Federico Jiménez Losantos

Intelectuales Segunda República

Víctor LLano

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SAGASTA: El presidente del 98

El Mundo, 16 de noviembre de 1997

Fue siete veces presidente del gobierno. Raptó a una casada a la puerta de la iglesia. Su lema «no hay orden sin libertad ni libertad sin orden». Pronunció 2.542 discursos en 48 años. Trajo la Ley del sufragio Universal masculino, el Código Civil, la Ley de Régimen Local y el Matrimonio Civil.

Don Práxedes Mateo Sagasta fue nada menos que siete veces presidente del Gobierno, aunque ahora se le recuerde sólo en 1898, cuando España perdió Cuba y Filipinas. También fue ministro de todo, excepto de Hacienda, a pesar de que era hombre de números, ingeniero brillante y compañero de aula de Echegaray.

Dijo de él Azorín que nunca leyó un libro, exageración cierta en quien fue tres años director del periódico La Iberia y devorador de la letra impresa con fecha de caducidad. La pena es que no quisiera escribir ninguno, porque no ha habido ni seguramente habrá político español con una trayectoria semejante: diputado en 16 Cortes y 34 legislaturas, presidente del Congreso e, incansablemente, del Consejo de Ministros con dos dinastías, las de Saboya y Borbón, amén de dos regencias. ¡casi nada!

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ALFONSO XII: El rey liberal

El Mundo, 9 de noviembre de 1997

El único rey que se ha proclamado abiertamente liberal. Alfonso llevó siempre con discreción y sufrimiento íntimo la mala fama de su madre Isabel II. En contra de la opinión de Cánovas, decidió casarse con su prima María de las Mercedes, hija de Luisa Fernanda y el Conde de Montpensier.

El único rey español que se ha proclamado abiertamente liberal -antes incluso de subir al trono- fue el hijo de Isabel II que, de sostenida, mimada y hasta pervertida por los liberales de su época, pasó a ser destronada en la revolución de 1868. Era tal el hartazgo que aquellos hombres, generalmente uniformados, a menudo masones, casi siempre aventureros, tenían de la reina y su familia que uno de los más ilustres, Don Juan Prim, explicó en las Cortes su oposición a los borbones con sólo tres palabras: «Jamás, jamás, jamás».

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VIRIATO: El último lusitano

El Mundo, 2 de noviembre de 1997

Como último caudillo de los lusitanos, tuvo en jaque durante varios años a las legiones romanas. En su primera gran victoria, fingió una retirada y arrasó a las tropas de Vetilio. «Roma no paga traidores» fue la frase que, según la leyenda, tuvieron que escuchar sus tres asesinos: Ditalcón, Audax y Minuro.

Cuando España aún no era España -ni Portugal, Portugal-, Viriato ya era Viriato. Siglo y medio antes del nacimiento de Cristo, mientras romanos y cartagineses remataban su pugna por el dominio del Mediterráneo, incluyendo a Hispania de forma muy especial, Viriato llegó a dominar militarmente casi toda la Península, desde el valle del Guadalquivir al valle del Ebro. En aquel mosaico de tribus en retirada y entre los dos grandes imperios de la época, el genio militar del último gran jefe de la tribu de los lusitanos consiguió un poder indígena como seguramente no existió antes y no volvió a existir después. Viriato, como Indíbil y Mandonio, es un símbolo de la Iberia que los cronistas romanos retratan en su crepúsculo, mientras la civilización grecolatina, a sangre y fuego, entraba lentamente en la Península.

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TORQUEMADA: El gran inquisidor

El Mundo, 26 de octubre de 1997

Fue un producto típico de la endiablada sociedad española de la segunda mitad del s. XV. El inquisidor entorpeció la vida intelectual española de forma trágica. Nunca se arrepintió de quemar herejes ni de expulsar judíos. Su tumba fue profanada durante la Guerra de la Independencia.

Tomás de Torquemada entra en la Historia por haber sido el primer Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio y el que puso a la firma de los Reyes Católicos el decreto de expulsión de los judíos, pero no sabemos bien quién fue. Las referencias sobre su vida provienen de la crónica de los dominicos que Fray Juan de la Cruz escribió en 1567 y cuya credibilidad es limitada. Como a casi toda persona conocida del siglo XV, se le atribuye linaje judaico pero no sabemos si el regidor Don Pedro Fernández de Torquemada o su señora Doña Mencía Ortega, sus padres, eran cristianos nuevos. Hay tanto empeño en afirmarlo hoy como en borrarlo ayer. Y de linaje converso encontramos personajes con tanta variedad de conductas como en el resto de la sociedad española de la época. El origen no hace la trayectoria.

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MARIANA PINEDA: La libertad en el cadalso

El Mundo, 19 de octubre de1997

Su vida transcurrió durante el primer tercio del siglo XIX. Murió por no delatar. Fue ahorcada el 26 de mayo de 1831. Se la conoce como la gran heroína de la causa liberal. García Lorca la sacó de los romances populares y la llevó al teatro. Su vida estuvo marcada por la pasión y la desgracia.

Cuando la Libertad subió al cadalso en Granada, el 26 de mayo de 1931, llevaba un vestido de percal azul con flores de azucena color caña, medias grises y zapatos de talifete negros; tenía los ojos muy azules y la piel muy blanca; el pelo rubio, generalmente recogido en peina, caía ahora suelto sobre los hombros y el pecho; contaba 26 años y se llamaba Mariana, Rafaela, Gila, Judas Tadea, Francisca de Paula, Benita, Bernarda, Cecilia de Pineda Muñoz.

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CARLOS III: La discreción hecha rey

El Mundo, 12 de octubre de 1997

Comenzó a reinar a mediados del siglo XVIII. Conocido como el mejor alcalde de Madrid, expulsó a los jesuitas de España, acusados de complicidad en el motín de Esquilache. Durante su mandato, nace el futuro Banco de España, se crea la Lotería Nacional y se instauran los Consejos de Ministros.

Le llamaron El mejor alcalde de Madrid, pero lo cierto es que tuvo que salir huyendo de la Villa y Corte, presa del pánico, y nunca le perdonó al pueblo madrileño el miedo que pasó. Se le cree un gran trabajador, pero dedicó a cazar muchas más horas al día que a cualquier otra cosa, incluído el Real despacho. Tiene ojos de pájaro en los maravillosos retratos de Goya, pero la verdad es que fue casado y viudo célibe, caso lindante con lo milagroso tratándose de Rey y de Borbón. Iba a misa todos los días, rezaba al levantarse y al acostarse, pero eso no le impidió expulsar a los jesuitas de España y de las Indias.

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MARIA DE ZAYAS: La primera novelista española

El Mundo, 5 de octubre de 1997

Perteneció a la literatura del XVII. Estaba más cerca de Gómez Manrique que de Jorge y muy alejada de la vía regia que va de Garcilaso a Quevedo. Sorprende la libertad con que se comportan sus personajes femeninos en el aspecto sexual. Pardo Bazán dijo que en ella «se da la picaresca de la aristocracia».

Sabemos cuándo nació, dónde y de quién. No sabemos, en cambio, cuándo murió, ni en qué lugar, ni bajo qué circunstancias. Tampoco conocemos su estado: si fue casada o soltera, viuda o monja, disipada o virtuosa, amiga del mundo o desengañada de sus vanidades. Ni siquiera se ha llegado a averiguar si las gustó alguna vez, quizás muchas, o se anduvo alejada de cualquier tentación. Que pensó en el amor más que en otra cosa, podemos suponerlo por sus escritos. Que se supo y se quiso mujer, y se enfadó con la vida que entonces llevaban las mujeres, también podemos afirmarlo por lo que ella misma dice. Pero de sus experiencias vitales femeninas estamos en ayunas.

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JUAN BELMONTE: El torero que no podía morir

El Mundo, 28 de septiembre de 1997

De joven toreaba de noche, sin ropa y esquivando a la Guardia Civil. En su primera corrida en la Maestranza tiró la espada, hincó las rodillas y gritó al toro: «Mátame». Para los entendidos no era tremendista, era suicida. Su rivalidad con su amigo Joselito marca la edad de oro del toreo.

En la historia de la lidia hay dos grupos de toreros: uno lo constituye Juan Belmonte; en el otro se agrupan todos los demás. Ninguno en la historia de la Fiesta la ha cambiado tan de raíz. Los toreros de hoy y hasta los toros son lo que son por lo que fue Belmonte. Tanto viene de tan poco.

Nació Juan en Sevilla, en la calle Ancha de Feria, que ya es nacer, el año 1892. Su padre regentaba una humilde quincallería y, por cambiar de suerte, se fue a vivir al barrio de Triana, la otra parte del mundo, separada de Sevilla por un puente. Al poco, murió la madre, joven y guapa, y aquel niño enclenque, desgarbado, feo y triste se quedó además huérfano, con el recuerdo de su madre amortajada.

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SANTIAGO RAMON Y CAJAL: La voluntad de saber

El Mundo, 21 de septiembre de 1997

Su padre le forzó a ser médico. Ingresó en la sanidad militar y fue destinado a Cuba, donde contrajo el paludismo. En el extranjero hubo intentos de desprestigiar sus descubrimientos sobre células nerviosas. Sólo cuando ganó el Nobel, España descubrió que tenía un sabio.

Si Cajal no hubiera tenido un padre tan soberbio, no habría tenido necesidad de ser tan bruto. Si hubiera tenido un padre menos bruto, no habría heredado un espíritu tan soberbio. Era don Justo Ramón, padre de Santiago, un carácter tan tremendo que sólo oponiéndole una obstinación aún mayor era posible un desarrollo individual. Sin su padre, Cajal habría sido cualquier otra cosa, sin duda importante, pero no el investigador, el científico que llegó a ser. Porque si el talento puede ser natural, la voluntad se forja y el espíritu se templa contra los obstáculos. Y don Justo fue como una peña: obstáculo y elevación sobre una perspectiva vital durísima, plana, árida, un yermo donde sólo crecía la necesidad.

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NICETO ALCALA ZAMORA: El desheredado de la República

El Mundo, 14 de septiembre de 1997

De origen humilde, tuvo de niño como maestros a su padre y un albañil. Coincidió con Azaña de joven y se profesaron una antipatía mutua. Al caer la dictadura fue elegido presidente por unanimidad. Lo enterraron en el exilio con un crucifijo y dos puñados de tierra española.

De entre los personajes respetables de la II República, que no son tantos, quizás ninguno ha sido menos respetado que el que fue su primer jefe de Gobierno y primer jefe de Estado. Oscurecido por el que lo sucedió en ambos cargos, Manuel Azaña, combatido por quienes debieron haberle defendido, abandonado por quienes debieron haberle buscado, odiado minuciosamente por los dos bandos de la Guerra Civil, despreciado por los historiadores y olvidado por sus compatriotas, Niceto Alcalá Zamora, Don Niceto para los suyos, El Botas para sus enemigos, es hoy un ilustre desconocido, deslustrado a fuerza de olidos.

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