, o que con ser muy políticamente se lleva mucho adelantado para ser gran escritor. Mi motivación ha sido mucho más modesta. Hace cosa de catorce años publiqué un libro (que me hago la ilusión de considerar bastante actual), Política y toros. En el prólogo de ese libro digo cosas que será superfluo repetir a usted, por parsimonia. En resumen, lo que allí digo acerca de por qué yo y todos tenemos el deber de preocuparnos de las ideas políticas consiste en que sin una ordenación política libre, estable y concorde, es imposible que ningún individuo dé la plena medida de sus posibilidades y de su personalidad, en ningún orden ni actividad.

MEDIOS, CUARTOS U OCHAVOS DE HOMBRES

-¿Por qué el desprecio antes a la política, de parte de los intelectuales y su colaboración ahora?

-Con la España de hace seis meses los hombres más hombres estaban condenados a producirse finalmente como medios, cuartos u ochavos de hombres. Ya que los hombres maduros hemos sufrido en carne viva y llorado con lágrimas de sangre esta disminución, queremos que las generaciones a retaguardia (paradójicamente se las lama de vanguardia) sean lo que puedan ser, y lleguen a donde puedan llegar. ¡Libertad de trabajo! Desde luego, cuando digo libertad no entiendo lo que comúnmente se entienda por esas palabras. Pero esto sería muy largo de explicar en este momento.

LA PRESIDENCIA DE LA REPUBLICA

-Parece preocupar la candidatura para presidente de la República. El candidato inúnime, don Niceto Alcalá Zamora, dicen que se resiste a la aceptación. Esto ha dado lugar a que haya surgido otro nombre, que estaba en la mente y el corazón de todos: el del maestro Ortega y Gasset...

-Sería magnífico, y un poco triste, que enjauláramos a Ortega y Gasset. No deben amortizarse hombres que estén en la plenitud.

A mí me parece indiscutible D. Niceto; por tantas razones, que ni una sola deja de abonar su elección.

Don Niceto ha demostrado ser el único político del antiguo régimen con experiencia; el que tenía la condición que el ejercicio de la política requiere; la práctica, y además, el complemento de ésta que es la intuición del futuro inmediato. Esta cualidad extraordinaria casa y une la ciencia y el arte político, tan difíciles de compaginar. Tiene excepcionales condiciones de piloto y excepcionales condiciones morales: lealtad, nobleza, generosidad y desinterés.

No se le debe elegir presidente como recompensa a lo que ha hecho, todo formidable y perfecto, sino por lo que pueda hacer, y seguramente hará.

La Historia es ingrata, y a los hombres que ya no pueden servirle los abandona y arroja, sin recordar sus servicios: sólo hace uno de los que considera útiles. Don Niceto está en este caso, y aún le quedan talento y esfuerzos que rendir.

EL REGIMEN CAPITALISTA

-El régimen capitalista se va. ¿Lo siente usted tambalearse?

El gusano va llegando al corazón de Europa.


-El régimen capitalista, en cuanto al liberalismo económico, está acabando. En cambio la técnica de la producción creada por el capitalismo subsistirá. El mismo comunismo ruso la ha recogido y hecho suya. Los estados modernos expirarán esas magnas organizaciones plutócratas a lo Morgan, a lo Ford, y actuarán como ellas. Entonces no serán los beneficios inmensos para unos cuantos elegidos; no serán de nadie, para ser de todos.

YA NO GRAVITA SOBRE NUESTRA LENGUA LA PESADUMBRE DE UN BUEY

En el prólogo de su libro Política y toros, colección de magníficas crónicas, de los años 17 al 25, Pérez de Ayala, como una esperanza decía: «Aguardemos resignados a que (para emplear una frase de Esquilo) no gravite sobre nuestra lengua la pesadumbre de un buey».

El gran escritor, feliz ya, se explaya en lo que piensa. Con la alegría de su verbo y de su espíritu, que ayer vagó en mi presencia, con ideas, motivos y sugerencias, sobraría material; interesante para un jugoso y sabrosísimo libro.

Ramón Pérez de Ayala joven maestro en madurez plena de inteligencia, dará pronto ese libro que su espíritu, ya desencadenado, quiere escribir.

De su aportación en servicio de la República representando a España en Londres dicen y no acaban los que saben y han visto de la estimación que todos han logrado allí. Hablan por él las alabanzas ajenas.

Que no gravite ahora como pesadumbre en exceso sobre su pluma la preocupación de sus deberes oficiales y que no olvide su frase: «La política y la literatura son mellizas».

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