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Entrevista de Francisco Lucientes a Blas Infante

El Sol, 11 de junio de 1931

Entrevista de Francisco Lucientes a Blas InfanteLOS LIBERALISTAS ANDALUCES

«No vayáis fuera», pedía San Agustín.

Aquel otro maestro de Granada, Ganivet, acató el signo. Y desde entonces el tiempo, con sus formidables corrientes de desintegración, ha hundido hombre y teorías.

Lo que pudo ser incendio nacionalista, «puesta en marcha» de un motor europeo -la unidad influyente de una raza con resortes vírgenes-, se ha quebrado por su misma base. El país, como granada madura, se abre por el ensamblaje de las regiones. Reduce su talla el coturno, un viento interior pliega las fantasías de poderío, y la imaginación cambia el galope por un paso tranquilo.

Keyserling, sobre la pandereta de su turismo, puede aún puntear gentilmente: «En el siglo venidero, España ha de sustituir a Norteamérica en la hegemonía del mundo». Y nadie se turba en alborozos.

San Agustín, Ganivet y los adalides del «no vayáis fuera», entre la sonrisa de comprensión, dicen por cumplido: «Gracias, herr».

No hay ya en la España presente un solo espíritu sano que sueñe con la utopía anexionista. El «no vayáis fuera», combatido casi napoleónicamente por Costa como renuncia estúpida, se ha trocado en una cosa mucho más humilde: en un «usted dentro, muy dentro».

Existen los regionalistas andaluces; existen y, por momentos acrecen su influjo. Curioso móvil político; su doctrina no se nutre de exclusiones. Es, en su mixtura flexible, dotada de las calidades de un regionalismo que, por paradoja, pudiéramos decir internacional.

Su mote lo sugiere todo: «Andalucía, por sí, para España y para la Humanidad».

Tras el lema, miles de hombres, millones imaginativamente, Andalucía, al igual que Grecia y que Roma, creó cultura. Todo Oriente luce la impronta andaluza. Hasta que se abatieron entre guerras los esplendores moriscos, Córdoba, Granada y Sevilla señorearon espiritualmente en Europa. El Renacimiento dijo sus primeras palabras en lengua andaluza. Andalucía sigue en esclavitud. Hoy, en Africa y en el Oriente, nuevos lord Byron de chilaba y turbante sueñan con imposibles aventuras de redención. Y así, recientemente, en el Congreso de Delhi, pudo decir el poeta Abel Gudra, entre ovaciones frenéticas: «La revolución india es un mero episodio de la gran batalla. Las agitaciones de Africa lo son también. ¡Desengañaos! Nada conseguirán los pueblos esclavizados de Afro-Asia mientras que el despertar no venga a abrir los ojos, en la tierra sagrada de España, de nuestra cabeza, Andalucía».

LITERATURA Y REALIDAD

Blas Infante es uno de los espíritus más finos de Sevilla. Aquí, entre la paz de los libros y en la quietud amable de su bufete, se consume bien el último calor del Corpus. Fuera, en la callecita sevillana, un silencio blanco. Y la conversación se deslíe persuasiva, en un chorro tranquilo, como agua.

Infante, jefe liberalista, evoca el resurgir andaluz... Africa, Oriente, por Andalucía, La ilusión inteligentemente trabada finge morfología tangible...

-El peso primero -asegura- ha de ser económico. Hay que devolver al campesino andaluz la tierra que le fue arrebatada por derecho de conquista. A mi juicio, y desde el punto de vista gubernamental, la restitución no debe demorarse más allá de la próxima sementera. Tales afirmaciones sólo pueden espantar a los necios. Mira a Europa: en el siglo XIX, quince naciones monárquicas hicieron la reforma territorial. Y no sucedió nada. Aquí ocurrirá lo mismo.

-¿Cómo ve el problema del latifundio?

-La expropiación del latifundio debe ser inmediata. Y en su mayoría sin indemnizaciones. Casi todos los latifundios de Andalucía provienen de adquisiciones ilegítimas. Si alguien tiene que indemnizar son sus actuales propietarios. Desde hace tiempo me ocupo en estudiar los orígenes de los latifundios andaluces. ¡Son cosas que sangran!

Para que se percate de lo cierto de mi aseveración le referiré el de uno. Y es quizá el menos terrible.

Se trata del latifundio que comprende las islas Mayor, Menor y Mínima del Guadalquivir, o sea las antiguas islas Capilotes. Su extensión consta de unas 25.000 hectáreas.

En 1583, Alfonso X, por privilegio rodado, otorga terrenos a 200 guardias Elcama, que participan en la conquista de Andalucía, para que los explotaran y fundasen Puebla del Río. En 1827, bajo Fernando VII, se confirma el privilegio. Ratificación que surge al pretender D. Felipe Riera algunos derechos sobre las islas. Dos años después, el rey cambia de opinión y autoriza a D. Felipe Riera para que las trabaje por cuatro años, debiendo rellenar los pantanos, instalar motores y alzar unos croquis.

D. Felipe Riera no realizaba nada de lo pedido. Limítase, al socaire de su influencia, a percibir una cantidad por cabeza de ganado que pasta en las islas. La familia Riera vive todo el siglo XIX en París, lucrándose con centenares de miles de pesetas que no le pertenecen. Al fin, consuman el despojo y enajenan las islas en nueve millones de pesetas. ¿Qué le parece? Pues le aseguro que este latifundio es el de título más respetable.

Y así en Andalucía y Extremadura millones de hectáreas.

-¿Cree que las Constituyentes lograrán una solución acertada?

-¡De ningún modo! Su labor no puede ser fecunda porque el actual Gobierno, exceptuando a Azaña y a algún otro ministro de los no intelectuales, no ha sabido expresar la revolución. Por ejemplo, el problema del campo no se debió dejar a las Constituyentes. Ni el religioso. Ha debido resolverlos el Gabinete provisional. Así las Cortes se encontrarían ya con un sistema de hecho inapelable. Al sistema de hechos creados por la Monarquía -los monopolios de la Dictadura- debió oponer la República otro sistema de hechos. Las Constituyentes se perderán, a mi parecer, en discusiones sobre distingos legalistas.

-Entonces, ¿prevé un gran movimiento campesino?

-Es inevitable. Ya le dije que para octubre los trabajadores se deberán sentir dueños de las tierras. Cuando esto llegue no se podrá hablar de manejos políticos. Entre los campesinos andaluces -ferozmente apolíticos e individualistas- no hay organización.

-Una vez dueño de la tierra, ¿cómo ha de producirse el campesino?

-El plan que ayer le reseñara el doctor Vallina será el que rija. El Sindicato distribuirá al individuo, y su renta la cobrarán el Municipio y el Sindicato, para las atenciones que le señaló. Este plan laborado por mí, de acuerdo tácito con las organizaciones campesinas, es el que llevé a la última sesión de la Junta de la Reforma Agraria que reside en Madrid.

-¿Cree usted en la eficacia de este organismo?

-No debo decirle nada porque se acordó, equivocadamente a mi manera de ver en un régimen democrático, que sobre sus deliberaciones se guardara secreto. Acerca de las disposiciones de Largo Caballero se puede decir que, aunque bien intencionadas, no le interesan a Andalucía.

-¿El grupo liberalista está, desde luego, próximo a la C.N.T.?

-Sí y no. Nos une al sindicalismo la simpatía con que vemos sus actuaciones para devolver a los labriegos de Andalucía lo que es suyo. Los liberalistas, suprimido ese valladar de esclavitud, vamos aún más lejos: a unir en un latido común por Andalucía a 300 millones de seres a quienes destruyó la cultura, la tiranía eclesiástica.

-¿Ve ese instante inmediato?

-Un «crack» de Europa, por ejemplo una nueva guerra, lo produciría automáticamente. Entonces 1.200.000 andaluces que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco, y los 300 millones de hombres de Afro-Asia, que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del Norte.

-Realmente, ¿existen organizaciones prácticas con ese fin?

-No hay nada. Sólo una palabra que abre todas las puertas: al andalus. Con ella puede recorrer seguro todo Marruecos hasta el Asia. En Buenos Aires y en la Habana hay filiales liberalistas, que acatan la Constitución del Estado Andaluz que proclamamos en Ronda en 1918. Pero aún sin organizaciones, el día señalado, todo el mundo obedecerá. La Dictadura, pese al sigiloso proceder que observábamos, proceder que sólo descifró en España el señor Cambó al decirme en una charla de tren que «liberalista» quería decir «separatista» nos destrozó nuestras Sociedades, deportó a los adheridos de Córdoba y clausuró las escuelas. Entonces inventamos una pedagogía andalucista: «el alma de la escuela se forja con el anhelo del discípulo que quiera aprender y por el maestro que quiera enseñar»...

Y así es. El noble rostro de Blas Infante cuya frente se emboza en un duro mechón: la mirada viva tras los finos espejuelos de los lentes, su discurrir persuasivo, constituyen el semblante de un auténtico profesor de imaginaciones y de realidades...

Y este silencio blanco de callecita sevillana en tarde de Corpus. La fórmula se fragua: maestro, discípulo, escuela... Un anhelo de enseñar junto a un anhelo de aprender, y en un rincón de Sevilla, quizá cantado por su último rey: el poeta Almudamen...

Francisco DE LUCIENTES

Sevilla, junio.

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